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Maquiavelo: El pensador del Pueblo

En este artículo, Iván Liserre comenta y resalta la labor y la importancia de Maquiavelo para la filosofía y la ciencia política. En particular, su preocupación por el bienestar del pueblo.

Por Iván Liserre

Introducción

En el presente trabajo elaboraremos una posible lectura a cerca del primer libro de los escritos de Maquiavelo agrupados bajo el nombre de Discursos sobre la primera década de Tito Livio, con la intención, también, de relacionarlo con la propuesta general del cual se desprende dicho escrito: el buen gobierno. Como se apreciará a primera vista por el título, no escatimamos desde el inicio y tampoco lo haremos en el recorrido a que nos conduzcan estas palabras. Intentaremos ser claros en esto, dando cuenta que fijamos una posición, generada por lo que nos despierta el puño y la letra del nacido en Florencia, y además pretendemos ser justos con su interpretación de las cosas, y con ello nos referimos a lo que él mismo sugiere en varios pasajes de, no sólo, la obra en cuestión: tomar partido, posición; mantenerse neutral y especulativo –ya lo veremos más adelante- es uno de los peores vicios de la naturaleza humana.

Somos enemigos de la demonización y banalización que se ha hecho del autor a lo largo de tantos años, pero también somos conscientes de lo que ha generado en tanto ha sido leído por miles y miles de personas, de amplios y contrapuestos perfiles (se nos vienen a la mente Pablo Escobar y Mike Tyson como casos exorbitantes), por lo que entendemos que a causa del impacto provocado se puede correr desde la mejor hasta la peor de las suertes. En este terreno sinuoso plantaremos bandera y campamento, y nos acompaña una idea que podríamos enunciar como una continuación de la propuesta en El Príncipe. Allí, Maquiavelo sienta las bases de la constitución de un estado desde el principio, o sea, desde cero, mientras que en los Discursos se ocupará específicamente de algo quizás más importante que lo primero, a saber, la duración de un estado. Desde ya inauguramos un total y continuo diálogo entre ambas obras, a los efectos de nutrir nuestra interpretación sobre lo que son mucho más que tratados políticos o textos de cabecera de ciencias políticas. Es que lo que nos ha dejado el florentino es mucho más que eso, y lo afirmamos con total humildad, pero sin titubear, y compartimos la lectura de Althusser al decir que sus escritos son un Manifiesto[1], porque se involucra en una batalla ideológica, certificando un acto político.

Ahora bien, ¿por qué pensador del pueblo? Si bien esta incógnita será dilucidada -o eso intentaremos- sobre el final del trabajo, podemos atinar a delimitar un poco la cuestión de los hechos. Así como creemos que Maquiavelo aporta mucho más que análisis políticos y algún tipo de teoría pertinente, decimos que nos permite ver las huellas por donde ha caminado, y sus pies han posado en el lado del Pueblo. ¿El Príncipe está orientado a darle consejos a un gobernante? Sí, pero desde el punto de vista del pueblo. Veámoslo: “[…] para conocer bien la naturaleza de los pueblos, es necesario ser príncipe, y para conocer bien la de los príncipes hay que pertenecer al pueblo.” (Maquiavelo, 2006: 16). Queda en evidencia una interpelación al pueblo, más allá del protagonismo de un sujeto particular, porque como dice Boron, “El remate del razonamiento maquiaveliano es que el arte del buen gobierno exige apoyarse en el pueblo […]” (Boron, 2000, 172).

Hacia este arte irán sus intenciones en los Discursos, mostrando por medio de vastos ejemplos históricos qué conclusiones pueden extraerse provechosamente para establecer los cimientos de un estado duradero. Durante este propósito observaremos toda especie de recursos y menciones, que van desde exámenes minuciosos a partir de sucesos que nos ha legado la historia hasta formulaciones de carácter civil y legal, pasando por elementos antropológicos que llaman la atención de nuestro pensador. Pero todo esto, siempre teniendo en cuenta lo que verdaderamente mueve el sentimiento del florentino: elaborar práctica política efectiva fuera de toda representación imaginaria, y haciéndolo con el foco puesto en el pueblo. Si hay un príncipe, este debe ser para el pueblo.

Para ir finalizando con estas palabras introductorias, dejamos a continuación una cita del propio Maquiavelo que nos dejara bien parados -y motivados- en cuanto a nuestro abordaje refiere, con el fin de insistir una vez más sobre la mirada a que hace alusión el nombre de la monografía:

“Tanto nuestro Tito Livio como todos los demás historiadores afirman que nada es más vano e inconstante que la multitud. […] afirmo que ese defecto que los escritores le echan en cara a la multitud es algo de lo que se puede acusar a todos los hombres en particular, y sobre todo a los príncipes, pues todos, de no estar controlados por las leyes, cometerían los mismos errores que la multitud desenfrenada.” (Maquiavelo, 2004: 166, 167).

Primera Parte: Aprender de la historia y reconocer la violencia

La importancia de la historia

Sería una omisión riesgosa detallar las ideas de Maquiavelo sin considerar a la historia como el eje central en ellas. La historia nos permite alimentar nuestra visión de las coyunturas actuales a través de experiencias previas; para ello está, y tener en cuenta esto es trascendental si queremos discutir qué modelo de república es mejor, o de si al menos podemos hablar del establecimiento de una. De aquí parte siempre el florentino, de las enseñanzas que nos propician los sucesos históricos, e ignorarlos es sumamente dañino si de ordenar una república -aunque no únicamente- hablamos. Así lo deja expreso en el proemio de los Discursos, develándonos también, con franqueza, la voluntad de tamaña obra: “Queriendo, pues, alejar a los hombres de este error, he juzgado necesario escribir sobre todos los libros de Tito Livio […]” (Maquiavelo, 2004: 27). Ya en los pasajes siguientes nos guía hacia su enfoque histórico al enunciar lo que se ha escrito en cuanto a las distintas clases de gobierno. Nos dice que algunos se han referido a tres: la monarquía, la aristocracia y el gobierno popular, pero que otros, más sabios en opinión según él, hablan de seis clases, de las cuales tres son buenas y tres son malas. ¿Cómo es esto? Maquiavelo comparte la visión de la existencia de tres clases que vendrían a ser una suerte de degradación de los modelos de gobiernos citados anteriormente.

En esta lógica, la monarquía degeneraría en tiranía, la aristocracia en oligarquía y el gobierno popular en uno licencioso, dando lugar a un círculo vicioso, y parecería que inevitable. En base a este problema nuestro autor ejecutará una apuesta que lo saque de este “acorralamiento político”, proponiendo que, si ya damos por sentado que las tres formas buenas están lejos de ser óptimas por su poca duración, y que las tres malas resultan inconvenientes de por sí, habrá, igualmente, que optar por un tipo de gobierno que integre a todos los modelos observados. Decimos igualmente porque Maquiavelo, en su conciencia de los defectos que por esto o aquello son casi inherentes a cada tipo de gobierno, no se entusiasma vanamente con proponer alguna república irrealizable, sino que pensará en la constitución de una con los elementos, que para bien o para mal, estén en lo concreto y real. En síntesis, nos sugiere ir hacia la verdad efectiva de las cosas y no a su representación imaginaria[2], y esta moción tiene asidero en las lecciones que ha extraído de la historia.

El uso de las leyes y de la violencia

Los acontecimientos pasados también nos brindan un saldo más que valioso en lo que a las personas y su conducta refiere. Tomando esto, se nos permitirá apreciar una lectura antropológica del florentino que será el puntapié para introducir preceptos legales o jurídicos orientados a regular el comportamiento humano. Maquiavelo explica, en la obra en cuestión, cuáles fueron las causas que hicieron necesarias la creación de los tribunos en Roma, dejando sentada una premisa para legislar:

“Como demuestran todos los que han meditado sobre la vida política y los ejemplos de que está llena la historia, es necesario que quien dispone una república y ordena sus leyes presuponga que todos los hombre son malos…” (Maquiavelo, 2004: 37).

Tajante suposición del secretario de múltiples cargos a lo largo de su vida, quien, como describe Pierre Manent[3], sabía que en términos políticos el mal es más significativo y sustancial que el bien, y lo que hizo no fue más que mostrar algo imposible de ignorar, o sea, las acciones de las personas en la política. Entonces, el conocimiento de esta regla general nos llevará, en el mejor de los casos, al perfeccionamiento de una república. Sin embargo, no es correcto afirmar que cambiando solamente las leyes podremos gozar de resultados eternos, o incluso prolongados, porque en una ciudad o estado además existen ordenamientos, los cuales sino cambian interrumpen todo aquello a lo que se le quiere dar curso con las leyes. Por lo tanto, no basta con hacer nuevas leyes si no se tiene en cuenta una renovación de los ordenamientos, la cual puede ser gradual o de golpe, optando nuestro autor por la segunda, debido a que la primera sólo podría recaer en un hombre de una prudencia rara vez vista. Vale aclarar aquí, retomando lo expuesto hace instantes, que los medios que propone Maquiavelo para esta hazaña son de un carácter extraordinario, como la violencia y las armas, lo que nos lleva a poner en tensión la idea presentada en el título del presente trabajo.

Para adentrarnos en ello, hacemos uso de lo que ha escrito Sheldon Wolin[4] basándose fundamentalmente en la lectura de El Príncipe, sosteniendo que esta postura nace de una reivindicación de que la actividad política no puede admitir otra sentencia, dejando de lado (y arrojando) las tradiciones clásicas y medievales que solamente han aportado remedios prescriptivos, desesperadas por eliminar un mal incómodo para la moral que ya era parte de todos y todas. Así, insiste Wolin:

 “Que la aplicación de la violencia sea considera anormal representa una significativa adquisición de la tradición política occidental, pero si se la acepta con demasiada naturalidad, puede llevar a descuidar el hecho primordial de que el núcleo esencial del poder es la violencia […] Con Maquiavelo, fueron descartados los eufemismos, y el Estado fue directamente encarado como una suma de poder, cuyo perfil era el de la violencia.” (Wolin, 1974: 238)

No hacemos oídos sordos ante el impacto provocado por frases como las que hemos enunciado, pero esto no debe confundirnos y llevarnos a pensar que Maquiavelo destila odio y acciones punitivas extremas contra quien no acate. No sería justo para con él, que en lugar de hablarle a los intelectuales, a aquellos que ya conocían y empleaban estos quehaceres, a los poderosos, a los “de arriba”, pretendió advertir a los demás sectores -al pueblo- de las inferencias que se despliegan del no reconocimiento del uso de la violencia. Como dice Boron:

“Con su obra el florentino exhibe el poder en su total desnudez. Al mostrarlo como una construcción secular lo despoja de los ropajes religiosos e ideológicos que lo sacralizaban ante los ojos del pueblo y que suscitaban su obediencia y veneración. Por eso no estamos en presencia de un ‘inventor’, como lo quiere la leyenda negra, sino de un ‘descubridor’.” (Boron, 2000: 169).

Segunda Parte: El buen gobierno será desde el pueblo

El conflicto como construcción política

Abrimos esta segunda parte aferrándonos a lo que nos ha dejado la anterior, a saber, la necesaria mirada hacia la historia y la deconstrucción de un código moral exacerbado. En este sentido, voltear los ojos hacia allí nos pondrá en la privilegiada posición de chocar de frente con una de las más grandes ideas que Maquiavelo ha aportado en términos estrictamente políticos (y que bien valdrían para tener a mano actualmente). Hablamos de la construcción de una república, o bien de un sistema político en general, a partir de los conflictos que en ella se den, y que deben ser aprovechados, es decir, tomados de una forma pragmática. Para nuestro autor no hay mayores dudas en cuanto a ello; los conflictos son buenos, sirven y permiten construir políticamente, y en esta línea, descarga sus críticas ante quienes piensan que los tumultos deben ser condenados, defenestrados. Así las cosas, debemos atender a una cuestión provista por dos elementos desarrollados en el cuarto capítulo del primer libro de los Discursos[5]: la consolidación de Roma a través del conflicto. Como vemos, se trata del esbozo de un pensamiento sostenido por medio de un ejemplo histórico concreto, digno a su estilo. La explicación del punto de contacto existente entre lo dicho nos llevará a uno de los planteamientos de Maquiavelo por excelencia, esto es, la persistencia -en toda república, ciudad o estado- de dos espíritus contrapuestos: el de los grandes y el del pueblo. Es en El Príncipe donde trabaja con mayor amplitud la relación entre estos dos humores[6] antagónicos, pero teniendo presente que la escritura de esta obra se origina a partir de las suspensión del escrito analizado aquí, claramente no es una idea carente de conciliación.

Adentrémonos, entonces, en la propuesta que el afamado secretario despliega en torno a la pregunta sobre en que “grupo” sería más conveniente depositar el resguardo de la libertad:

“[…] observando los propósitos de los nobles y de los plebeyos, veremos en aquellos un gran deseo dominar, y en éstos tan sólo el deseo de no ser dominados, y por consiguiente mayor voluntad de vivir libres, teniendo menos poder que los grandes para usurpar la libertad. De modo que, si ponemos al pueblo como guardián de la libertad, nos veremos razonablemente libres de cuidados, pues, no pudiéndola tomar, no permitirá que otro la tome.” (Maquiavelo, 2004: 41)

Con una contundencia admirable, el oriundo de Florencia evoca una razón fulminante para confiar la libertad en el pueblo, y que no es ni más ni menos que la de mostrar a la plebe como el sector humilde, desprotegido, que lo único que exige a cambio por entregar su voluntad es no ser oprimida. Sencillamente por eso, el gobernante debe- siempre que desee contar la mayor legitimidad posible- defender y apoyar al pueblo, cuidándolo de los actos de la casta más elevada socialmente. Y si con la sólo elocuencia de sus palabras no bastara para asimilar la exposición de su pensamiento, Maquiavelo vuelve a recurrir a la historia, en este caso citando a los romanos, quienes colocaron como guardianes de su libertad al pueblo, llegando a ser un ejemplo de república eminente.

Ser del pueblo para ser buen príncipe

Nos parece que aún está latente la posibilidad, en cierto modo, de exprimir un poco más acerca del lugar del gobernante. Si bien ya hemos constatado que este será el mismo que el del pueblo, no nos parece un exceso hablar sobre cómo debe realizarse tal labor. Creemos, como afirma Althusser[7], que la apuesta de involucrar al Pueblo como un actor político de peso, no expectante ni contemplativo, abre un nuevo espacio teórico con centro en la praxis política, dejando vacío, obsoleto, al clásicamente teórico sin más. Ello efectivamente refuerza la noción de un estado despegado de las ataduras religiosas, morales o estéticas; fortalece los principios de una política como campo autónomo. De este modo, pensamos que no puede pasarse por alto la necesidad de la capacidad política de quien gobierne, en esta clave de integrador de las mayorías.

¿En qué consiste esta capacidad? Para Maquiavelo hay algo que el príncipe no puede perder jamás de vista, y esto es la aprobación de la multitud. Es un vicio de sumo riesgo llegar al punto de tomar medidas excepcionales por no contar con el pueblo, y lo que es peor, por tenerlo como enemigo. Las repúblicas, al no ser otra cosa que una institución creada por y para las personas, no estarán jamás exentas de debacles propiamente humanos; de discordias, de estados de ánimos, de oportunidades, etc. Por eso mismo es menester que ante cada posible enfermedad exista una misma cura: “[…] el mayor remedio, en este caso, es tratar de ganar la amistad del pueblo”. (Maquiavelo, 2004: 79), y en estas condiciones es donde el príncipe demuestra su virtud, atributo imprescindible para la mantención de un estado. De tal calibre es esta peculiaridad que hasta puede otorgar el lujo de que en el porvenir suceda un dirigente que, sin poseer la virtud del anterior, pueda mantener el estado sin mayores complicaciones. Cierto es, sin embargo, que esta ventaja no será eterna, ni siquiera larga, porque no hay que olvidar tampoco las implicancias de la fortuna, que han llevado al florentino a compararlas con el impacto, en tempestades, de ríos torrenciales[8]. Por tanto, le debemos la gran lección de saber que con virtud y fortuna la fama del rey puede llegar hasta límites celestiales, y que incluso con alguna de las dos se puede sostener una república, aunque por algún tiempo, ya que sin ninguna es imposible.

Para ir concluyendo, nos parece interesante colocar la mirada, una vez más, sobre la magnitud política de los Discursos. Ellos son inmensamente valorables porque en sus palabras vemos una misión mucho más intensa, la cual ya no consiste solamente en “moldear” al príncipe a través de descripciones que Maquiavelo considera oportunas en vistas a la creación de su figura, sino en incluir explícitamente a un otro -el pueblo- que rompa con la individualidad del gobernante y, mediante la práctica política y el punto de vista de clase, puedan trazar el plano de una república, apuntando a lo mejor que de ella se pueda extraer para consolidar sus cimientos, que no es otra cosa que darse un buen gobierno. Este buen gobierno debe ser una expresión popular, y en vistas a una grandeza nacional es preciso que ignore todo aquello que no reivindique lo político como un campo autónomo, ya que esto es lo que únicamente puede legitimar, en los juicios de la historia, las acciones de un príncipe, y no los quehaceres susceptibles de ser evaluados desde la moral.

Conclusiones

El asombro y la gratitud que nos genera un pensador de la talla de Maquiavelo podría seducirnos a situarlo, por sus posturas y conocimientos, como un personaje fuera de este mundo. Nada más tendencioso y equívoco que esto. Por más carácter inédito que deseemos aplicarle, nuestro autor se ha constituido y ha profesado sus ideas siempre con los pies sobre la tierra, sobre su mundo, que es nuestro mundo. La tinta que ha volcado en sus obras no son más que desprendimientos de su vivir, sangre de sus batallas y experiencias de sus acciones. Acción, esa es la palabra clave. El florentino buscó con sus escritos hallar las bases para la unificación de Italia, por eso nos atrevemos a decir que en él están presentes los pensamientos de un militante, y de uno ciertamente comprometido con las circunstancias de su época. En efecto, la cantidad de notas que ha recogido a partir de sus lecturas sobre la historia, y a las que agregó su visión política del estado de las cosas, no son meramente consejos indirectos o propuestas para aquellas personas que desean actuar en política, sino que significan un compromiso real y concreto de su parte. Maquiavelo decidió involucrarse en la propia coyuntura que emergía en su tiempo, siendo participe en el mismísimo duelo ideológico al tomar una posición: la del pueblo.

A él le debemos una nueva forma de concebir al Estado, en al menos dos sentidos; por un lado, como un aparato estrictamente político cuya fuerza no pueda ser anulada por ninguna otra arista, ya sea religiosa, moral, etc. (lo que no significa que no pueda integrarlas); y por otro, como un campo de disputa permanente entre aquellos que quieren dominar y aquellos que no quieren ser dominados. De esta última facción se desata un camino a seguir, con gran incidencia en lo que puede resultar un buen príncipe o, por el contrario, uno olvidado. Quien gobierne debe hacerlo para el pueblo, ya que su causa, indiscutiblemente, es más noble que la de los opresores, y además porque ahí se encuentra la mayoría de la población, lo que indudablemente confiere una mayor garantía política.

No hay más rodeos en dicha cuestión. El gobernante pensado por Maquiavelo nos permite apreciar los atisbos de un príncipe popular guiado por la coyuntura, cual alquimista que reúne los elementos cercanos para dar forma a algo inmenso y célebre: una nación. Bien sabemos que algunas obras que ha fecundado se inscriben en un género denominado espejo para príncipes[9], a saber, una especie de apreciaciones[10] puestas en papel para que, justamente un príncipe, las ponga en escena. Sobre esto nos parece fundamental rescatar un ingrediente que aporte a una relectura de lo qué es y para quién es un príncipe, y con ello nos referimos a lo que implica un espejo: un reflejo. El gobernante que se mira a sí mismo no se ve, a su vez, reflejado a sí mismo. En su reflejo está el pueblo; sus ojos no deben ver su figura, altiva y con privilegios, sino la de los desposeídos que, a fin de cuentas, tienen el sincero anhelo de no ser dominados. La asimilación de estas pretensiones contrapuestas por parte de la máxima autoridad política desemboca en dos vías, y ya hemos dejado en claro cuál será la óptima para nuestro autor, reafirmando siempre la toma de postura, pero no de cualquiera, sino de aquella que sea beneficiosa para el pueblo. A modo de cierre, tomamos prestadas -por última vez- nuevamente sus palabras para elucidar aún más lo mencionado y para poder, al mismo tiempo, deleitarnos con su propia conclusión:

“Concluyo, pues, contra la común opinión, que dice que los pueblos, cuando son soberanos, son variables, mutables e ingratos, afirmando que no se encuentran en ellos estos defectos en mayor medida que en los príncipes individuales. […] un pueblo que gobierna y que esté bien organizado, será estable, prudente y agradecido, igual o mejor que un príncipe al que se considere sabio, y, por otro lado, un príncipe libre de las ataduras de las leyes será más ingrato, variable e imprudente que un pueblo.” (Maquiavelo, 2004: 169)


Notas

[1] Althusser, 2004: 60.

[2] Tal como reza en el capítulo XV de El Príncipe.

[3] Manent, 1990: 40

[4] Wolin, 1974:  224

[5] Que la desunión entre la plebe y el senado romano hizo libre y poderosa a aquella república.

[6] En el capítulo IX de El Príncipe Maquiavelo emplea esta denominación para denotar los hechos que siempre se desatan a partir del conflicto de intereses entre estas dos clases sociales.

[7] Althusser, 2004: 64

[8] Maquiavelo, 2006: 143

[9] Destacamos que el florentino agregó a este estilo de escritura un elemento crucial: la fortuna, corriendo a la virtud de su lugar predominante.

[10] Preferimos no emplear palabras como consejos o instrucciones para mantener el correlato de lo expresado en la introducción, haciendo el intento de interpretar a Maquiavelo fuera de ese lugar banal de mero enunciador de doctrinas políticas de cabecera.


Bibliografía

Maquiavelo, Nicolás, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid, Alianza, 1987.

Althusser, Louis, Maquiavelo y nosotros, Madrid, Akal, 2004.

Boron, Atilio, Maquiavelo y el infierno de los filósofos, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, CLACSO, 2000.

Manent, Pierre, “Maquiavelo y la fecundidad del mal” en Historia del pensamiento liberal, Buenos Aires, Emecé, 1990.

Wolin, Sheldon, “Maquiavelo: Actividad política y economía de la violencia” en Política y perspectiva, Buenos Aires, Amorrortu, 1974.


Ivan LiserreIván Liserre vive en Rosario, provincia de Santa Fe, Argentina. Es estudiante de la licenciatura y profesorado en filosofía de la Universidad Nacional de Rosario.

Iván puede ser ubicado en ivan.liserre@gmail.com y también está en Facebook: Iván Liserre

© Iván Liserre

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