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Artículo: el problema mente cerebro y la posible irrelevancia de la Autoconsciencia

Este artículo explora las preguntas asociadas a los dilemas que surgen en filosofía de la mente cuando se intenta conciliar la existencia de la mente con la existencia de nuestros cerebros. ¿Cuál es la relación entre ambas? ¿Dónde están nuestras ideas? Es más, ¿tiene alguna función relevante que cumplir la autoconsciencia?

Por: Martín Arienti

Introducción

Sabemos nada de la naturaleza de cómo existe en nuestro cerebro, concretamente, un pensamiento o un sentimiento. Por otro lado, contamos con suficientes manuales que teorizan pero que no proponen un estudio que arroje resultados físicos sobre el problema, por ejemplo la postulación de aparatos inéditos que estudien el cerebro en personas vivas. Aunque interesa el estudio de personas vivas, es de suma importancia el estudio durante el instante en que mueren; en tal caso: ¿qué sucede en sus cerebros, por ejemplo, con la idea de mesa en una persona que acaba de morir?

Desarrollaré lo siguiente:

– La autoconsciencia es una idea, pero algo concreto, material.

– La relación escasa y la independencia de la autoconsciencia con la inteligencia.

– La autoconsciencia es irrelevante y negativa para el desarrollo humano.

La autoconciencia es una idea, pero algo concreto, material

Existen aparatos que demuestran actividad cerebral de acuerdo a una conducta o un pensamiento del sujeto estudiado. Pero no podemos encontrar en el cerebro humano, ni de cualquier animal, una representación: la idea de mesa, por ejemplo. Conocemos qué función debe cada área del cerebro a la conducta del cuerpo, pero no sabemos la conformación ni la ubicación de la autoconsciencia en este órgano. La autoconsciencia, como el resto de cualquier otro proceso mental, posee existencia espacial y precisa en el cerebro y no es el resultado de un trabajo en conjunto al mismo tiempo; si bien podemos encontrar en cada proceso un atisbo de otros procesos, quiero decir relaciones, esto es un dinamismo más que una especie de imagen proyectada, como un televisor, cuya expresión es el resultado de un sistema de circuitos actuando conjuntamente.  Lo que une a los diversos campos del conocimiento es el problema de la autoconsciencia: ¿qué es?, ¿cómo surgió y cuándo?, ¿cuál es su naturaleza: acaso es química, electromagnética, eléctrica, biológica, un fantasma?, al observar que nuestra mente descansa sobre una especie de sopa eléctrica, química y proteínica, surge la intuición de que existe en ella materiales no descubiertos, (desde ya mecanismos), y que es necesario el trabajo en ensayos que analicen la creación de aparatos que busquen nuevas formas de materias tal como se trabaja con el universo. Nuestro reto es la búsqueda de la mente en nuestro cerebro. Pero no por ello podemos negar una aproximación al funcionamiento de los estados mentales, quiero decir a la dinámica de su existencia en el cerebro aunque no sepamos qué son en verdad.

Sugiero que la relación entre los estados mentales, (relación entre ellos), es similar a la del resto del universo celular que compone nuestro organismo. En efecto y sin caer en tecnicismos, un pensamiento y un sentimiento no es lo mismo en nuestro lenguaje, pero es similar en el cerebro: la diferencia es de grado, tal como nosotros no somos igual a otros individuos. Pero la diferencia que sumamos con nuestro lenguaje también exige su correlato en el cerebro. Podemos decir que si pensamos en una zapatilla y nos produce tristeza, la célula original, -que es la idea de zapatilla-, extrae de la célula de la tristeza una propiedad,- que al mismo tiempo suma otras propiedades del correlato del lenguaje en el cerebro,  (a los efectos de la presente sólo mencionaré la sintaxis y la semántica)-; y produce como resultado un enunciado triste que anexa la idea de zapatilla y de tristeza, más el recuerdo que aquello desencadena: a modo de simplificación: 1 es la célula original de la tristeza + º, donde el signo grado es el correlato biológico de la sintaxis del lenguaje en el cerebro, más ºº que es el correlato biológico de la semántica del lenguaje en nuestro cerebro. Esto da como resultado 1ºº. Ahora añadimos el 2, (que también podríamos representarlo como II, o &, &º, es lo de menos, utilizo números para fines de claridad); retomo: añadimos el 2 que es la célula original de la idea de zapatilla en nuestro cerebro, más º, donde el signo grado es el correlato biológico de la sintaxis de la palabra zapatilla en el cerebro, más ºº que es el correlato semántico. Ahora bien, imaginemos que la suma de 1ºº más 2ºº da como resultado un 3ºººº (4 signos grados) que es el enunciado triste, o recuerdo evocado a causa de la zapatilla y la tristeza, por ejemplo: “aquella zapatilla me recuerda a mis buenos años de niño, a la despreocupación, a los juegos. Y también caigo en cuenta del inevitable paso del tiempo y en los que se han ido…”.

¿Dónde están las ideas?

Las ideas son células que habitan nuestro cerebro. Las llamo así aunque en rigor no lo sean, pero me lanzo a la imaginación de su naturaleza para fines de claridad. Digo células pero sé que no lo son. Lo que en verdad quiero decir es que son cosas concretas que existen en nuestros cerebros. Retomo:   3ºººº (4 signos grados) es igual a un enunciado triste o melancólico, pero resulta que el enunciado triste engendra a su vez dos más que son su correspondiente sintaxis y semántica. El enunciado es 3ºººº (4 signos grados) porque posee en sí mismo las propiedades de los productos que le dieron origen: en este caso la idea de zapatilla y tristeza. Pero esto es sólo una simplificación excesivamente burda ya que el verdadero análisis es cuasi infinito. El enunciado triste y melancólico engendra no sólo dos de sintaxis y semántica resultando efectivamente en 3ºººººº (6 signos grados) sino también la secuencia de propiedades que poseen en sí mismos los productos “tristeza y zapatilla”, más cada palabra que compone el enunciado completo 3ºººººº (6 signos grados), más sus correspondientes letras. Por ejemplo, el enunciado no resulta igual en dos individuos; desde ya, y es probable que uno de ellos se represente cada producto en chino o en inglés, o que ignore escribir en letra cursiva o que sea analfabeto; de modo que las propiedades sintácticas y semánticas no son la misma frente al ejemplo que planteé en dos individuos: “zapatilla, tristeza = enunciado”. Lo que quiero decir es que soy consciente de que para abarcar toda la ramificación lingüística y representacional, más sus relaciones entre ellas y posibles derivados como recuerdos y emociones, necesitaría cientos o miles de páginas.   Intentaré resumir la dificultad: Pensar en la letra L exige su existencia en el cerebro de quien la piensa. Ahora bien, imaginemos que la misma persona escribe la letra L con su puño y letra en un cuaderno; por lo tanto esa L escrita exige su propia existencia sumada a la primera. Una vez escrita la letra L, nuestro individuo la observa por lo que ingresa una figura, líneas sin sentido, -a priori-, en su cerebro que, – sirviéndose de sus conocimientos-, interpreta como una letra L mayúscula, (ni hablar si la letra L fue escrita en color verde, rojo o gris). Ya posee tres letras L en su cabeza cuyo origen y propiedades no son las mismas. Lo que importa es cómo existen esas L en el cerebro y cómo surgen; a saber: considerando la ley de conservación de la energía: si un cuerpo provoca el movimiento de otro este último adquiere energía de aquél aunque sea transformada, por lo tanto la letra L tuvo que ser producida por algo; en este caso: ¿qué causó la aparición de la primera letra L en nuestro cerebro si bien sentimos que decidimos pensar en ella y que nosotros somos la causa?; y si en verdad aceptamos que lo decidimos, que somos la causa, ¿qué provocó nuestra decisión?.    Otro ejemplo similar: la idea de mesa se relaciona con la idea de silla, de comida, de madera. Y también es válido asumir que sus lugares en el cerebro son cercanos o lejanos. El punto es que son hechos concretos que suceden en el cerebro, que poseen existencia pero cuyas propiedades físicas ignoramos. Para no volar en abstracciones imaginaremos escenas sencillas. En principio, imaginemos que la autoconsciencia es una célula cuyo lugar en el cerebro es el centro, en alguna parte del cuerpo calloso. La naturaleza física de la autoconsciencia es similar a la de cualquier otra idea. Volveré al ejemplo de mesa, comida o madera. La autoconsciencia es una idea, y en efecto, nosotros y quien les habla es una idea: Soy la idea expresándose. Por lo tanto, y si en efecto soy la autoconsciencia expresándose, mientras me observo a mí mismo y descubro qué soy, ¿la autoconsciencia escupe otro concepto, otra célula, una especie de sub autoconsciencia que se observa a sí misma?, si es así ¿sucede lo mismo con esta sub autoconsciencia al descubrirla ahora mismo? El planteamiento es válido debido a que no existe algo incorpóreo que vuela adentro de mi cabeza observando todo como un fantasma y moviendo los hilos; siendo de esta manera, su consideración, una interesante falacia y contradicción de la materia, porque en tal caso aquello fantasmal interacciona con el cerebro.

La pregunta que me hice, a saber: que si me observo a mí mismo mi autoconsciencia escupe otra autoconsciencia es válida, porque el punto importante es la naturaleza de la autoconsciencia: que es una idea como lo es la idea de mesa.   Ahora bien: ¿por qué Yo y no la mesa?, quiero decir, ¿por qué hablo Yo y no la mesa si nuestra naturaleza es la misma? Sucede que la idea de mesa y la autoconsciencia no son lo mismo, pero la diferencia es de grado: Como yo no soy igual a otro ser humano. La autoconciencia es una célula, retomemos lo que propuse imaginar: es una célula cuya existencia es autónoma pero que guarda relación con el resto de las células. Como las neuronas, ¿pero qué la activa y la mantiene activa, recordando la Ley de conservación de la energía?, ¿es como una chispa perpetua entre dos piedras hasta que morimos?   Los procesos mentales son indeterminados en números y naturalezas, cuyos matices definimos a través de la palabra. No es lo mismo, según el lenguaje, un pensamiento a un sentimiento, pero diremos que orgánicamente, en nuestros cerebros, sus diferencias son de grado, como el ejemplo que hice entre otro ser humano y yo y la idea de zapatilla y tristeza. Nosotros marcamos las diferencias categóricas con nuestro lenguaje. Una mesa no es para nada lo mismo que la tristeza, por ejemplo, pero en nuestros cerebros son lo mismo: ideas, algo material codificado, -desde ya que no son pequeñas mesas o zapatillas que surcan las arterias de nuestro cerebro- El problema surge cuando reconocemos la existencia de esta distinción en nuestro lenguaje y que, en efecto, esta distinción que inventamos con nuestra lengua exige su correlato orgánico: correlato del lenguaje en el cerebro.

Esto ya lo expliqué anteriormente pero lo resumiré de nuevo: Similar al postulado de que mi autoconsciencia escupe otra autoconsciencia que se observa a sí misma, imaginemos que la tristeza escupe otro elemento que orbita la célula original a través del lenguaje: me refiero a lo que decimos de ella y que se traduce en nuestra lengua como tristeza pero con un matiz semántico agregado por nosotros y anexado a la idea de mesa. Imaginemos que pensamos en una mesa y que al mismo tiempo nos inundamos de tristeza porque nos recuerda a algo o a alguien. La tristeza es la célula original que se relaciona con la idea de mesa, o la célula de mesa; sumado al recuerdo que resulta en un enunciado melancólico. Decimos que de esta última significación agregada a la idea de mesa y tristeza surge otra que orbita a la célula original: En este caso tanto a la de tristeza como a la de mesa. Es el correlato del lenguaje en el cerebro. La mesa atrae de la célula que llamamos tristeza alguna propiedad típica, (como el color de pelo de otro hombre que es distinto al mío), y lo añade a sí misma, a la mesa. En tal efecto obtenemos el proceso mental de una mesa y la tristeza, como dije: un enunciado melancólico y su consecuente sensación en nuestro cuerpo. Como yo, de pelo negro, me vuelvo rubio artificialmente o arrancándole el cabello al individuo distinto y pegándolo a mí. Lo importante es que nuestros procesos mentales son cosas, (utilizo esta palabra a propósito), cosas concretas que ocupan lugares precisos en el cerebro cuyas naturalezas son similares a las del resto pero con diferencias de grado y textura; y sin ánimos de caer en la imprecisión, que de por sí el problema suscita, con textura me refiero a cualidades que cada proceso tiene en sí mismo más el que nosotros añadimos con nuestro lenguaje y experiencia de vida.    Algunos procesos mentales pueden servirse de otros, como por ejemplo la mesa puede servirse de la tristeza. En este sentido ¿la autoconsciencia humana sería privilegiada entre el resto de los procesos mentales porque puede manejar nuestro cuerpo, por ejemplo, en este instante mis dedos que escriben?

La relación escasa y la independencia de la autoconsciencia de la inteligencia

A grandes rasgos, entendemos por inteligencia al proceso de almacenamiento de información, al proceso de esa información, a la recuperación de ideas, a la comprensión. A los efectos de la presente resumiré a la inteligencia como la actividad de comprender algo.  Diré que la inteligencia es comprensión. No hablaré de inteligencia como una actividad del cuerpo, como una habilidad práctica sino simplemente como una comprensión, algo que sucede en el cerebro. La autoconsciencia es saber que existimos, es reconocer nuestra ubicación en el espacio en un determinado tiempo de acuerdo a lo aprendido, y también la distinción entre lo otro, tanto lo vivo como del mundo inerte. Volvamos a la imagen de la célula en el centro del cerebro, en algún lugar del cuerpo calloso: ¿Qué diferencia podría existir entre la autoconsciencia de una persona que lo sabe todo con la de una persona que no sabe escribir, leer y que no posee, de hecho, conocimiento alguno sobre cómo es el planeta tierra y qué es aquello que aparece a la noche y que llamamos luna? Sugiero que no hay diferencia, que la célula que es la autoconsciencia es igual, aunque en rigor no lo es como tampoco dos individuos son lo mismo, pero que, sin embargo y erróneamente, podríamos asumir que no son lo mismo porque mezclamos la comprensión, -inteligencia-, con la autoconsciencia, y la comprensión es una parte del proceso mental que llamamos inteligencia.    Sugiero que la inteligencia no engendra autoconsciencia, por el contrario, sugiero que la autoconsciencia se sirve de la inteligencia. En efecto. Nuestro individuo que no sabe nada pero que de pronto lo aprende todo, ¿aumenta su autoconsciencia?, la respuesta es no. Sucede que su célula que es la autoconsciencia se sirve de otro proceso mental, como la mesa de la tristeza o yo del pelo rubio de mi amigo. La autoconsciencia del sujeto que no sabía nada comprende ahora dónde existe físicamente, qué es aquello que llaman luna, qué es o qué forma tiene el universo y qué es él dentro del universo. Por lo tanto la autoconsciencia es independiente de la inteligencia: sólo se sirve de ella.

La Autoconciencia es irrelevante y negativa para el desarrollo humano

Si extirpamos la autoconsciencia no habrá sujeto que experimente, a priori, pero sí cuerpo viviente con procesos mentales que viva. El problema se encuentra en que el cuerpo se mueve mediado por la autoconsciencia, si no me equivoco, resulta en una creencia popular ya que, por ejemplo, pensamos: “Yo decido mover el brazo, yo produzco tal pensamiento, etc.”. Este privilegio residiría, de modo, en servir de puente entre las representaciones mentales y la consecuente producción eléctrica que mueve los miembros. En efecto, ¿es privilegiada la autoconsciencia frente al resto de los procesos mentales?, en tal caso ¿se trata de un privilegio de grado o de ubicación espacial?, ¿si extirpáramos la autoconsciencia quedaría un hueco que afectaría al todo?, o el cuerpo; en rigor el cerebro, ¿continuaría con sus funciones intactas como si la autoconsciencia fuera una cosa más e irrelevante? Planteo que la autoconsciencia, a modo de ejemplo para fines de comprensión, es una célula independiente que ocupa un lugar determinado en el cerebro. Cuya existencia no fue engendrada por la inteligencia pero que sí se sirve de la inteligencia, de la comprensión. Sugiero también que los procesos mentales son independientes en sí mismos, pero que se relacionan con el resto: como la mesa con la tristeza, dos neuronas o más entre sí, los órganos del cuerpo.  Se puede asumir que la voluntad y las representaciones mentales son independientes, por lo tanto si extirpamos la autoconsciencia; la voluntad y las representaciones mentales; los deseos y los recuerdos se mantendrían intactos. La autoconsciencia no es puente de nada con el cuerpo, sólo es el sujeto que experimenta y nada más: no es inteligencia, no es deseo, voluntad ni es el lenguaje.

La autoconciencia soy Yo, ahora mismo, que sé que soy Yo y no otra cosa. Escribo sirviéndome de un aprendizaje que es el lenguaje y que es el castellano. A su vez me sirvo de esta herramienta utilizando otro proceso mental que es la inteligencia; no sólo un conjunto de comprensiones sino también la proyección, por ejemplo, el procesamiento de información y la relación de ésta con otra. Hay un deseo y una voluntad de escribir que se traduce de manera eléctrica por mi cuerpo y que hace que mueva mis dedos para producir esto. En fin, se entiende que Yo como autoconsciencia sólo sirvo como sujeto que experimenta la existencia, un mero observador de lo que sucede. La autoconsciencia se relaciona con la voluntad como con la comprensión. *Ver ejemplo de la persona que no sabe nada y que de pronto lo sabe todo: ¿aumenta su autoconciencia?*

Se desprende que en el cerebro reina la democracia y que la autoconsciencia no es la tirana que gobierna todo a su capricho. No se trata de una escisión de la autoconsciencia en muchas partes que niega experiencias por alguna razón. No hay tiranos en nuestro cerebro. La autoconsciencia es una célula independiente que existe como ahora existe la mesa en la que escribo: el resto es nomenclatura de un proceso creativo. Desconozco si elijo y si poseo libre albedrío, ¿quién puede demostrarlo y sobre qué parámetros, si desde ya los fijamos nosotros?, sólo siento voluntad de escribir esto y el deseo de hacerlo y experimento la acción de escribir. Sin autoconsciencia, esto que ocurre ahora mismo podría suceder de igual manera y sin ningún problema. Sólo que no habría nadie que experimente la acción de escribir, la voluntad ni el deseo de hacerlo.  Por lo dicho adjunto el siguiente y último postulado: que la autoconsciencia es negativa e irrelevante. Aunque afirmar esto no supone propiedades en la célula de la autoconsciencia que impidan el desarrollo del resto de los procesos mentales: para ser exacto, propiedades morales. Lo cierto es que desde que sabemos que existimos y nos servimos de la comprensión que nos brinda el proceso mental que llamamos inteligencia, entendemos que habremos de morir, sumado a los innumerables peligros que supone la vida, sentimos miedo. Esto significa que la mera existencia de la autoconsciencia engendra miedo. Me detengo acá y preciso que no digo que la autoconsciencia posea en sí misma al miedo, sino que lo engendra sirviéndose de la comprensión, de la inteligencia.

Alguien podría decir: “perfecto, en vez de extirpar la autoconsciencia extirpemos el miedo”. Pero la autoconciencia engendra miedo porque se sirve de una comprensión. También engendra deseos, pasiones; lo que, en fin, nos hace humanos: sin autoconsciencia no habría miedo, (comprensión del peligro), pero sí instinto de supervivencia cuya causalidad es meramente biológica, como la del resto de los animales; por ejemplo: ¿una mosca huye del humano porque comprende que existe y que dejará de existir si el sujeto la aplasta?  La autoconsciencia engendra a un sujeto cobarde y conmovido, y un sujeto cobarde y conmovido, -incluso apasionado y enamorado-, es tierra fértil para el proceso mental que llamamos creatividad, invención y destrucción. Pensemos en la literatura, la religión, en las guerras de poder, incluso en esto mismo que escribo ahora. Sin embargo, acepto que la existencia merece la pena: no así el sujeto que existe.  Veamos las enfermedades de naturaleza psicológica. No sabemos de perros que ladren dos veces antes de defecar, como un ritual obsesivo compulsivo, o de leones que padezcan agorafobia y se pasen su vida escondidos en alguna cueva, ni hablar de zorros vegetarianos o filántropos. En casi la mayoría de los problemas mentales y características de la personalidad, la causa en principio es la razón del individuo: su inteligencia y su autoconsciencia. La incapacidad de absorber o de incorporarse a un mundo que lo supera o lo asusta provoca problemas de naturaleza mental.

La diferencia entre el cerebro del resto de los animales y el nuestro es de grado, acentuando la diferencia en la autoconsciencia y la inteligencia. Son conscientes, no como nosotros, pero se perciben a sí mismos. Les pica el cuerpo y se rascan, la mayoría de los animales reconocen su reflejo o no reaccionan con violencia sin sentido ante un igual; de modo contrario no existirían jaurías de perros, por ejemplo, grupos de aves de la misma especie volando juntas. No poseen el concepto de grupo y especie, pero algo los liga, algo que es meramente biológico y no intelectual. Poseen emocionalidad: extrañan a su dueño o padecen tristeza si se encuentran en cautiverio como un gorila en un zoológico. En tal caso ¿podemos afirmar que sufren depresión?, quizás sí, pero también existen animales maltratados cuya conducta está deshecha. Pero que, una vez modificado su ambiente desfavorable, después de meses o años, es como si nunca hubieran sufrido daño alguno: a menos que pudieran hablar y manifestarnos sus recuerdos y demostrarnos que aún le afecta la experiencia evocada: cabe la siguiente salvedad: en tal caso comprenderían, no sólo recordarían. En cambio un hombre o mujer maltratados, por más cambios, paliativos, medicamentos y mentiras que les entreguemos quedarán dañados de por vida, y su inteligencia y autoconsciencia estará marcada por la experiencia traumática para siempre, aunque su comportamiento ya resulte como el de cualquier sujeto óptimo y aceptable para la sociedad.  Los problemas psicológicos resultan de la inteligencia y de lo que nos hace humanos: la autoconsciencia. Si alguien abstrae la experiencia humana y me plantea, por ejemplo, que la historia de un individuo o su emocionalidad, en la mayoría de las veces, es la causa de un problema psicológico, o que en muchos de estos casos que dije la razón se debe a un desbalance químico o malformación cerebral, mi respuesta ya está dada: la psique es el cerebro, nunca sugerí lo contrario.

Cada palabra y letra tiene su correlato orgánico en el cerebro. Si el daño existe en la psique, -dentro de una acepción dualista-, también existe en el cerebro, aunque, incluso, no seamos capaces de precisarlo si bien logremos control con algunas pastillas. Cerebro y mente es lo mismo. Por lo tanto la enfermedad psicológica es cerebral y viceversa, aunque desconozcamos exactamente qué ocurre en un cerebro enfermo a nivel microquímico, eléctrico o proteínico; si se quiere, en alguien que padece una fijación u obsesión en una idea, o una personalidad que llamemos psicopática, neurótica o incapacitada por alguna razón. El correlato orgánico existe aunque lo ignoremos: basta con emborracharnos para demostrarlo y se comprende lo difícil que es desentrañar el tejido de nuestra mente.  En resumen:   La autoconciencia es irrelevante y una cosa más que habita en el cerebro, no es causal de nuestro comportamiento y, sin problema, podemos concebir vida biológica inteligente, con muchas de nuestras propiedades intactas, pero sin autoconsciencia. La autoconsciencia podría deberse a un error aleatorio que resultó paralelo al nacimiento del lenguaje y que bien podría no haber surgido; en efecto, es un concepto como cualquier otro cuya diferencia es de grado. Más no así la consciencia. Quiero decir: Podemos ser conscientes pero al mismo tiempo no autoconscientes. Al ser no autoconscientes la inteligencia nadaría en infinita libertad desprejuiciada, interactuando con el medio como cualquier animal pero con la virtud del intelecto y en relación con la intencionalidad del organismo por sobrevivir; la curiosidad y el impulso por resolver problemas en pos del placer y la supervivencia. Se entiende que sin autoconsciencia las capacidades humanas irían a tope a su desarrollo máximo.

Conclusión

Nuestro mayor enemigo para desentrañar el cerebro somos nosotros mismos: ¿cómo podemos abordar un problema de semejante hondura si creemos que somos especiales por ser dueños de autoconsciencia y de inteligencia?, ¿acaso no es momento de aventurarnos a reducir lo que nos hace especiales a lo que en verdad somos? Debemos partir de la siguiente premisa: en el cerebro existe una, o una cantidad innumerable de materiales que ignoramos que existen pero que están ahí y que no sabemos cómo funcionan, su naturaleza ni sus mecanismos de codificación y decodificación. Debemos trabajar con personas o con otros animales quienes sabemos poseen representaciones mentales; por ejemplo: un perro se representa a su dueño, a la comida, al placer. El objetivo es encontrarnos a nosotros mismos en nuestro propio cerebro para por fin darnos un nombre y palparnos como lo que somos; y es muy importante pensar en el siguiente hecho de nuestra naturaleza humana: resulta imposible ver la realidad del sujeto que es blanco de nuestro amor desmedido e idealizado.


Bibliografía

Blanco, Carlos (2014) Historia de la Neurociencia. El conocimiento del cerebro desde una perspectiva interdisciplinar.  Editorial Biblioteca Nueva, S. L, Madrid.

Churchland, Paul (1999)  Materia y conciencia: introducción contemporánea a la filosofía de la mente. Editorial Gedisa.

Herce Fernández, Rubén (2014) De la Física a la mente. Editorial Biblioteca Nueva, S. L, Madrid.

Lowe, Edward Jonathan (2000) Filosofía de la mente.

Ryle, Gilbert (2005) El concepto de lo mental. Editorial Grupo Planeta.

Searle, John (1996) El redescubrimiento de la mente.

Searle, John (2001) Mentes, cerebros y ciencia. Editorial Cátedra, 2º Edición.

Searle, John (2006) La mente: una breve introducción. Editorial Norma


Martin Arienti Foto(1)Martín es argentino actualmente viviendo en México. Trabajo como desarrollador web, pero este año regresa a su natal Argentina para terminar sus estudios de psicología en Universidad Nacional de Córdoba.

 

© Martín Arienti

La foto que encabeza este artículo es de Ehimetalor Unuabona on Unsplash

Ehimetalor Unuabona

 

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7 Comentarios

  1. Brillante cómo encara el tema Martín Arienti, pero es agrio imaginarme que existo sin darme cuenta de que existo. Sin embargo, me hace pensar en autores que marcan la inteligencia humana como un error cósmico y como la causa del sufrimiento. Pienso en el diálogo de dos personajes de Guy de Maupassant, en su cuento La belleza inútil que representa el exceso de vanidad sobre este punto. A quién le interese, tercer capítulo entre Roger de Salins y Bernardo Grandin. Se resume así: “sufro porque soy inteligente”, y desprecian al cuerpo y lo que llaman vida animal, porque consideran nuestro parentesco animal una vergüenza. Mientras presumen poseer un nivel de pensamiento cercano al científico, son al mismo tiempo frívolos, indolentes, dogmáticos y superficiales.
    Aunque no me agrade la idea, como humano, reconozco que es más sincero atribuir la causa de nuestros males al ser autoconscientes que al ser inteligentes.

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  2. Las enfermedades graves de carácter cerebral, como las esquizofrenias, las demencia, el Alzheimer, se manifiestan en trastornos de la conducta pero sus causas son orgánicas. En los demás trastornos de la conducta decimos que la causa es “psicológica” pero no dejan de tener un origen concreto, no sabemos exactamente qué pasa. Hablamos de neurotransmisores pero no hilamos hasta un nivel profundo. Una persona que padece demencias o esquizofrenias encuentra su Yo escindido, o difuso, (aparece y desaparece, en el caso del Alzheimer) Tomando el artículo como referencia podría pensar que la enfermedad biológica apalea a la autoconsciencia del paciente. Pero no significa que sin autoconsciencia no existan estas enfermedades, a lo sumo lo afectado sería el resto de las propiedades psicológicas o mentales, como la memoria o la capacidad de atención; y no habría “sujeto que sufra”. Quiero decir que entiendo que la autoconsciencia no sería la causa de todos los trastornos sino la causante de que las suframos.

    Saludos Martín!

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  3. Me parece una propuesta muy interesante y planteada de la manera mas clara posible. Clara, incluso para alguien que no se encuentra en el ámbito filosófico como es mi caso.

    Actualmente se invierten n numero de recursos económicos, humanos, tecnológicos, etc, en intentar simular propiedades del cerebro humano en inteligencia artificial, como el cálculo, la expresión de gestos emocionales, hasta lograr comprender la consciencia y la autoconsciencia, pero ¿cómo podremos acceder al conocimiento de éstas si se trabaja en sus propiedades y no sabemos qué son en realidad; es decir cómo sabremos que hemos acertado si aun no sabemos qué es la consciencia y la autoconsciencia?

    Felicitaciones por la publicación Martín !

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  4. Hola, no soy profesional de este campo, sin embargo, como ingeniero informático, en nuestras capacitaciones actuales empezamos a sondear estas latitudes, es común encontrar ideas osadas, y también otras que rozan la ciencia ficción pero que auguran (sus autores) que serán hechos dentro de pocas décadas, Raymond Kurzweil, (inventor e ingeniero en google) es el mejor ejemplo. Al respecto, pensando en él, no creo que hallemos respuestas desde la inteligencia artificial, que es desde donde más se trabaja al día de hoy. Pienso que en la mente no existen algoritmos que viren o inhiben la conducta, por lo tanto hay algo que es irreductible a circuitos y algoritmos informáticos. Esto no significa una forma de dualismo religioso. De esto se encargó el matemático Roger Penrose en su obra “Las sombras de la mente” que sospecho el autor Martín conoce, cuando plantea que en el cerebro existe algo (físico) que ignoramos que existe y que es la mente, además el libro De la física a la Mente es una crítica, (que no comparto) a la obra de Penrose. Pienso lo mismo sobre la naturaleza de la mente. Resulta descabellado abrazar un misterio en la naturaleza de la materia que la convierta a ésta en una No materia. El problema mente cerebro ya no es dualismo vs materialismo y sus diversas manifestaciones, es la imposibilidad de elucidar qué es la mente en nuestro cerebro.
    Muy joven el autor y muy profundas sus observaciones, un lujo la lectura.
    Saludos desde Argentina.

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  5. Como estudiante de psicología y creyente, me atengo a la opinión de expertos que estudie, que han pasado cientos de años y no se han producido avances en el problema mente cuerpo, comparando otras áreas de la ciencia. El problema de si hay o no hay Dios, no es descartable ya que una afirmación negativa o afirmativa no es demostrable. Aunque el alcohol o las drogas alteren la conciencia, no es soberbio afirmar que la mente es material ? Como decir que no hay Dios? El origen de una idea no define su valor de verdad, esto se llama falacia genética, por humilde y pobre de desarrollo persuasivo, científico, que posea una idea como hablar de Dios o el alma no descarta que sea un problema al instante de resolverlo.

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