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Artículo: El pesimismo profundo y el silencio

Este artículo nos presenta el nuevo concepto llamado pesimismo profundo. El pesimismo profundo es una actitud existencial que, tomando elementos del pesimismo filosófico y el nihilismo existencial, nos llama a guardar un silencio filosófico ante el sufrimiento de la existencia y la ausencia de propósito en nuestras vidas. Es un resumen/extracto de una versión más extensa que está en proceso de publicación en formato libro.

Por Ignacio Moya Arriagada

Este artículo está dividido en tres páginas.

Introducción

El optimismo (…) me parece no sólo absurdo, sino verdaderamente impío, pues es un sarcasmo contra los dolores sin cuento de la humanidad.[1]

Arthur Schopenhauer, El Mundo como Voluntad y Representación

En este artículo yo presento por primera vez el concepto que llamo pesimismo profundo. El pesimismo profundo es una postura existencial que, tomando elementos del pesimismo filosófico y del nihilismo existencial, sugiere que la mejor actitud ante la tragedia de la existencia humana es la de guardar un silencio filosófico. Esto no significa guardar silencio ante el sufrimiento y las injusticias del mundo. Sólo significa abstenerse de promover activamente la idea de que la vida es fundamentalmente sufrimiento y de que nuestras vidas no tienen sentido. Específicamente argumentaré los siguientes puntos:

1) La vida es, fundamentalmente, sufrimiento. Esta postura se conoce como pesimismo filosófico.

2) La vida no tiene un propósito final. Esta postura se conoce como nihilismo existencial.

3) Si aceptamos el pesimismo y el nihilismo entonces la conclusión que se sigue es que es aconsejable guardar un silencio filosófico ante estas verdades[2]. Esta postura se conoce como pesimismo profundo.

Del pesimismo

¿Qué es el pesimismo? El pesimismo es una corriente filosófica que plantea que la vida es, fundamentalmente, sufrimiento y que el dolor es parte constituyente de la vida. Y, tal vez de forma más importante, que este sufrimiento y este dolor no se viven por alguna razón superior, por algún bien trascendental; este sufrimiento no tiene un porqué, no es racional y no tiene alguna justificación posterior. En este punto reside la clave del pesimismo; en reconocer y aceptar la irracionalidad del mundo y la irracionalidad de todo sufrimiento.

La vida pareciera estar llena de sufrimiento. De grandes sufrimientos y pequeños sufrimientos que luego transformamos en grandes sufrimientos. Este sufrimiento (en sus distintos grados) se presenta como parte constituyente de la existencia. Constatar este sufrimiento no es algo que se haga sólo desde el mundo de las ideas, sólo en abstracto. Al contrario, hay un importante aspecto empírico en esta afirmación. Esto porque pareciera ser que donde sea que uno mire en el mundo, uno ve dolor, carencia, frustración, anhelaciones y búsquedas de distintas cosas. A veces esos deseos parecen más bien banales. Por ejemplo, deseamos esos pantalones. Ese auto. Y a veces queremos cosas que parecen más importantes. Queremos y deseamos ese amor y no otro. Queremos esa amistad o ese trabajo. Queremos vivir en ese lugar y no en otro. Otras veces, de forma altruista, queremos felicidad y bienestar para ese otro que tanto queremos. Y todavía en otras situaciones, queremos cosas que a todas luces son mucho más fundamentales e importantes. Por ejemplo, queremos alimentarnos, queremos curar alguna enfermedad o queremos simplemente vivir en paz y escapar de la guerra, la persecución y la opresión.

En este mundo la muerte de niños por enfermedades, abusos y hambre, la tortura a la que son sometidos los seres humanos durante las guerras, y la muerte totalmente injustificada de otros millones de animales a manos de nosotros son hechos tan reales como el hecho que usted está leyendo estas palabras. Hasta donde sabemos allí donde hay vida, hay deseo. Y sabemos que donde hay deseo hay sufrimiento. Es decir, no puede haber vida sin sufrimiento[3].

Este pesimismo existencial tiene a su más alto exponente en Arthur Schopenhauer. A él le debemos la obra más completa, precisa, certera, contundente, mejor argumentada y estéticamente hermosa que se haya escrito en torno a la idea del pesimismo, en torno a la idea de que la vida es, fundamentalmente, sufrimiento. Schopenhauer ordenó este tema, ofreció los argumentos y dejó sentado, para siempre, las bases de todo pensamiento pesimista que lo siguió. Sin embargo, a pesar de lo gravitante que es la figura de Schopenhauer en la historia del pensamiento pesimista, esta corriente filosófica tiene una historia que no se inicia ni se agota con él [4]. Pero, aunque es efectivo que hay una gran variedad de figuras que han tratado temas pesimistas y existenciales en sus trabajos, la obra de Schopenhauer es tan gravitante que toda persona que hable, piense o escriba acerca del pesimismo y el sufrimiento lo hace invariablemente sentado en la mesa que él puso. Yo estoy sentado en esa mesa[5]. Es más, si la obra de Schopenhauer no hubiera existido, sería necesario escribirla pues es sólo gracias a los argumentos que en su filosofía encontramos que ahora alguien como yo puede aconsejar el silencio (ver nota 2)

De la esperanza y el pesimismo

La historia de la humanidad es inseparable de la historia del dolor y el sufrimiento (esta relación es extensiva a la vida en general, no sólo humana). Conocer quiénes somos, de dónde venimos y cómo hemos llegado aquí es conocer la historia de una infinidad de tormentos. Claro está, y sería deshonesto reconocerlo, que la historia de la humanidad (incluyendo la historia particular de millones de individuos) tienen y han tenido momentos de alegría, de triunfos, de felicidad y de logros. Estos logros y estos triunfos, es de esperar, seguirán. A medida que avance el tiempo menos seres humanos morirán en guerras, menos serán discriminados, menos vivirán en pobreza y, tal vez, menos animales sufrirán torturas a manos de nosotros. Millones de personas aspirarán a tener vidas felices, tranquilas, con sus necesidades básicas satisfechas ya aseguradas. Es la esperanza que muchos, incluyéndome a mí, tenemos.

Esta esperanza no es contradictoria con una visión pesimista de la existencia—o para ser preciso, a lo menos no es contradictoria con el pesimismo profundo[6]. Esto porque el pesimista profundo entiende que el mejoramiento del estado de cosas puede efectivamente continuar e incluso puede ser deseable. Sin embargo también entiende que cada triunfo obtenido, cada avance logrado, aunque valioso e importante, se erige sobre la base de una carencia, de un dolor y de un sufrimiento (sufrimiento propio o ajeno). Y es más, por cada logro que la humanidad obtenga (o que nosotros obtengamos en nuestras vidas personales), aparecerán otras mil carencias, mil dolores, mil exigencias y mil vacíos que demandarán y clamarán por una solución. Las razones de porqué esto seguirá así se encuentran, en parte, en Schopenhauer.

De Schopenhauer

Lo que Schopenhauer vio, y que sólo pudo ver gracias a todo el trabajo anterior que realizó Kant, es que el mundo en si-mismo, (es decir, más allá de cómo nosotros lo percibimos) está constituido por una fuerza vital que él llamó voluntad (aunque más preciso, esa fuerza vital es ella misma una expresión de la voluntad). Esto significa que todos los seres vivos (y en mucho menor grado los objetos inanimados también), somos en esencia, voluntad.

Esta voluntad mueve, sostiene e individualiza todo lo que es, todo lo que percibimos. Cada individuo, cada objeto, cada cosa que se puede localizar en el espacio-tiempo es una manifestación particular de la voluntad, voluntad que está en todo. Por eso, esta voluntad no es una cosa, no es un objeto y por lo tanto no se puede individualizar lo que significa que no se rige por el principium individuationis (es decir, no se puede localizar en el espacio/tiempo por lo que no se puede individualizar en un objeto). Y al no estar sujeta a este principio, la voluntad es una, es indivisible y está presente en todo. Lo único que la voluntad hace es desear, busca perpetuarse y siempre avanzar sin propósito alguno más que el de seguir avanzando y viviendo. Es insaciable. Nunca conforme, nunca quieta, no tiene meta, no tiene fin. [7] En palabras de Schopenhauer la voluntad “carece de objetivo final, porque su esencia es querer, sin que ese querer tenga nunca un fin, y que, por lo tanto, no alcanza una satisfacción definitiva (…) (312). Y el que cree haber, por fin, alcanzado todo lo que desea y por lo tanto no desea nada más, se aburre. Y el con el aburrimiento estamos de vuelta al sufrimiento, estamos de vuelta al querer. Por eso aunque es cierto que a veces encontramos lo que queremos en la vida, cuando eso sucede tarde o temprano vamos a desear otra cosa. Es así como, entre desear, encontrar y volver a desear, nos pasamos nuestra existencia.

Todo esto se presenta ante nosotros de forma implacable. Sufrimos porque queremos. Y al final, morimos porque vivimos. Estas verdades (que sufrimos y que morimos) representan, también, un llamado, un clamor, una exigencia y una demanda por una respuesta que no ha sido encontrado, pero que seguimos buscando. ¿Por qué suceden y nos suceden las cosas que nos hacen sufrir? Basta una breve observación a nuestro mundo para que surja la necesidad de hacerse la pregunta, de preguntarse por qué mueren niños recién nacidos a manos de bombas caídas desde aviones invasores. ¿Qué propósito tuvo la vida de ese niño que murió en ese bombardeo? ¿Por qué vino a este mundo? ¿Por qué tantos trabajan en condiciones de esclavitud para poder comer? Incluso sentados aquí, desde la comodidad y el privilegio de nuestras vidas, cada uno de nosotros se  puede preguntar, ¿qué propósito tiene este dolor que acompaña vida ahora? ¿O esa derrota y sufrimiento personal que viví diez años atrás? ¿Existe una razón? El pesimista es claro. La respuesta es un rotundo no. Esto porque la voluntad, hay que recordar, es irracional y no tiene propósito alguno. Es por esto que nuestras vidas y las vidas de todos los otros seres, no puede tener propósito alguno. Cada uno de nosotros es, al final, sólo una manifestación particular de la voluntad—voluntad que sólo quiere por querer y que no tiene ninguna otra razón de ser.

Más sufrimiento

Es cierto que ante el sufrimiento que forma parte de la existencia diaria de millones de seres todos los días, hay quienes aventuran respuestas para justificar o comprender esas tragedias. Contrario al pesimista, hay quienes ven algo en esas tragedias o tratan de verle el lado positivo. Intentan una explicación. Intentan ofrecer razones y justificaciones de porqué las cosas son como son. Basta detenerse brevemente en G.W. Leibniz, por ejemplo, para encontrarse con un intento de explicar porqué lo que ante nuestros ojos parece tan terrible es, en realidad, lo mejor posible—al menos ante los ojos de Dios [8]. Pero incluso dejando de lado este tipo de justificación que apela a lo divino, hay quienes insisten en otorgarle sentido a esas tragedias. Esas justificaciones se presentan de distintas maneras: que el dolor nos hace fuertes; que podemos aprender de él, que nos enseña; que nos permite crecer y madurar como personas; que nos permite avanzar y superarnos, que nos permite apreciar y valorar la felicidad y la alegría. Hay algunos que sostienen que los instantes de alegría, de bienestar y de amor que se viven entre los momentos de sufrimiento son tan grandes y valiosos que en si mismo son razón suficiente para comprender y justificar cualquier tragedia posterior (o anterior).

Pero estas justificaciones tienen dos serias debilidades.

Primero, de la muerte injustificada de personas por hambre, enfermedades, catástrofes naturales y por intervenciones de terceros difícilmente podemos inferir que lo positivo es que, a lo menos, podemos aprender lecciones valiosas de esas tragedias. ¿Lecciones para quién? ¿Para los sobrevivientes? ¿Para el resto del mundo que mira, pasivamente, como mueren tantos inocentes? Responder afirmativamente a estas preguntas es un acto de violencia que le quita la dignidad y humanidad a ese otro que ha muerto o sufrido. Proponer el argumento de que a través de las tragedias ajenas nosotros podemos aprender y sacar lecciones para mejorar el estado de cosas es reducir a ese otro que sufre a una herramienta, a un medio. En términos kantianos, es pasar a llevar la dignidad del otro. No es sensato negar que, efectivamente, los demás podemos usar el sufrimiento ajeno para aprender y movilizarnos. Ante las múltiples injusticias que vemos todos los días en el mundo, muchos son los que vuelcan sus energías para que esos males no vuelvan a ocurrir. La pobreza nos impulsa a eliminarla. Las guerras nos impulsan a terminar con ellas. Las muertes por enfermedades nos impulsan a buscar curas. La muerte de un niño por hambre en África puede servir de catalizador para que muchos más alcen sus voces de protesta y tomen medidas concretas para alimentar a los otros niños que están en situaciones de riesgo. Todo esto es cierto. Esa muerte puede servir ese propósito. Pero de allí a sostener que ese niño vino a este mundo para remecer tu conciencia es un despropósito. Si a esto le sumamos las muertes totalmente innecesarias de tantos animales a manos nuestras, entonces la idea de que la muerte y el dolor ajeno existe con el propósito de movilizar a los demás para que ese dolor ajena no siga existiendo se presenta como una conclusión poco sostenible y difícil de tomar en serio (no sólo porque es un argumento que en última instancia se auto-derrota sino porque es un argumento que instrumentaliza, y por lo tanto desvaloriza, la vida de los otros).

La segunda debilidad en aplicar este tipo de justificaciones (de que podemos aprender y sacar lecciones de nuestro dolor y sufrimiento) ocurre cuando la aplicamos a nuestras propias vidas. En esos casos, superficialmente al menos, el aprendizaje y las lecciones aparecen como buenas razones. Esto porque, por un lado, es efectivo que del dolor uno puede aprender. Hay, incluso, una justificación evolutiva de por qué sentimos dolor (tanto el dolor físico como emocional). El dolor es un corrector de conductas, y nos permite sobrevivir. El dolor nos enseña a evitar la espina de la flor y a evitar que nos encontremos con esa persona que tan mal nos hace al corazón. Por otro lado, también es cierto que, a veces, la felicidad o la alegría que uno vive en momentos determinados es tan grande que el sufrimiento posterior (o anterior) pareciera que vale la pena. ¿Pero es siempre así? Si fuera así, entonces el problema y la tragedia del sufrimiento y el dolor humano no sería tal—no sería una tragedia. Después de todo, si el sufrimiento es relativamente menor comparado con la alegría que la vida nos da, entonces dicho sufrimiento no se nos presenta como la gran tragedia que el pesimista dice que es. Sin embargo, esta conclusión, (que en el fondo el sufrimiento es tolerable o a lo menos se compensa con la felicidad), aunque es aparentemente razonable cuando la aplicamos a la vida relativamente cómoda que tenemos los pocos privilegiados de este mundo, es completamente inadecuada cuando se trata de la vida de las incontables otras personas que viven o han vivido en la esclavitud, en campos de concentración, en zonas de guerra o en hospitales esperando que llegue la muerte.

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2 Comentarios

  1. Interesante ensayo. Comparto la visión pesimista y nihilista: esa condición errante que nos mantiene constantemente a la deriva y nos obliga a producir sentido a nuestras vidas individuales y a la Vida; llenar el vacío con multuplicidad de formas – doble desfundamento nietzscheano. Aquí la analogía del barco de los locos es interesante. Ese barco que navegaba de puerto en puerto sin llegar nunca a destino. Como también es llamativa la frase de F.Scott Fitzgerald, “Evidentemente, toda vida es un proceso de demolición”. Demolición provocada por la carencia de sentido y el inagotable deseo que no se satisface nunca y genera conflictos, personales y sociales, y a los que hay que atender y hacer frente.
    El trabajo genealógico de Nietzsche juega un papel importante al poner en evidencia la arbitrariedad de los valores morales, su condición de espureos y añejos, y mostrarlos como el resultado de luchas que se dan tras bambalinas y emergen en determinado momento y se toman la escena, pero nada de esencias divinas, sólo la imagen especular kantiena, imagen demasiado humana, por lo demás. Y el rol del intelecto, esa herramienta humana que nos despoja de la naturaleza, nos sume tanto en la arrogancia como en el infortunio, como nos lo hace notar Nietzsche: “En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue
    el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si
    en él girasen los goznes del mundo.”
    Por suerte, como mencionas, todo acabará en algún momento, y ni rastro quedará. Y si se debe callar, eso es decisión de cada uno.

    P.D.: sobre el suicidio, interesante es la propuesta de Foucault, Deleuze y otros sobre la muerte voluntaria y cómo prepararla. Esto enlazado con el concepto de la vida como obra de arte.

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