Artículo: Voto compensatorio y un nuevo contrato social


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Por: Francisco Tomás González Cabañas

Francisco González vive en Corrientes, Argentina. Tiene estudios de Filosofía en la Universidad de Salamanca (USAL) , de Psicología en la Universidad Panamericana (UP), de Ciencias Políticas en la Universidad Católica Argentina (UCA) y de Comunicación en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES).

En este artículo, Francisco González propone la novedosa idea de un voto compensatorio para construir un nuevo contrato social que haga realidad una democracia más inclusiva y participativa.


Democracia representativa y sufragio

La representación es el acto constitutivo de los sistemas democráticos. La validez del mismo, ha generado a lo largo de la historia democrática, el ir y venir en el transcurso y decurso de la misma, estableciendo la legitimidad de las definiciones de personas o de grupos de la mismas, como circunscritas a la limitación de sus derechos como los esclavos o los vasallos, como los oprimidos, silenciados o marginados de un sistema que para legitimarse los necesita dentro, negándolos o teniéndoles entre paréntesis, en suspenso, en tiempo acotado, como sucede en la actualidad en nuestras democracias de raigambre representativa.

El tiempo de validación de la representatividad, de la rubrica institucionalizada, es el momento electoral, instancia que ha sido sacralizada en las últimas décadas, producto de la irrupción “ipso facto” por parte de fuerzas del orden que impusieron a sangre y fuego un orden que ha sido más que estudiado, investigado y analizado en nuestra contemporaneidad. El teatro de operaciones en que se ha convertido un acto comicial, una jornada electoral, el día que informalmente la clase política y dirigente ha dado en llamar “la fiesta de la democracia”, pasa a ser el reducto en donde debemos trabajar a los efectos de contrarrestar la manifestación de procederes, acabadamente antidemocráticos como la prebenda, la dádiva o el usufructo de la necesidad de los representados para elegir sus representantes, interponiéndoles un condicionamiento en ese momento electivo, que no solo destierra cualquier consideración ética sino que a nuestro modo de ver, ha corroído las bases en lo que se sostuvo hasta no hace mucho el sistema representativo-democrático.

La propuesta del voto diferenciado

Para ello proponemos un sistema nominal diferenciado entre los representantes, con la única razón, bajo el único argumento que todos aquellos ciudadanos en condiciones de votar o de elegir a sus representantes, que no han sido contemplados por ese estado, que mediante el sistema les pide la legitimidad electo-social, tengan un número nominal mayor, por ejemplo un valor similar a cinco (5) de los que sí han sido contemplado por el estado. Por ello hablamos de devolución, hacia todo un sector de los representados, invisibilizados por este. Esta invisibilización, quizá tenga dificultades en ser caracterizada o en establecer criterios únicos, objetivos e indiscutibles. Sin embargo, todo estado, tiene tanto la obligación, como el registro, de quiénes son sus ciudadanos, a quiénes no les pudo garantizar un trabajo digno, o que perciban menos que el monto mínimo de haber, o que se encuentren en un estado o situación de pobreza o de marginalidad, que cada uno de la o las oficinas burocráticas de cada gobierno de los diferentes países puede establecer con una claridad meridiana. Por tanto, la devolución de parte del poder al soberano, es que en los actos electorales, existan dos clases de votantes, los que sufraguen a tradición y el resultante del mismo se cuente en proporción nominal a uno, y los que invisibilizados por el estado, olvidados o marginados, pueden encontrar en este momento democrático-institucional, la luz, la claridad o la dignidad que les permita obtener por parte de ese estado-sistema que ahora los precisa, el reconocimiento que el sufragio de estos valga nominalmente cinco.

La representación es un concepto filosófico por antonomasia. Tratando de alejarnos del vicio de origen de toda persona que se precie de tal, de quedarnos en lo metafísico, haremos el esfuerzo de simplemente mencionar que de esa substancia, de ese ser (no vale la pena citar textualmente en este apartado pues caeríamos en la sin-salida metafísica de la que hablábamos), nace la persona (del griego πρóσωπον prósôpon) que se ha transformado en el curso de la historia en un término filosófico que para salir del laberinto ontológico diremos que refiere a la representación del ser (en latín  persōna, máscara de actor, personaje teatral) de lo que se es, de la substancia, de lo existente o de lo que interpretamos como tal. La humanidad por tanto se vivencia como una representación de lo que es. Sí partimos de esta premisa ontológica, difícil de rebatir será que la política, como el hacer social del hombre no tenga como estandarte conceptual (entendido este como elemento fundante o fundamental de la palabra) la acepción “representación”.

Gobernar el estado

Podríamos establecer con claridad que el primer apunte teorético acerca de cómo debían plantearse las reglas del juego para el manejo de la cosa pública lo esgrimió Platón, mediante lo que ha quedado en el tiempo como su idea del “Gobierno de los filósofos”, tabicando el conocimiento como punto referencial inexpugnable para dar sentido a esa representatividad imprescindible que requería la polis. El ciudadano común (es interesante señalar que en aquella Grecia Antigua los esclavos no eran considerados ciudadanos, sí bien esto sería materia de otro análisis, bien se podría apuntar que los pobres modernos son los esclavos antiguos con la ceremonia del voto…) legaba su derecho a disponer del manejo de la cosa pública a quién demostrara ser más sabio, más cercano a la verdad en cuanto tal, de acuerdo a la concepción platónica. Es harto conocida la metáfora platónica acerca del manejo del barco o del navío cómo si fuese, el timón del mismo, el manejo del estado, y que lógicamente quién debía ejercerlo era precisamente quién más conociera en un caso conducir un barco y en el otro administrar el estado, sin embargo consideramos aún más importante el citar textualmente otro pasaje de la obra platónica en cuestión (“La República”) para dar cuenta del sentido lato del concepto representación.

Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz. Que se extiende a lo ancho de toda la caverna y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello de modo que tengan por estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquellos sus maravillas. Es posible salir a la luz del sol desde la cueva- en otro caso, los encadenados estarían condenados a la cautividad perpetua-, pero para ello hay que recorrer un largo y escarpado camino; cosa natural, pues si la entrada de la caverna estuviera cercana al fuego, la luz del sol que por ella penetrase haría inútil el empleo de la hoguera como medio de proyección (Platón, 1997: 322-323)

Persona, gente, comunidad y pueblo

En este caso el sentido de la intermediación que existe entre lo real y la imagen de lo real, es lo que se representa como verdadero para quiénes están atados, y el que estén atados pasa a ser fundamental, pues es la noción clara de que en esa intermediación, no sólo no se obtiene lo real, sino que se cede en libertad, se otorga algo de uno, hacia un otro, obligadamente. Y la representación política, nace con esta obligatoriedad, en el que supuestamente todos los ciudadanos, poseen las mismas condiciones y posibilidades, pero sólo algunos serán representantes de otros, muchos más, representados. Una obviedad matemática que no por ello deja de ser una sentencia hacia el sentido de la libertad en su aspecto amplificado. Pues aquí encontramos otra aporía de índole filosófico, que atraviesa lo político, para la construcción de esa entidad “comunal” (en la actualidad se llama “pueblo” o “gente”), interactúa lo particular y lo general, y necesariamente (evadiéndonos, nuevamente del aspecto filosófico propiamente dicho) el individuo, o esa individualidad, hace un renunciamiento, sea aceptado por el mismo, o impuesto por la renuncia de los otros que, construyen con ese ceder múltiple, una entidad comunitaria.

Una persona es lo mismo que un actor, tanto en el escenario, como en la conversación ordinaria. Y personificar es un actuar o representarse a uno mismo o a otro. Quien representa el papel de otro se dice que asume la persona de éste o que actúa en su nombre. En este sentido usa Cicerón estas palabras cuando dice: Unus sustineo tres personas: mei, adversarii et judicis. Asumo tres personas: la mía propia, la de mi adversario y la del juez. El que actúa en nombre de otro recibe varias denominaciones, o según la variedad de ocasiones; puede actuar como representante o representativo, como lugarteniente, vicario, abogado, diputado, procurador y demás…una multitud de hombres deviene una persona cuando estos hombres son representados por un hombre o una persona; esto puede hacerse con el consentimiento de todos y cada uno de los miembros de la multitud en cuestión. Pues en la unidad del representante, y no la unidad de los representados, lo que hace a la persona una; y es el representante quien sustenta a la persona, sólo a una persona. Hablando de una multitud, la unidad no puede entenderse de otra manera… cada hombre da al representante común una autoridad que viene de cada uno en particular, y el representante es dueño de todas las acciones si le dan autoridad sin límites. En caso contrario, cuando limitan el representante en el qué y en el cómo habrá de éste de representarlos, solo será dueño de aquello en lo que se le da ha dado autorización para actuar. (Hobbes T, 1997: 134-135)

Pero que ya se consigna como tal, pues, a partir de esa entelequia que pertenece a todos los renunciantes de su propia individualidad o las que se le impone la renuncia, y a nadie a la vez, un sistema político, que necesaria y obligadamente siempre, puede y debe estar en cuestión, porque es ni más ni menos, el producto de quiénes se cercenan en sus libertades, para disfrutar con mayor, amplitud, certidumbre y tranquilidad, del resto de sus condiciones de existentes políticos o animales políticos. Precisamente quién acuñó este concepto, nos señala lo que referenciábamos:

Las democracias principalmente cambian debido a la falta de escrúpulos de los demagogos; en efecto, privado, delatando a los dueños de las fortunas, favorecen su unión  (pues el miedo común pone de acuerdo hasta a los más enemigos) y en público, arrastrando a la masa. Otros cambios conducen de la democracia tradicional a la más moderna; pues donde los cargos se otorgan por elección, no a partir de las rentas, y los elige el pueblo, los aspirantes, con su demagogia, llegan hasta el extremo de decir que el pueblo es señor incluso de las leyes. El remedio para que esto no suceda o para que suceda menos, es que las tribus designen a los magistrados y no todo el pueblo. (Aristóteles, 1997: 146-147).

Lo consignable, es que desde el surgimiento mismo de la democracia, y de su acendramiento en la representatividad, como garantía del vínculo imposible entre lo general y lo particular, esta misma, ha vivido en cuestión permanente, en análisis y reflexión, pues es ni más ni menos que la razón de ser del orden, de la armonía, de la certidumbre, en contraposición de las figuras del caos, del desequilibrio, de la incertidumbre, a los que el hombre le intenta escapar en su faz tanto individual, óntica, como en su ser social y político. Claro que la resolución de esta aporía, o su tensión permanente, es lo que debatirnos en la crítica permanente a un sistema político que valida su existencia, al estar a diario y en continúo, en cuestión:

Es una ficción considerar un conjunto de individuos la unidad de una multiplicidad de actos individuales-unidad que constituye el orden jurídico-calificándola como pueblo y avivar así la ilusión de que estos individuos constituyen el pueblo con todo su ser, mientras que ellos tan sólo pertenecen por medio de algunos de sus actos que el orden estatal protege y ordena (Kelsen, H. et al Barberis, M, 1998: 58-59).

En este punto es donde debemos soslayar, tanto los problemas teoréticos, como los prácticos, ya que de estos mismos, asimilamos las críticas propinadas que nos hicieron el otorgar la presente posición, aporte o postura, para readecuar nuestra democracia de índole representativa y obtener que se sostenga desde sus bases más genuinas y auténticas. Como los sucesos ocurren en un tiempo muy diferente al tiempo en que se comunican y esta hipertrofia en tal vinculación genera la idea solaz de que los que están en el manejo del poder, pasan a resolver sus problemas más acuciantes o intrascendentes, sin resolver el problema de los más necesitan y que en teoría representan lo más granado de, tal como se entiende, en definición de preescolar a la democracia, como el mejor de los sistemas políticos conocidos, o del gobierno del pueblo, llevaremos hasta cierto límite teórico a este lugar común en donde habitamos cobijados de institucionalidad democrática.


Nadie tiene la propiedad de los votos (por más locura galopante que le haga creer tal cosa al afectado), es más, ninguna persona cuerda podría sentirse orgullosa de querer controlar, como si fuera un negocio agropecuario, cuanta gente lo puede acompañar con el sufragio.


No somos antisistema, ni destituyentes, simplemente creemos como herederos de miles de años de humanidad, que lo que tenemos no es lo mejor que nos podemos dar, y pese a los innumerables problemas acuciantes, importantes y urgentes que nos define la agenda mediática, alguna vez debemos poner el acento en este vórtice desde donde se constituye la organización social que se da en llamar el gobierno del pueblo.

La gran tecnocracia encuentra una complicidad inmediata en la nueva tecnocracia de la comunicación, conjunto de profesionales del arte de comunicar que monopolizan el acceso a los instrumentos de comunicación y que, al no tener sino muy pocas cosas que comunicar, instauran el vacío de la rutina mediática en el corazón del aparato de comunicación. Los intelectuales orgánicos de la tecnocracia monopolizan el debate público en detrimento de los profesionales de la política (parlamentarios, sindicalistas, etc.) ; en detrimento de los intelectuales que están sometidos, hasta en su propio universo, a especies de golpes específicos- lo que se llaman “golpes mediáticos”-, como las encuestas periodísticas apuntan a producir clasificaciones manipuladas, o las innumerables listas de adhesiones que los periódicos publican en ocasión de los aniversarios, etc., o incluso las verdaderas campañas de prensa que apuntan  a acreditar o desacreditar autores, obras o escuelas. (Bourdieu P, 1999: 194)

La variable del tiempo, es decir analizar la perspectiva de las “fatalidades” o los errores de nuestra representatividad democrática, tamizada desde nuestra contemporaneidad, es antes que una trampa dialéctica, o una coartada argumental, una necesidad intrínseca, pues llevamos miles de años, y si introdujimos la variable tiempo, también deberíamos introducir la de territorialidad (pero lamentablemente caemos en cuenta de nuestro sobrado occidentalismo y en tren de ser honestos intelectualmente, reconocemos que no podemos, al menos en el presente, analizar la perspectiva, desde otro campo que geográfico-cultural que no sea el mencionado) bajo este sistema político, por tanto no podemos hacer historicismo y destacaremos las siguientes objeciones (si usted prefiere, tardo-modernas, contemporáneas y occidentales) que se le plantean, a la representatividad política, desde conceptos fundamentales:

 El poder no puede justificarse a sí mismo, porque la legitimación y la legalidad que lo hacen tolerable sancionan o bien un estado de hecho, o bien algún tipo de consenso real o hipotético del que depende la permanencia de su ejercicio. El poder no tiene una verdad en sí mismo; él es más bien el índice de las relaciones de fuerza, de la normatividad jurídica y de los procesos ideológicos que lo fundamentan (Pérez Cortes, S. et al Quesada, F, 1997: 114).

Esta visión de “Realpolitik”, nos posibilita desandar, la orilla, el cruce, la convergencia entre lo que se debate en los claustros universitarios, o en los escritorios de los intelectuales y lo que sucede en las calles, en la arena compleja de la ausencia absoluta del estado, que solo recurre, por intermedio de quiénes lo representan, a tales lugares, en los tiempos de la elección o de la jornada electoral. Esto es lo que consideramos que agrava ese lazo milenario, que se sostiene, míticamente entre representantes y representados:

Los grandes relatos han perdido credibilidad y la sociedad se nos hace presente como indeterminación total. La condición de posibilidad de la política, en analogía con la pragmática científica, reside en fomentar la actividad diferenciadora, o de imaginación o de paralogía. Así, la única legitimación a la que puede acogerse la democracia- en sustitución del contenido universal- es la derivada de permitir jugar cada uno su juego. O  lo que es lo mismo: ¿quién o que impide que cada cual pueda desarrollar su propio lenguaje? (Quesada F, 1997: 254).

Las ideas y las campañas electorales

Hasta aquí, consideraciones provenientes del campo teórico, que como dijimos, pueden encontrarse en este reclamo, de las condiciones de legitimidad que impone la democracia, que para el área intelectual, racional, pensante o del mundo de los claustros, se nominalizan bajos los conceptos de poder, de legalidad y todos los citados hasta el momento y los que no se citarán, sin embargo, resta contemplar, como estas palabras, se traducen en el campo de la praxis, en aquella arena solaz, en donde la política, el estado, y sus representantes, es decir los políticos, que solo representan al estado y a sus propios intereses, solo visitan, o acuden en tiempos o jornadas electorales. Nadie tiene la propiedad de los votos (por más locura galopante que le haga creer tal cosa al afectado), es más, ninguna persona cuerda podría sentirse orgullosa de querer controlar, como si fuera un negocio agropecuario, cuanta gente lo puede acompañar con el sufragio. Al votante no se le ofrecen ni ideas, ni proyectos, ni alternativas, por tanto difícilmente las pida, sí se le ofrecen ayudas materiales, en dinero o en especies, ganará quién le engorde el bolsillo. Salvo un puñado, en realidad los candidatos (hablamos de todos, esos suplentes número catorce y sus madres o esposas), el resto vota de acuerdo al beneficio inmediato que obtenga. No existen definiciones ideológicas que distingan a partidos entre sí, mucho menos a quiénes, momentáneamente conducen los mismos. El pragmatismo de los ismos, sólo se reduce a bandas, compuestas por afinidades familiares y amistosas, que compiten entre sí y que arrean a lugartenientes pagos, para ver quién se queda con el botín en disputa y luego repartir entre los integrantes del grupo ganador.

Critica a nuestros representantes

Convendría que los líderes de las facciones que se enfrentan electoralmente, se pongan un plazo en el tiempo, podría ser de 60 o 90 días, y que al llegar al mismo, pongan en una misma mesa, el dinero que consiguieron para sustentar la campaña, el triunfador sería aquel que consiguió más emolumentos. Los candidatos se eligen, de acuerdo a la cantidad de votos que dicen tener los postulantes, y que quiera creer que tienen el que hace la lista u hombre poderoso. Los generadores de este circuito saben a ciencia cierta, que todo los datos y demás se encuentran inflados, pero la clave se encuentra en sumar la mayor cantidad de dirigentes posibles, al menor costo. De allí que, finalmente la mayoría de hombres en cargos públicos, no tengan o cuenten con una miserable idea, para trabajar en serio para su ciudad, provincia o país. Si se hiciera un sondeo de la clase política, veríamos que un gran porcentaje, nunca consiguió ingresos de otras fuentes que no sean las arcas del estado, o que a nivel personal, ni siquiera pueden conducir sus hogares. Por supuesto que el análisis descarnado, no puede ser compartido en términos absolutos o definitivos y calcados, con precisión copista de la realidad, pero no dejan de ser una fotografía, una instantánea de cómo se definen las elecciones en un momento y en un lugar, en donde se precian de ser democráticos y adoradores del régimen de representatividad, sin que el mismo, amerite, por ende, ni una mínima, crítica o postulación de readecuación.

Candidatos, en su gran mayoría, vacíos de todo, carentes de objetivos, de discursos, impulsados por un único deseo materialista, que se les nota y los trasvasa. Pretenden con esa materialidad comprar los discursos, la toma de la cámara donde mejor se los vea, la pregunta cómplice del periodista, la crónica favorable del redactor, la actividad o el mitin en el barrio, la militancia del militante, los aplausos de seguidores pagos y que todo lo invertido le vuelva en esas jugosas dietas que lo ponen en un sitial diferente al resto, ese instante de poder en donde solo decide a quién le da siempre lo mismo, que es dinero en todas sus formas y manifestaciones. No es necesario definir política, como el ejercicio del poder destinado a la transformación, pero los carentes de espíritu no tienen con qué hacerlo, son simples marionetas de un sistema, símiles a los agentes Smith de la trilogía del cine Matrix, copian y pegan, discursos, ideas prestadas o compradas, para repartir bienes entre personas que varían cada tanto, esa es toda la libertad que tienen y por ende que pueden ofrecer. Se les nota, y demasiado, en sus afiches, en lo que dicen sin creer, en lo que prometen sin entender, y en lo que claman, sin verdaderamente querer, les deberíamos dar, casi como una limosna, ese supuesto poder que ellos creen tal, que en verdad son migajas materiales a repartir, dan pena , pero se los necesita como contraejemplos, como muestra de lo nocivo, del camino que no debemos seguir, por más que circunstancialmente y mediante los engaños que plantea la mercadotecnia cosechen pingues adhesiones a precio vil.

Qué pena que la política aún se componga mayoritariamente de estos personajes, ilusionistas, traficantes de ilusiones, tratantes de ideologías, adalides del “cualquiercosismo” anárquico y corruptor, que sepulta personas potencialmente tan interesantes, tan dignas y útiles para la sociedad. La política no puede ser banalizada como una oportunidad de negocios, como el agosto de un feriante, y en nombre de lo urgente, no podemos olvidar lo importante. La política, merece que la pongamos en el lugar que alguna vez tuvo o quizá mejor, tiene que estar por encima de las pillerías de acróbatas de la viveza, corremos el riesgo de dañar nuestro sistema democrático y representativo por no hacer el esfuerzo republicano de poner las cosas en su lugar, la política no tiene que estar al servicio de aves de rapiña del oportunismo, no tiene que ser en nombre de ella, que se disponga de una ulterioridad de cumplir con un plazo establecido o el respeto a rajatabla de lo que se sabe es un simple sello de goma.

La política nos atraviesa por intermedio de ideas, de doctrinas, de proyectos, del ejercicio del poder, y de hombres y espacios en donde se comprenda esto mismo como la combinación perfecta entre ciencia y arte, el resto no debe quedar como anécdota de color o elemento para cambiarlo alguna vez, tenemos que ir por ello, de lo contrario estaremos cayendo en el autoritarismo de las formas que no replican o no muestran la realidad tal como es, y para vivir con miedo, condicionados o con temor a, es preferible usar la herramienta de transformación, que es la política, para cambiar, desde la política, para intentar hacer el bien o mejorar, por más incluso que no lo consigamos.

Las limitaciones del voto tal como funciona hoy

Ese autoritarismo de las formas, es toda una definición en sí misma, dado que al no ser planteadas las objeciones de fondo, la letra muerta en sustancia, pero imperativa en lo normativo, se transforma en un elemento totémico, sacro, de lo democrático y lo representativo, que culmina con el número final de quién gano una elección, o un espacio de representación, y como hemos circunscrito nuestra propuesta específica en tal instancia, describiremos lo creemos que ocurre, que luego es referenciado, metafórica y míticamente, como el espacio simbólico de lo democrático-representativo en un gran número de comunidades contemporáneas y occidentales. Se nos dice que la democracia, en el período electoral, es la manifestación por antonomasia de la libertad política, dado que cada cierto tiempo podemos elegir a quiénes nos gobiernen.


Las elecciones se ganan, en esos oscuros recintos en penumbras en donde se distribuye el contante y sonante, enajenado del erario público u obtenido del privado a quién se favorece o favorecerá.


Esta definición casi academicista, es una mera expresión de deseo, un anhelo romanticón ante las batallas que se libran por convencer, seducir o mejor dicho, cooptar o condicionar a los electores para que tomen o escojan una decisión. Por más que estemos en contra, lo denunciemos, combatamos o relinchemos, lo cierto es que ante una elección los guarismos cantarán que “aparato” (en el sentido más bestial y alienante del término)  ha funcionado mejor y con ello, ungiremos en la impostura que nos exige esta democracia en papeles, a nuestros representantes que atesoraran la voluntad popular cosechada bajo supuestas reglas democráticas “Avant la lettre”.

Las elecciones tampoco se ganan, mediante el ejercicio repetitivo de aparecer en diferentes medios, previamente pagos o que son parte de las estructuras político-económica-sociales de los mismos (incluso usan idénticos eslóganes para vender candidaturas y empresas de comunicación…) de aprenderse y recitar como loros el discurso de ocasión, comprado en la consultora de turno, o de exponerse en afiches gráficos o de redes sociales. Tampoco se ganan las elecciones en los cada vez menos utilizados actos multitudinarios o de cabinas telefónicas (previo pago al contado o en especie a organizadores y asistentes), menos en la nueva versión “gimnasta” de la política de los tiempos que corren, que nuestros prohombres dan en llamar “caminatas”, en donde un par de militantes, adherentes o simpatizantes, tienen la triste tarea de levantar banderas de los partidos o sellos de ocasión, menos aún, alardeando o proponiendo proyectos, ideas o consideraciones públicas hacia lo que harán con el poder, básicamente porque saben, contundentemente que así no se ganan elecciones o la estima pública el día o la jornada electoral.

Las elecciones se ganan, en esos oscuros recintos en penumbras en donde se distribuye el contante y sonante, enajenado del erario público u obtenido del privado a quién se favorece o favorecerá, en donde se aceita la maquinaria que saldrá a la búsqueda del voto a voto, a cambio de lo que sea, en su versión efectivo, bolsita, material, expectativa, ilusión, apriete o desánimo. En esos lugares, generalmente llamado “cocina (los narcotraficantes también utilizan la misma palabra para llamar al lugar donde hacen o fabrican las drogas)” se precisa de un ábaco, una calculadora o un programa de pc, en donde se ponen los datos de cuanto se dará a quién en que momento, y luego de ello la ejecución de la planilla en los tiempos del comicio.

Quién mejor distribuya tanto la materialidad como la expectativa y a su vez, el equipo que mejor coordine la implementación de lo planificado se quedará o llegará al poder, por más que suene una herida narcisista a quiénes tenemos la posibilidad de leer y pensar, y por tanto comprender que en estas instancias somos coto de caza de quiénes tienen el poder y tal como la virtud satánica de hacerle creer a la humanidad que el mal no existe, nos dicen que depende de nosotros, que la elección es la fiesta de la democracia y todo lo que endulza a nuestros oídos prestos a estos sonidos libertarios. Esto que puede sonar horrorífico, espeluznante y todos los giros poéticos que se encuadren en la descripción que haga referencia a un sistema perverso, que se jacta de ser democrático, sostenido en su lógica representativa, legitimada por el voto popular, puede aún ser más restrictiva en las libertades individuales, a expensas de ese autoritarismo de las formas, que debe avanzar incluso en la prohibición, expresa y aviesa, del deseo de ser parte de lo que ya a esa altura se constituye en una casta política, de quiénes están afuera del selecto grupo y pretendan, cayendo en esa trampa de la apertura y la amplitud democrática de, introducirse en tal cuerpo de elite que ha tomado por asalto, el dominio de la cosa pública, sacralizada por la entente-legalidad-legitimidad-representatividad, afianzada por una milenaria historia que nada tiene que ver (o mejor dicho que devino, o se deconstruyó) en lo que ocurre con lo democrático en la actualidad.

El deseo y la política

Los sistemas políticos dan cabales muestras de que son autoritarios o poco democráticos, cuando penalizan, acotan y aplastan el deseo político, habiendo pasado por triturar la responsabilidad de garantizar la participación igualando las posibilidades de competir electoralmente, los popes dirigenciales, que manejan a sus anchas kilómetros extensos de latifundios categorizados como democráticos, también son dueños de algo que pensábamos íntimo, privado y propios, nuestros deseos, anhelos y expectativas, políticas y sociales. Tal como funcionó como uno de los emblemas del feudalismo,  el derecho de pernada (presunta normativa  que otorgaba a los señores feudales la potestad de mantener relaciones sexuales con cualquier doncella, sierva de su feudo, que se casara con uno de sus siervos) tiene su calcada expresión en lo que la actualidad podríamos llamar, el uso de “Censura al deseo político”.

Cuando hablamos del deseo, estamos adentrándonos en uno de los aspectos fundantes de la condición de sujeto, el deseo podría definirse como el combustible mediante el cual el hombre encuentra sentido, sea a corto, mediano o largo plazo, a sus acciones en un mundo que no le da explicaciones del porque ni el para qué ha venido, ni tampoco del porqué, o del cuándo se irá. Este elemento indispensable para el cuerpo y el alma del hombre, no es, como podríamos suponer a priori, de acceso libre e individual al mismo, es decir, si bien es una “sustanciación” en la que necesariamente interviene a solicitud o requerimiento de una individualidad, se conforma ese acceso mediante la interacción con lo social, en donde más temprano que tarde, esa interdependencia útil entre individuo y sociedad puede trocarse en condicionamiento expreso sobre la libertad de acción y de elección individual por sistemas o culturas opresivas o cerradas. Para galvanizar lo trascendental que significa el deseo, vamos en busca de un pasaje de un cuento de Borges, en donde el autor refiere, desde una visión muy particular y verosímil, acerca del mismo;

El dictamen quién mira una mujer para codiciarla, ya adultero con ella en su  corazón, es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria (Borges L, 1995: 85).

Esta definición Borgeana de “El deseo no es menos culpable que el acto”, es lo que entienden a la perfección los popes dirigenciales y por ello, censuran, persiguen, maniatan y prohíben, como decíamos no sólo ya la posibilidad de que se participe en igualdad de condiciones en el ejercicio de la política, sino que van por lo fundante del ser, por el deseo, al que consideran, como refiere Borges, no menos culpable que el acto. Esa prohibición del deseo, la hacen explícita y manifiesta, cuando cooptan el establishment mismo y les ordenan a sus prestatarios  o sus operarios que  deben obturar, ocluir, obstaculizar, al que no ha pedido permiso de actuar con el consentimiento de los que se creen dueños de lo público, por estar desde tiempos inmemoriales, sin ser cuestionados ni en sus ulterioridades ni formas; cuando producto de la voracidad omnímoda con la que se comportan, cierran todos los caminos  posibles a los que pueden iniciar un sendero fuera de su ejido, sobre todo, la prohibición se hace indisimulable cuando, cada tanto se encuentran con quiénes pretendiendo hacer uso de un derecho inalienable de ejercer su libertad política, fuera de este anclaje encarcelador, le dicen de frente que tienen aspiraciones políticas, entonces, sin decirles nada, a espaldas, de sotamanga, hacen de todo, por enlodarlo, ensuciarlo, matarlo civilmente, pues ellos como regentes del sistema no pueden tolerar que sin la autorización de los mismos se puedan tener siquiera pretensiones de un régimen que sólo sí en el nomenclador se presenta y dispone como democrático. La propuesta, el remedio, el antídoto o como se lo quiera llamar, puede tener un correlato, en sentido inverso, con una suerte de “voto calificado” que en la modernidad, no se ha dado, en forma fehaciente en democracia conocida.


Recalcamos que esta diferenciación, no es una segmentación que disponga ninguna situación de diferente calidad, condición o grado de ciudadanía, responde a los únicos efectos de la jornada electoral, no otorga derechos, ni menos aún cercena o diferencia.


Cierto dato histórico refiere que en el siglo XIX en Bolivia, el derecho al voto lo ejercían quiénes, entre otras condiciones tuvieran renta, ingreso o propiedades, nada muy diferente de lo que ocurría en casi todas las latitudes del mundo conocido, hasta antes de la irrupción (Siglo XX) del voto universal (en ciertas países, se lo denominada de tal manera, pese a que no se consideraba el voto a la mujer, lo que se corregiría décadas después, como por ejemplo en Argentina).

El voto compensatorio como empoderamiento

Por supuesto que correlato, no significa ni similitud, ni empatía, pues de hecho, referimos nuestro más profundo rechazo manifiesto a categorizar a los ciudadanos, calificándolos de acuerdo a grados de estudios obtenidos, ingresos o cualquier predicado que se le asignen como sujetos, simplemente lo mencionados como algo que guarda alguna similitud con lo que proponemos. En verdad la única similitud, es la de dividir el padrón electoral en los ciudadanos cuyo voto emitido, signifique para los guarismo o el resultado final, en un caso el número clásico de uno (1) y en otro, el innovador de cinco (5). Recalcamos que esta diferenciación, no es una segmentación que disponga ninguna situación de diferente calidad, condición o grado de ciudadanía, responde a los únicos efectos de la jornada electoral, no otorga derechos, ni menos aún cercena o diferencia. El aspecto conceptual que defendemos para sostener argumentalmente la propuesta, es que para aquellos que el sufragio, el voto o la emisión del mismo, en la cuenta final de la jornada electoral vale cinco (5) se debe no a lo que hicieron o dejaron de hacer individualmente, sino lo que el estado, ha dejado de hacer por ellos, que podría sintetizarse en reducirlos a la pobreza o la marginalidad. De allí que el término sea “Compensatorio”, es decir, todos los días y años en que el estado no estuvo para estos ciudadanos, estará el día de la elección, mediante la fuerza que le debe devolver para que el voto de estos, se diferencie de quiénes sí han tenido al estado en sus vidas o días más allá de una elección.

Este empoderamiento, o devolución, significará la posibilidad de que estos puedan defenderse en su dignidad, cuando sus representantes o candidatos a representarlos vayan a intentar seducirlos mediante la dádiva, la prebenda o el intento de compra directa de sus votos, haciendo uso y abuso de la situación de marginalidad a la que están sumidos, por ese mismo estado que nos lo defiende y que tiene como representantes a esos que van en busca de explotarlos en su dignidad, pidiéndoles que los voten trocándoles la decisión por algo puntual. Esto generará que la legitimidad de la representación, se ajuste a derecho, pues aquellos que no tienen o cuentan con el estado que les debe garantizar al menos no estar en la situación de pobreza en la que se encuentran, siendo presa fácil de los extorsionadores del voto, como de la delincuencia (como salida económica o como mecanismo de defensa ante un sistema que los discrimina y repele), y de todo tipo de enfermedades que les produce el esquizoide mensaje de que son parte, pero no tienen lugar, ni oportunidad de sentirlo o vivenciarlo, readecuando a la democracia representativa en su instancia más crucial, simbólica y paradigmática, como lo es el momento de la votación o la elección.

Hacer visible, en la contundente forma, de que todos aquellos a los que nuestro sistema tiene afuera, valen como voto el número de cinco (5), nos impelerá a trabajar seriamente en generar una democracia verdaderamente inclusiva, más allá de los detalles de lo ideológico, lo partidario o lo cultural de cada pueblo que se precie de habitar y de convivir bajo un régimen en donde la representatividad, no tenga vicios de origen, o apañe situaciones históricas de desigualdad, injusticia y marginalidad, para sostener la perversa mentira de que todos en la misma proporción tenemos la misma contemplación del  estado, del que sí, en este caso, sin excepción todos hemos cedido en nuestra libertada política para su conformación.


Bibliografía

Aristóteles, (1997), Grandes Obras del Pensamiento. Aristóteles. Política, España, Altaya.

Borges, Jorge Luis, (1995), La secta de los treinta, Buenos Aires, Emecé.

Bourdieu, Pierre, (1999), Intelectuales, política y poder, Buenos Aires, Eudeba.

Hobbes, Thomas, (1997), Grandes Obras del Pensamiento. Thomas Hobbes. Leviatán, Traducción prólogo y notas Mellizo Carlos, Barcelona, Altaya.

Kelsen, Hans, (1998), La democracia. en Barberis, M (Ed.), Bologna, II Mulino.
Platón. (1997), Grandes Obras del Pensamiento. Platón. La República, Traducción José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano, España, Altaya.

Quesada, Fernando, (1997), Filosofía política. Ideas políticas y movimientos sociales en Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, Madrid, Editorial Trotta.


© Francisco Tomás González Cabañas

 

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