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Primeras discusiones sobre Filosofía Latinoamericana

¿Existe una filosofía latinoamericana propiamente tal? ¿Qué significa pensar desde el continente sudamericano y la cultura hispanoamericana? En este artículo, Miguel Ahumada Cristi nos dice que pensar en los problemas de Latinoamérica será siempre hacer filosofía latinoamericana; filosofía que, a su vez, puede ser universal.

Este artículo está dividido en dos páginas.

Por Miguel Ahumada Cristi

Introducción

Luego del encuentro entre europeos y americanos, especialmente después de las luchas independentistas de la región latinoamericana, se ha intentado demostrar que Latinoamérica es poseedora de una cultura y destino propios. El intento no ha resultado ser cualitativamente fructuoso, situación que se ha mantenido de cierta manera invariable en el transcurso de su historia. Así es como hoy, por ejemplo, al igual que en el pasado, en la apreciación y medición de los latino-americanos en general sobre el desarrollo cultural, social, político y económico, se han utilizado invariablemente parámetros surgidos del acervo cultural europeo. Por cierto, lo mismo ocurre con los demás territorios que como América fueron colonias de las metrópolis europeas, a partir de los inicios de la Edad Moderna. Cuestión similar ocurre con la Filosofía, el problema que nos ocupa en este ensayo.

Nuestra objeción no dice relación con la postura europea sobre el problema de dilucidar qué es filosofía y qué no lo es, cuestión que pertenece al ámbito del humanismo universal, surgido de un conjunto de acervos culturales, entre ellos los nuestros, y que pertenecen a todos los seres humanos. El problema es hacer filosofía a partir de nuestro mundo americano y sus problemas en todos los aspectos, sin consulta previa a Europa. En esta reflexión sobre el filosofar como americanos puede sernos de gran ayuda las posturas de tres filósofos nuestros, que escribieron las obras que aquí citamos casi simultáneamente, hace unas cuatro décadas. Ellos son, el chileno Juan Rivano, con su obra El punto de Vista de la Miseria; el peruano Salazar Bondy, con ¿Existe una filosofía de nuestra América?; el mejicano Leopoldo Zea, con Filosofía Americana como Filosofía sin Más.

Sabemos que la discusión sobre la Filosofía Latinoamericana ha avanzado bastante desde la publicación de estas obras, y sobre todo gracias a las aportaciones de Paulo Freire y de Enrique Dussel. No obstante, como lo enunciamos en el título de este texto, nos ocuparemos solo de la discusión inicial, que tiene inicio en las décadas del 50 y 60.

¿Qué es la Filosofía Americana?

Si hablamos de filosofía americana se nos presentan dos variables semánticas importantes de considerar: los términos ‘filosofía’ y ‘americana’. Siendo más certeros, nuestro interés es una filosofía latinoamericana y no aquella que surge en la Anglo-América, Estados Unidos y Canadá, cuya fuente inicial no es, de modo específico, del mismo origen cultural que la nuestra. Ya Max Weber con su concepto sobre Ética Protestante había aclarado las profundas diferencias de enfoque existentes, que aún perviven entre el pensar hispano y el anglosajón. Aun así, hay una reflexión del profesor estadounidense Louis Kattsoff, hecha por el año 1950, que en su momento fue ‘universal’ con respecto a los países ex coloniales, como lo son todos los del llamado ‘Nuevo Mundo’.

Señala Kattsoff que el término filosofía americana puede significar que tal filosofía es más compatible con el medio americano anglosajón que con el europeo y, en consecuencia, puede sólo enlazar lo americano extrañando de él lo que no lo es. Por ello es que se puede pensar que una filosofía americana pertenecería sólo al Nuevo Mundo, sin alcanzar universalidad. Según Kattsoff, toda cultura es particular y la filosofía debe necesariamente tener un carácter universal. De todas formas, indica que es posible hablar de filosofía americana siempre que ella se preocupe sólo de lo que es y ocurre en su territorio. De modo que, como hemos dicho, no sería así filosofía universal, porque sólo le interesaría lo americano como objeto filosófico. El propio Kattsoff cree que la ambigüedad de lo que sería un filosofar nuestro se debe a esa preocupación por América, más que demostrar concretamente que existe. De manera que sin caracteres universales la filosofía no es filosofía propiamente tal. Kattsoff termina decepcionado al definir la búsqueda de la filosofía americana como un esfuerzo de ‘naturaleza viciosa’.

Este modo de reflexionar sobre nuestra filosofía latinoamericana es justamente lo que nos puede servir para mostrar tal error de visión.

Veamos: Partamos, simplemente, con la siguiente pregunta: ¿los filósofos europeos hicieron filosofía pensando en América o en África; se preguntaron si lo que hacían era filosofía o no? Si bien algunos, en relación al primer cuestionamiento, lo hicieron desde el historicismo, como Hegel, pensamos que la universalidad de la filosofía europea fue posible gracias a la certeza de los europeos sobre la finitud y dimensiones del mundo, producto de la conquista y ocupación de los territorios extra-continentales que ellos, y sólo ellos, iban “descubriendo” y sometiendo.

La filosofía americana, si bien puede (o quizás debe) preocuparse de lo universal, no debe hacerlo como un llegar a ser. Debiera ocuparle primeramente lo que sea objeto de su territorio. Y si logra la universalidad será debido a las interpretaciones que hace de su cultura y sus problemas, como ocurrió con la filosofía europea, aun sabiendo que lo universal sólo es otorgado por la validación de quienes están lejos del espacio en que se filosofa.

No es intención nuestra parecer excluyentes, pues no se niega la filosofía europea; más bien, alegamos que no es la única. Por lo tanto, al hablar de filosofía en general no la identificamos con territorios ni culturas específicas. Por cierto, puesto que todos los hombres y mujeres que habitan los diversos continentes parecen ser, y lo son, culturalmente distintos, sus ideas serán diferentes. No creemos, por lo tanto, que la búsqueda de un modo de filosofar nuestro sea un “vicio”, como cree Kattsoff. Por el contrario, es más probable que sea un vicio someterse servilmente a la mirada que Europa tiene del mundo (es decir, de su modo de hacer filosofía), como quien espera que el amo le toque el hombro en búsqueda de reconocimiento.

En suma, la filosofía nuestra será la que nazca de nuestra realidad, y que no precisará de parámetros extra-continentales para que se la asuma como Filosofía. Sobre este tema de identidad en materia de hacer filosofía, son bastante interesantes las reflexiones de Juan Rivano:

“nuestra filosofía ¿es más que un desordenado hacernos eco de las inquietudes que surgen, con o sin razón, en lejanos lugares? Los españoles deciden –nadie sabe por qué– traducir a los alemanes y aquí a toda Latinoamérica “profundamente” conmovida por los problemas que conmueven a los alemanes. Si los alemanes dan el grito fenomenológico, he aquí a toda Latinoamérica ocupada de tener “intuiciones eidéticas”; si los alemanes deciden volver al Ser, he aquí a toda Latinoamérica con espasmos metafísicos… pero, la manera cómo podamos hacer algo con tales doctrinas nadie las ve; no hay una partícula de relación entre lo que se dicta en la cátedra y el mundo circundante.”

Nos ocuparemos ahora de dos posturas contrarias con respecto al hacer filosofía en América Latina, pero ninguna de ellas menos importante que la otra. Nos referimos a las de Augusto Salazar Bondy y Leopoldo Zea, cuyo pensamiento hemos extraído de las obras supra citadas.

Salazar Bondy y la autenticidad de nuestra filosofía

En su obra ¿Existe una filosofía de nuestra América?, publicada en 1969, Salazar Bondy hace un análisis histórico de la evolución de un pensamiento latinoamericano que intenta descubrir si el modo de filosofar nuestro es auténtico. Concluye que nuestra filosofía tiene mucha sabia europea y que por ende no es filosofía auténtica, puesto que surge y se alimenta de Europa. Para explicar su postura acude a algunos pensadores latinoamericanos. Veamos algunos casos:

Trae a colación, por ejemplo, el pensamiento del chileno Jorge Millas, quien piensa que aunque nuestro tema en relación a la filosofía sea América Latina, seguirá teniendo caracteres universales y no podrá ser filosofía latinoamericana pura. También menciona al mejicano Vasconcelos y al argentino Alberdi, apuntando que coinciden en que aún no es posible decir que hay una filosofía propiamente latinoamericana, proponiendo como solución el nutrir el pensamiento americano de pensadores europeos como un acto hereditario que nos llevará a construir nuestra propia filosofía. Aun así, Alberdi (citado por Bondy) señala: “cada país, cada época, cada filósofo ha tenido su filosofía peculiar, que ha cundido más o menos, que ha durado más o menos, porque cada país, cada época y cada escuela han dado soluciones distintas de los problemas del espíritu humano”.

De esta forma, la filosofía de esta región está situada en un contexto y una época específicos. Salazar Bondy cree que como estilo propio no existe aún una Filosofía Latinoamericana, aunque acepta que hay un proyecto que tiene posibilidades de concretarse.

También cita a Leopoldo Zea. De acuerdo a Salazar Bondy, Zea observa que nos movemos en torno a la filosofía de Europa sin considerarla nuestra, por lo tanto, nos sentimos simples imitadores de ella. Nuestra filosofía, entonces, no sería sino una mala copia de la europea. Esto se debe a que consideramos lo americano como inferior a lo europeo, a partir de una concepción del mundo heredada de la dominación del ‘Viejo Continente’. A juicio de Salazar Bondy, Zea propone como remedio el resaltar lo nuestro develando y superando el sentimiento de inferioridad y la tendencia a la imitación, llegando a “potenciar nuestra capacidad de universalismo a través de una preocupación por el hombre americano y sus valores.” Concluye que es necesario hacer un análisis de la adaptación de lo europeo para dar un sentido original a nuestro modo de filosofar, adaptando el historicismo filosófico a nuestras circunstancias. El hombre americano, producto del colonialismo y del mestizaje, tiene matices filosóficos desconocidos en Europa, y que, por cierto, se pueden universalizar.

Salazar Bondy señala que todos estos pensamientos se han preocupado de buscar la filosofía en Hispanoamérica y no de Hispanoamérica y que, si bien existe la conciencia de que se puede lograr la autenticidad de nuestro filosofar, no se ha logrado su forma original. No obstante, sostiene que se ha llegado al acuerdo de que la posibilidad es real; es decir, no se ha declarado en ningún caso que filosofar como latinoamericanos sea un imposible. Indica como fundamentales los siguientes problemas: hay quienes creen que si hay una filosofía peculiar son aquellos que ven en nuestra filosofía una adaptación de la europea orientada hacia nuestra idiosincrasia, aun conscientes del complejo de inferioridad ante Europa que, según él, embarga a toda Latinoamérica. Una clara marca de inautenticidad para Salazar es que nuestro pensamiento filosófico se ha mixtificado, lo que ha traído por consecuencia la expresión de ideas y valores ajenos en el filosofar, creyéndolos propios por el hecho de adaptarlos, incluso aunque se expresen reconociendo sus carencias.

Salazar Bondy pone mucho énfasis en otorgar grados de culpa, en el problema de la falta de originalidad filosófica latinoamericana, al hecho de que nuestra cultura vive dominada económicamente, ya que depende en gran medida de los imperialismos de EE.UU., España e Inglaterra. Nuestra América no tiene, por cierto, un rol importante en la economía mundial, pues existe la realidad objetiva que aún los países del ‘Primer Mundo’ nos siguen dominando no sólo en materia económica, también como extensión del fenómeno imperialista en el aspecto cultural. Esto toca muy directamente el tema que nos ocupa: para revertir esta situación, al igual que Rivano, Salazar Bondy propone un planteamiento revolucionario al plantear sin ambages que el papel del pensamiento filosófico hispanoamericano es incentivar el estallido revolucionario político-social.

Señala Salazar Bondy que si bien Hegel creía que el búho de Minerva levanta el vuelo solo al atardecer –traducida su metáfora en el trabajo e interpretación filosófica después de los hechos– acá la filosofía se debe levantar en el alba, i.e., cuando los hechos ocurren, para que de esta manera se tome conciencia de la proyección que se le debe dar a nuestra futura filosofía, el esperado cambio revolucionario. Y, tras él, el cultural, la fuente que dará origen a una filosofía nuestra que ha de jugar un importante papel a nivel mundial.

En suma, Salazar Bondy destaca como un hecho negativo en el logro de la autenticidad que nuestro pensamiento no haya logrado ser auténtico, sino que se ha quedado en lo imitativo. Sostiene de este modo vivimos alienados por las necesidades que nos impone el subdesarrollo y la dependencia económica de otras naciones, lo que necesariamente produce una disposición negativa a resolver el problema.

Otro gran inconveniente para Salazar es la constatación del hecho que nuestras naciones están divididas, no existiendo un pensamiento unificador latinoamericano. Por ello es que nuestras sociedades han sido dominadas, y esto ha impedido que se unan simultáneamente en un pensamiento propio y unificador. Propone como remedial la revolución ideológica, comenzando desde las aulas a temprana edad, lo que, por consecuencia, coadyuvará a la generación del salto dialéctico de las nuevas generaciones hacia la unidad continental. Afirma, además, que nuestra filosofía genuina podrá nacer de una sociedad auténtica y creadora si alcanza su plenitud en la formación de una comunidad latinoamericana, siendo lo más importante para lograrlo el creer y asumir que nuestra filosofía sólo puede depender de su propia constitución como pensamiento auténtico.

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