Reseña: Peter Wessel Zappfe, el filósofo de la tragedia


Versión 2

Por: Pedro Moscoso-Flores *

Pedro es chileno y vive en Santiago de Chile. Es psicólogo, Universidad Diego Portales; Magíster en Filosofía, Universidad de Chile; Dr. En Filosofía, Universidad de Valladolid. Es profesor asistente en la Universidad Adolfo Ibáñez, Chile.

En esta reseña, Pedro Moscoso-Flores comenta el ensayo “El Último Mesías” escrito por el filósofo noruego Peter Wessel Zapffe. El ensayo de Peter Zapffe abarca temas existenciales y explora la relación del ser humano consigo mismo y con el mundo, mundo que parece no tener respuesta a la pregunta por el sentido de la vida.


Introducción

El último mesías (1933), del escritor y filósofo noruego Peter Wessel Zapffe (1899-1990), es un ensayo que, a partir de un estilo que entremezcla prosa y poesía, plasma las principales ideas de este autor conocido por pertenecer a la escuela de pensamiento denominada biosofía. Este movimiento humanista se enfoca en el desarrollo de una “vida inteligente”, entendiendo por esto una forma de acercamiento al mundo a partir de valores espirituales y de una ética personal fundada en el desarrollo individual y social.

El ser humano frente al mundo

Este breve ensayo, de carácter fuertemente existencial, nos propone un acercamiento al problema de la condición humana desde la óptica de lo humano. En otras palabras, el filósofo nos intenta mostrar cuáles han sido las consecuencias de las claves occidentales de lectura antropocéntrica, que paradójicamente han llevado al hombre a constituirse a sí mismo a partir de un proceso de autoconciencia centrado en un pensamiento que lo ha llevado a separarse de su condición primordial. Llama la atención la manera en que el texto comienza, haciendo una alusión un tanto irónica, diferente, a lo que a todas luces podría asociarse al pasaje bíblico presentado en el génesis respecto al mito del pecado original: ‹‹Una noche en tiempos idos hace ya mucho, el hombre despertó y se vio a si mismo.
Se vio desnudo bajo el cosmos, sin hogar en su propio cuerpo. Todo se disolvió ante su inquisidor pensamiento, y maravilla sobre maravilla, y horror sobre horror se revelaron en su mente››.

Acto seguido, Wessel nos relata de manera pormenorizada las formas que va cobrando dicha separación del origen. Su intención no parece ser la de reivindicar aquello que fundamenta la caída del hombre frente a Dios. En este caso pareciera ser que el punto de quiebre lo constituye la conciencia humana, aquella que ha permitido instalar un desdoblamiento insuperable dentro de la vida misma: ‹‹¿Qué sucedió? Una falla en la misma unidad de la vida, una paradoja biológica, una abominación, una absurdidad, una exageración de naturaleza desastrosa››. Esta nueva división de lo humano nos remite entonces a un nuevo diálogo con la Naturaleza que, en el mismo momento de separación marca un punto de quiebre que será imposible subvertir: el hombre a partir de su nueva destreza adquirida ya no puede dar un paso atrás. Y el costo de lo anterior es el situarse frente a una naturaleza –racional, acuñada en el pensamiento- que se torna potencialmente amenazante: ‹‹La bestia también conoce el miedo, en truenos y tempestades y en la garra del león. Pero el hombre se volvió temeroso de la vida misma- de hecho, de su propio ser (…) En la bestia el sufrimiento está autocontenido. En el hombre horada agujeros hacia un miedo del mundo y una desesperanza de la vida››.

El intento por sobrevivir en el mundo

De modo que, en adelante, el trabajo del hombre sobre sí se parece concentrarse en buscar mecanismos para defenderse frente a la proyección de una alteridad que lo determina en sus modos de ser en el mundo. Lo que parece querer mostrarnos el filósofo, en clara alusión al problema contenido en la genealogía de la moral nietzscheana, es el hecho de que el hombre ha firmado un pacto de olvido con su condición animal preconceptual, reemplazándolo por una concepción de mundo incrustada con valores que justifican y retroalimentan esta nueva posición subjetiva. El resultado de lo anterior será la instalación de un principio de orden, es decir, del un pensamiento calculador que convierte al hombre mismo en el filtro del mundo, un mecanismo de mirada, un juez que dirime la separación legítima entre lo verdadero y lo falso. Como resultado de esto, ‹‹Todas las cosas se encadenan entre sí en causas y efectos, y todo cuanto él quiere entender se disuelve ante el escrutador pensamiento (…) Eventualmente, los rasgos de las cosas son rasgos sólo suyos. Nada existe sin él, cada línea apunta de regreso hacia él, el mundo es meramente un eco fantasmal de su propia voz››.

Dentro de este esquema de cosas, la vida humana emerge como aquello que hay que cuidar y proteger. En especial cuando detrás de esta noción de ‹‹vida›› se aprecia una escisión radical entre zoe y cosmos, cuyos puentes están cortados y, por tanto, le impiden al hombre encontrar la calma. La vida, ahora entendida desde una dimensión orgánico-biológica de la especie humana, se transforma en un núcleo de tensión permanente que será necesario sublimar. Será necesario entonces pagar el costo de la salvación, aun cuando esto signifique renegar de la vida a través de la construcción de un “pensamiento sobre la vida”: una impostación que propone un dualismo entre el cuerpo y la conciencia, deviniendo tragedia de la existencia. En estos términos sería posible comprender por qué el hombre se ha debido inventar una serie de mecanismos para dejar fuera de la conciencia todas aquellas cosas que lo acercan a su escisión constituyente: ‹‹El ser humano se salva a si mismo y prosigue. Desempeña, para extender una frase usual, una más o menos auto-conciente represión de su perjudicial exceso de conciencia. Este proceso es virtualmente constante durante nuestro despertar y horas activas, y es un requisito de adaptabilidad social y de todo aquello comúnmente referido como vida sana y normal››.

El aislamiento y el anclaje

A partir de un gesto cuasi-psicoanalítico, Wessel delimita cuatro mecanismos que le permitirían al hombre gestionar su mentada tragedia vital-existencial, y que explicarían una buena parte de las formas y modelos de vida individuales y sociales actuales. Todas estas estrategias tendrían en común la capacidad de permitirle al ser humano sostener la ficción de seguridad donada por su conciencia ordenadora. El primero de ellos, el aislamiento, lo entiende como la acción de dejar fuera todos aquellos pensamientos que puedan aparecer como amenazantes: ‹‹Por aislamiento me refiero a una cabal y arbitraria expulsión de todo pensamiento o sentimiento preocupante o destructivo. (Engstrom: “Uno no debe pensar, ese solo confunde”)››. En segundo lugar menciona el anclaje, que consiste en la adscripción a puntos y espacios de seguridad entendidos como naturales, llegando estos a transformarse en ejes fundamentales para el desarrollo de la personalidad y, en último término, de la cultura: ‹‹El anclaje puede caracterizarse como la sujeción a puntos internos, o la construcción de murallas alrededor, de la lacrimosa batalla de conciencia››. Lo profundamente interesante, a propósito de lo señalado por Wessel, es cómo el reconocimiento de lo arbitrario de estos puntos puede llegar a generar una profunda crisis (por ejemplo, a partir de las “depresiones” o “revoluciones”). Esto vendría a denotar la fragilidad de la construcción de los imaginarios individuales y sociales, al intentar sostener la fachada de un mundo que no puede sino ser leído desde su negación a todo aquello que le recuerda al artificio de su constitución subjetiva: ‹‹Cuando la gente se percata de la falsedad o de la redundancia de los segmentos, se esforzarán por substituirlos por unos nuevos (“la limitada duración de Las Verdades”)- y de ahí fluyen todas las distensiones espirituales y culturales que, junto con la competición económica, conforma el dinámico contenido de la historia universal››.

La distracción

Un tercer mecanismo comentado por Wessel es la distracción. Esta sería una manera efectiva de evitar la desesperación provocada por la sensación existencial, por el ‹‹pánico a la vida›› (estas últimas son palabras de Wessel, aún cuando reconoce lo difícil que es caer en este estado de manera absoluta frente a la operatividad permanente de los “mecanismos protectores”). Esto da cuenta de una vida consciente que, en base a la negación de la escisión primera, atenta contra la vida: ‹‹La moderna barbaridad de ‘salvar’ al suicida se basa en una espeluznante incomprensión a la esencia existencial››. Ciertamente, y tal como reconoce el filósofo en los pasajes de su tratado, lo terrible de la existencia humana se juega en un vacío propio de la experiencia moderna, es decir, en una sensación de desajuste que emerge frente a la falta de fundamento, particularmente una vez que la humanidad ha abandonado la certeza de trascendencia divina.

La sublimación

El cuarto y último mecanismo es la sublimación. Dicho mecanismo defensivo, trabajado de manera exhaustiva por el psicoanálisis freudiano, refiere a modos socialmente útiles y aceptados de gestionar las formas de represión pulsional del sujeto. En este sentido plantea Wessel que, ‹‹‹Gracias a dones estilísticos o artísticos, el mismo dolor de la vida puede ocasionalmente convertirse en valiosas experiencias (…) Para escribir una tragedia uno debe en alguna medida liberarse de -la traición-, el sentimiento mismo de la tragedia y mirarla desde un enfoque externo; es decir, estético››.

Gente artificial y gente natural

En el penúltimo apartado de su tratado, Wessel realiza una distinción entre la ‹‹gente natural›› y la ‹‹gente artificial››. En este punto llama la atención una cierta ambivalencia reflejada en el hecho que los primeros estarían más cerca del ideal biológico que los segundos y, por tanto, podrían encontrarse más cerca de su “condición original”. Por ende, aun cuando no completamente, estos tendrían mayores probabilidades de vivir consigo mismos y con otros dentro de su medio social. Por contra, los segundos habrían reducido sus posibilidades frente a los nuevos modelos de vida centradas en el desarrollo de tecnologías, los modelos económicos imperantes centrados en el consumo y los procesos de estandarización y serialización racional: ‹‹La ausencia de actividad espiritual basada naturalmente (biológicamente) aparece, por ejemplo, en el persistente recurso hacia a la distracción (entretenimiento, deportes, radio; “el ritmo de los tiempos”)››.

De este modo pareciera ser que, al hablar de disposición biológica, Wessel parece remitirse a una concepción de vida anterior a la delimitada por la racionalidad moderna, cuya naturaleza sería otra a la descrita por el positivismo científico. Habría entonces que reconocer en él una crítica severa a una concepción ontológica del humano como nuda vida, para pensar en “otra” disposición biológica que, precisamente, permita acuñar una actividad espiritual basada naturalmente. Una naturaleza que no reconozca como propio el lenguaje de lo humano sino que haga emerger su propio lenguaje e integre al hombre en él. Entendemos lo anterior como un modo de romper el paradigma científico explicativo propuesto por la racionalidad moderna sobre el cuerpo en tanto órgano: ‹‹Mientras que la humanidad proceda imprudentemente en su falso espejismo de estar biológicamente predestinada al triunfo, nada esencial cambiará››.


© Pedro MoscosoFlores

* Pedro puede ser ubicado en: pedro.moscoso@uai.cl

Existen dos traducciones al castellano de este ensayo (escrito originalmente en noruego).

Una versión está en este link:

“El último Mesías” [The Last Messiah]. El desconocido pesimismo de Peter Wessel Zapffe

La otra versión es la que sigue:

 

 

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