Artículo: Realidad e Interpretación


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Por: Juan Carlos Aldir *

Juan Carlos Aldir vive en ciudad de México, México. Tiene estudios de filosofía y en la actualidad cursa un posgrado en Psicología en la Escuela de Piscología Transpersonal y una Maestría en Filosofía y Crítica de la Cultura en la Universidad Intercontinental. Es autor de tres novelas. La primera de ella, Asesino de muertos, publicada por Punto de lectura, y las otras dos, La vida falsa y La Esfera de Cristal en proceso editorial para su publicación.

En este artículo, Juan Carlos Aldir se pregunta si lo real incluye más que lo objetivamente presente para incluir también a lo que está subjetivamente presente en nuestras vidas como nuestros pensamientos y los personajes de ficción que encontramos en los libros que leemos. Basándose en la obra de Kenneth Wilber, Aldir argumenta que todo lo que es se puede dividir en categorías de realidad.


Siempre tuve la intuición de que la manera más apropiada de vivir era hacerlo dentro de la realidad, lo que no había encontrado era una comprensión de ella que me dejara satisfecho. Durante mucho tiempo debí contentarme con la idea de que la atomización, la fragmentación y la especialización casi delirante era la única manera de entender la existencia,  y no fue hasta que descubrí el trabajo del filósofo norteamericano Ken Wilber[1] que encontré una explicación más integral, abarcadora y compleja del universo en que vivo.

La reinterpretación de lo real

No sé exactamente cómo sucedió. Quizá fue poco a poco o tal vez se trató de un terremoto violento que derrumbó de manera súbita mis paradigmas más arraigados. Lo cierto es que de pronto, de buenas a primeras, la concepción de un universo sólido, material,  objetivo e inamovible como única manifestación válida de lo real, había dejado de tener sentido para mi, dejándome sumergido en una profunda crisis.

Y mi desacuerdo no era porque considerara que las rocas, los animales y los recibos de impuestos no fueran reales, sino que me parecía que había una dimensión enorme de mi cotidianidad que estaba fuera de lo que habitualmente se considera real. Quizá tenga que ver con mi propia experiencia de existir: la parte central de mi actividad profesional, y en cierta forma mi manera más auténtica de estar en el mundo, es mediante la creación de ficciones literarias. ¿Era posible que dedicara la gran mayor parte de mi tiempo a trabajar inventando artefactos que no existían? ¿Cómo podía costarme tanto esfuerzo crear lo inexistente?

Sin embrago, cuando conocí el trabajo de Wilber comprendí que lo que sucede es que la realidad, se manifiesta en distintas Categorías de Existencia, desde diferentes dominios de lo real, y donde cada uno de ellos tiene características muy especiales y debido a ello, accedemos a cada uno por distintas vías.

Pensemos que dedico dos años de mi vida a escribir una novela. En ella se presentan un puñado de personajes que llevan a cabo una serie de acciones en el ámbito de la ficción. No tengo ningún problema en aceptar que todo ese universo es imaginario, pero no por ser imaginario es también irreal. La pregunta que deriva de lo dicho hasta ahora es obvia: ¿Entonces los personajes descritos en una novela son reales? ¿Cómo es entonces que no puedo verlos, conocerlos, tocarlos, entrevistarlos, felicitarlos por sus logros o acompañarlos solidariamente en sus pérdidas y fracasos?

Lo primero que me gustaría proponer –basado en el trabajo de Wilber– es llevar a cabo una interpretación distinta de la convencional acerca de lo que es real. En principio porque genuinamente me parece que la visión convencional –que define lo real como aquello que ocupa un lugar en el espacio y el tiempo– además de parcial e incompleta, resulta profundamente limitante para comprender de verdad nuestra experiencia de ser quienes somos.

Trataré de explicarlo de la manera más simple que me es posible. Imaginemos una hoja de papel en blanco. Ahora, imaginemos que dentro de ese pequeño rectángulo está contenido todo lo que existe en el cosmos, absolutamente todo. Los planetas, las galaxias, las ranas, las hamburguesas de McDonalds, los cuadros de Picasso, la Carta de los Derechos Humanos de la ONU, el océano Pacífico, su coche, el del vecino, las obras completas de Habermas, en fin, absolutamente todo.

Por supuesto, también usted y yo existimos, así que también estaremos nosotros dentro de ese rectángulo. Usted, con su cuerpo y todos los procesos fisiológicos que lo componen, pero también con todos sus pensamientos, su complejidad, sus sueños, sus deseos inconfesables, su psicología, los cambios que imagina que le gustaría hacerle a su jardín, es decir cada minúsculo elemento que forma parte de su existencia, de quien es, tanto si cada uno de esos elementos se les pueda ver, medir y pesar, como si no.

Y junto con cada uno de esos componentes que lo representan, estarán también las notas de la novena sinfonía de Beethoven, las aventuras de Don Alonso Quijano, los poemas de Neruda y de Baudelaire, la raíz cuadrada de 225, el tiempo y el reloj, es decir: todo.

Puede llegar un momento de vacilación. ¿Cómo considerar como reales los pensamientos, los personajes de una obra de ficción, las notas de una pieza musical y los versos de un poema? Y la respuesta es bastante simple: los considero como reales por una razón muy simple: porque existen, porque podemos percibirlos, entenderlos, interpretarlos, porque influyen en nuestros actos, en la manera que tenemos de concebirnos a nosotros mismos y a los demás, porque forman parte de nuestros valores, de aquello que consideramos sagrado, porque nuestra vida sería incomprensible sin ellos. Y lo más importante: porque son los elementos que conforman los cristales de los lentes con que observamos el mundo y lo interpretamos. La pregunta más bien sería la opuesta: ¿Bajo que argumento u óptica podrían considerarse como irreales, cómo no existentes?

Es verdad que ni los personajes literarios ni nuestros pensamientos son entidades tangibles, y por lo tanto pertenecen a una categoría de realidad distinta que los objetos concretos que constituyen el universo material, por eso ha llegado el momento de hacer una distinción: Tomemos el rectángulo de papel que contiene a la realidad entera y tracemos una línea que lo divida en dos.

Categorías de la realidad: lo Subjetivo y lo Objetivo

Aunque en la práctica las cosas no son tan esquemáticas, únicamente para efectos de comprender lo que pretendo decir, pongamos del lado derecho de la línea todo lo que existe dentro del mundo material. Todo aquello que podemos ver, tocar, pesar, medir y cronometrar ya sea mediante nuestros sentidos o con ayuda de sus extensiones (microscopio, telescopio, cámara de fotos y video, reloj, termómetro, sensores de movimiento, y un largo etcétera). Para efectos de simplificar, a este lado derecho, la llamaremos –utilizando el lenguaje de Wilber– Realidad Objetiva, o lo verdadero.

Como la lógica indica, ahora colocaremos en el lado izquierdo del papel, todo aquello que no tiene una localización física en el tiempo y el espacio. Todo aquello inaprensible que forma parte de la interioridad, de las profundidades ajenas al mundo concreto. Le llamaremos Realidad Subjetiva o lo significativo.

Aunque de una manera muy simplificada, ese pedazo de papel con una línea en medio constituye el más elemental y básico mapa de la Realidad –ahora sí, con mayúscula– que nos es posible representar. Podemos ver que para efectos de nuestra existencia, lo real existe en dos distintas categorías: lo objetivo (lo verdadero) y lo subjetivo (lo significativo).

Es muy importante recalcar el hecho de que, si bien una de esas categorías se puede experimentar de forma concreta y la otra no, ambas existen y por lo tanto forman parte igualmente constitutiva de la Realidad. Ninguna es superior a la otra, son sólo categorías diferentes, con características muy distintas, pero ambas están estrechamente interrelacionadas.

La subjetividad no se mide, no se pesa, no se observa, sino que se valora. Quién hace qué pertenece al Universo de lo Objetivo, de lo concreto, mientras que preguntar acerca de los motivos, criterios y significados de dicha acción es subjetivo. Mientras que en la Categoría Objetiva las cosas importan por sí mismas, en la Subjetiva lo que importa es el significado de la acción o del objeto. El ámbito de lo objetivo es lo que es y no requiere en sí mismo una interpretación, mientras que aquello contenido en la Categoría Subjetiva siempre requiere ser interpretado, valorado. El sistema solar es lo que es y lo ha sido a lo largo de millones de años y lo seguirá siendo sin necesidad de ser interpretado, pero el ser humano, que habita a caballo de lo objetivo y lo subjetivo necesita saber qué significa para él ese cúmulo de planetas girando al rededor del sol. La interpretación solo tiene sentido si el universo subjetivo existe, si forma parte de la Realidad –con mayúscula–.

Está claro que es mucho más fácil lidiar con un concepto de realidad que sólo toma en cuenta el lado derecho del rectángulo, y en el cuál todos podemos estar más o menos de acuerdo –y que asume la subjetividad como un epifenómeno del cerebro, como una consecuencia intrascendente de la electricidad y la química corporal–, que un concepto de Realidad que asume como verdadero todo lo que existe, aunque jamás podamos tener acceso a ello. Pero verlo de ese modo nos ha hecho dejar de considerar un sinnúmero de situaciones que efectivamente suceden y que son las auténticamente trascendentales para lo relacionado con nuestra experiencia de existir y de ser nosotros.

Características generales de lo Objetivo

En la mitad derecha del rectángulo está todo aquello que es posible de ser descrito mediante el lenguaje objetivo y que puede ser estudiado y experimentado de forma empírica, es decir, que conforma todo aquello que puede ser registrado con los sentidos o sus extensiones (microscopio, telescopio, sensores de temperatura y de movimiento, básculas, cámaras de foto o video, rayos X, etc.).

Cada uno de sus componentes es concreto y objetivo, son y existen pero carecen de significado, de valor, de sentido intrínseco. La dimensión objetiva de la realidad corresponde con “lo verdadero”, porque está constituida de entidades concretas y discernibles de manera empírica, que son constantes, regulares y de cuya existencia todos tenemos una referencia similar, y que corresponden con las superficies de una realidad que pueden ser vista y medida, mientras en el lado izquierdo corresponde con las profundidades que para conocerse, o al menos conocer una versión de ellas, tienen que ser interpretadas.

Ken Wilber describe del siguiente modo a aquello que aparece en el lado derecho del rectángulo: “Sólo se describe la forma exterior y su comportamiento, no hay nada que sea mejor o peor, deseable o indeseable, bueno o malo, noble o vil. Las superficies simplemente son y nosotros simplemente las observamos y describimos[2].

Así es el ámbito objetivo de la Realidad: aquello sujeto a ser descrito. En esta categoría de lo real el tiempo transcurre de manera lineal, constante y emerge en el espacio físico creando las dimensiones de referencia que permiten a los objetos existir. Se trata de un cúmulo de objetos, acciones y circunstancias concretas que tienen lugar, sin la menor duda, pero que carecen de significado hasta que, mediante el lado izquierdo de la Realidad, las interpretamos y les asignamos significados.

Una erupción volcánica, un maremoto, una puesta de sol e incluso un genocidio no son más que acciones objetivas que derivaron en unas ciertas consecuencias mesurables, pero que sólo adquieren sentido ético, moral, cultural, biológico, estético y científico cuando pasan por el reino del lado izquierdo y adquieren así un significado, que podría no ser unívoco, puesto que la subjetividad puede dar lugar a diversas interpretaciones a un mismo hecho.

Características generales de lo subjetivo

Permítame plantear este dominio de lo Real en términos la propia existencia individual. Así como tenemos un cuerpo, vivimos en una casa, asistimos regularmente a un trabajo, tenemos familia, nos duele la cabeza, compramos ropa nueva, nos subimos a un camión o al metro o a un aeroplano y nos trasladamos físicamente de un lugar a otro, también interactuamos con objetos y personas de carne y hueso a cada momento del día, y nada de todo lo anterior tendría significado alguno si no contáramos con ese hemisferio izquierdo de la Realidad que le da sentido a cada evento concreto y donde de hecho radica nuestra sensación general de existir y de ser quienes somos, en vez de ser cualquier otro.

En pocas palabras, para que podamos entender la realidad del lado derecho, necesitamos forzosamente observarla desde el izquierdo. No hay ninguna manera posible de comprender y significar los acontecimientos sucedidos cotidianamente en el mundo concreto y tangible sin traducirlos mediante el universo subjetivo y particular del lado izquierdo. Sin ese universo izquierdo que le de sentido, el derecho carecería de importancia.

Al respecto de este dominio, Wilber dice lo siguiente:

La mitad izquierda del diagrama no puede ser vista con los ojos físicos. En otras palabras no puede ser descrita en lenguaje objetivo [] Mientras que la mitad derecha puede ser vista, la izquierda debe ser interpretada. La razón de esto es que las superficies pueden ser vistas, están ahí y cualquiera las puede mirar; pero la profundidad no puede ser percibida directamente, la profundidad debe ser interpretada. El sendero de la derecha pregunta siempre <<¿Qué es lo que hace?>>, mientras que el de la izquierda: <<¿Qué es lo que significa?>>[3].

Otra de las cosas que distinguen al categoría subjetiva de la objetiva es el funcionamiento de la dimensión tiempo-espacio. Mientras que en el mundo objetivo el tiempo es lineal y funciona como un devenir continuo y cronológico y el espacio está conformado por una serie de dimensiones constantes, estables y mesurables, el subjetivo está fuera del tiempo y el espacio.

En nuestra comprensión racional el tiempo subjetivo se percibe como fragmentario y discontinuo. De igual manera que podemos regresar al pasado (y sentir las mismas sensaciones de entonces), podemos imaginar y construir escenarios que suponemos como del futuro. Podemos verlo en velocidades distintas, percibir como un instante lo que el universo concreto fue una hora. Podemos recordar, podemos incluso crear recuerdos. Podemos vivir un mismo momento muchas veces y ni qué decir de la percepción de estos conceptos durante el sueño o durante estados no ordinarios de consciencia, como puede ser durante la meditación, la ingesta de sustancias psicotrópicas, experiencias cercanas a la muerte y un sin fin de posibilidades más.

Otra característica importante es que desde el tiempo subjetivo se experimenta la vida más o menos igual a como se experimenta en las historias de ficción (que es donde éstas inevitablemente transcurren… en el tiempo subjetivo). Incluso aquellas obras que simulan transcurrir en tiempo real, no se trata de otra cosa que de una ilusión que tiene lugar en el universo subjetivo. Mientras el tiempo pasa y nos dan las 3 de mañana leyendo esa novela que se niega a dejarnos ir, en la acción literaria pudo haber pasado un instante, una década o una vida entera. En las obras literarias (igual que en el interior de nuestros pensamientos) el tiempo transcurre en saltos y se concentra en ciertas escenas. Mientras el tiempo cronológico avanza un segundo tras del otro, (durante el cual caminamos a través de una habitación, nos duchamos, comemos un sandwich, esperamos en la fila del supermercado), en el subjetivo damos saltos hacia recuerdos y circunstancias objetivas que no obedecen a un orden cronológico, sino a mecanismos que casi siempre están relacionados con nuestro subconsciente, sobre el cual no podemos ejercer el menor control. Es probable que entre los pensamientos haya desde saltos de un recuerdo a otro (recuerdos que cuando fueron acciones objetivas estuvieron separados por miles de minutos), a ensoñaciones, imágenes, sueños, deseos, etc. La literatura y el cine están construidos en elipsis, es decir, en saltos en el tiempo obviando acciones que ocurrieron entre un acontecimiento y otro por innecesarias para lo que se está narrando; es justo así como experimentamos nuestra subjetividad.

Dos maneras de observar lo mismo: objetiva y subjetiva

Cerraré esta comparación poniendo un ejemplo práctico de las diferencias entre estas dos maneras de comprender la Realidad. Pensemos en algo que conozcamos bien e imaginemos una descripción desde ambas Categorías de lo Real: un beso.

Empecemos por la descripción objetiva (que como no pretendo complicarme la vida si no sólo ejemplificar, fue tomada casi íntegra de wikipedia): Un beso es un contacto labial que involucra la acción nerviosa relacionada con la estimulación erógena en la que intervienen cinco nervios craneales, utilizados para la identificación y reconocimientos de los elementos ambientales. Los impulsos eléctricos producidos por la acción neuronal derivan en sensaciones originadas en los focos táctiles de la piel labial, la zona supralabial y la lengua, señales decodificadas en el cerebro. El contacto labial propicia la estimulación nerviosa y la respuesta cerebral a la liberación de oxitocina, dopamina y adrenalina en el torrente sanguíneo, lo que genera una gran cantidad de efectos físicos. La liberación de oxitocina (hormona relacionada con el amor materno, las contracciones uterinas, el parto y la atracción sexual) en el torrente sanguíneo origina distintas respuestas físicas, como la sudoración nerviosa y las respuestas sexuales en la erección del pene y la erección del clítoris. La dopamina produce la sensación de bienestar. La adrenalina produce una serie de cambios físicos: cambios en la presión arterial, el nivel de glucosa y el ritmo cardíaco, además de la sensación de alerta y el tono rojizo en la zona cigomática.

Mientras tanto, para el médico Henry Gibbons, un beso es “la yuxtaposición anatómica de dos músculos orbicularis oris en estado de contracción”. Pero según la Real Academia Española, un beso es “Tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor o del deseo o en señal de amistad o reverencia”.

No soy médico ni fisiólogo, pero asumo que ambas definiciones son objetivamente verdaderas. Aunque me queda claro que si un beso fuera sólo esto, no creo que los humanos estaríamos dispuestos a hacer todo lo que hacemos por obtener uno. Por fortuna está el otro lado, el subjetivo, desde donde un beso es –sin dejar de ser lo anterior– también algo muy diferente. Porque para esta Categoría de la Realidad, el tema no se trata de sustancias químicas liberadas por el cerebro y músculos en movimiento, sino de significado y experiencia.

La experiencia de un beso tiene que ver con las circunstancias, con la persona que nos lo dio y nuestros sentimientos hacia ella, el significado particular de ese beso, que puede ser de amor, de amistad, de cumpleaños, de saludo o despedida, depende del lugar y el momento en que éste tuvo lugar. En sentido estricto, desde el universo objetivo todos los besos son más o menos iguales, mientras que desde el subjetivo, y aun a riesgo de exagerar, cada uno es diferente e irrepetible y por eso podemos vivir toda la vida sin saber que con cada uno se activan hasta 30 músculos faciales, 17 de ellos relacionados con la lengua, que se transfieren 9 miligramos de agua, otros 0.18 de sustancias orgánicas, 0.7 de materias grasas, 0.45 de sales minerales, además de millones de gérmenes, bacterias y microorganismos, y se queman, a lo largo de tres minutos, unas quince calorías… pero lo que no podemos dejar de saber es si ese ser especial nos ama, si nos desea, si nos ha extrañado durante nuestra ausencia.

Aunque todas las definiciones anteriores no dejan de ser verdaderas, desde el universo subjetivo, un beso también es lo siguiente: “Un juramento que se hace tan cerca, un acuerdo que busca una ratificación, una exacta promesa, una <o> rosa en la palabra amor, un secreto dicho no en el oído sino en la boca”. No hay que ser un genio para darse cuenta que esta manera de describir el beso, tomada de Cyrano de Bergerac, dista bastante de la de Gibbons apenas unas líneas arriba, aun cuando ambas sean verdaderas.

Otro ejemplo de lo que un beso puede ser nos lo proporciona Julio Cortázar en el capítulo 7 de su novela Rayuela:

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”.

Éste último ejemplo es fascinante, porque aunque apenas una vez en todo el párrafo  se hace una referencia directa al beso, sabemos, sin el menor asomo de duda que , lo que en realidad están haciendo es fundirse en un beso apasionado.

A manera de conclusión

Retomando lo dicho hasta ahora, nuestro sentido común está anclado al principio de que sólo existe aquello que ocupa un lugar en el espacio y el tiempo objetivos. Desde esta perspectiva nuestros pensamientos no existirían, no serían otra cosa que un epifenómeno del cerebro. Es cierto que habitan una dimensión de existencia distinta, pero no por ello pertenecen al universo de lo irreal. De hecho la relación entre pensamientos y objetos es de lo más paradójica, puesto que, cuando menos toda creación humana, fue primero un pensamiento que terminó por materializarse. ¿Será que también el universo material pre-humano fue primero un pensamiento? En ese caso, ¿de quién? ¿Será que el universo material es producto de una especie de subjetividad trascendental que nos piensa?

Por eso cabe preguntar si dentro de ese ámbito subjetivo no existen también las intenciones, la creatividad, la imaginación que en términos prácticos nos llevan a actuar en un sentido u otro y modificar con ello el mundo manifiesto.

¿Y no existen también los valores éticos que, a fin de cuentas, son los principios abstractos que marcan nuestra forma de actuar ante cada situación? ¿No existe la modestia? ¿El amor? ¿Los recuerdos? ¿Son todos ellos meros productos de la química corporal? ¿No existe, entonces, el mundo ficcional de Hamlet, de Raskolnikov y de Harry Potter?  Y si, por el contrario, todo esto existe, ¿Dónde está? ¿Cómo se vincula con el universo objetivo? ¿Cómo experimento la verdad de los demás? ¿Cómo experimento el mundo concreto desde mi verdad –mi manera particular de ver y sentir cada situación y cada instante y acontecimiento de mi vida? ¿Cómo me relaciono con lo que es, con lo que recuerdo que fue, con lo que quisiera que fuera? ¿Desde donde lo hago?

En este último párrafo lleno de preguntas está apenas semblanteado el universo subjetivo. Desde mi comprensión, la Realidad (con mayúscula) emerge en su pleno sentido y significado cuando ambos hemisferios del rectángulo se unen utilizando nuestra capacidad interpretativa como vehículo de coexistencia y fusión. Los acontecimientos, los objetos, las conductas y nuestra capacidad de percepción (por medio de los sentidos) están en lado derecho, mientras que nuestra capacidad razonar, de analizar y sintetizar de hacer juicios, especulaciones, construir conceptos y teorías están del lado izquierdo y es precisamente nuestra capacidad de interpretar lo que nos faculta para relacionarnos de verdad con la Realidad y comprender sus dinámicas siempre vivas, parciales y cambiantes.

Desde esta perspectiva, la Realidad no puede ser comprendida en términos simples, unívocos o universales. La maravilla de la interpretación humana es que no se agota, que la misma Odisea de Homero ha sido leía y entendida de infinitas formas a lo largo de los siglos, siendo cada una de esas lecturas verdaderas a su modo, que mirar la luna a través del telescopio no significa lo mismo para el ser humano de hoy que para el que la veía hace cien años, que los misterios del mundo subatómico que hoy confunden a las mentes más brillantes, mañana serán tan familiares como lo es el átomo para la ciencia contemporánea.

Pensemos en un ejemplo final: imaginemos que tenemos la intención de fotografiar una vasta pradera a los pies de una montaña boscosa. La realidad objetiva será ese escenario que tenemos ante nosotros. Sus características son concretas, verificables. Ahora imaginemos que nosotros somos la cámara. Por más que la pradera sea objetiva y concreta, no registraremos los mismo si nos colocamos un lente de 35mm, que si nos ponemos una 105mm, un gran angular de 10mm o un telefoto de 600mm. Lo que veremos a través del obturador será radicalmente distinto según sea el lente que hayamos decidido usar. Pienso que lo destacado de poder observar la realidad de este modo es que podemos comprender que siempre llevamos colocado un lente y lo ideal es que, no sólo sepamos qué tipo de lente llevamos, sino que seamos capaces de intercambiarlo por otros y así apreciar ese paisaje, que la realidad objetiva pone ante nosotros, de maneras novedosas, diversas, abiertas, de amplia perspectiva o de detalle riguroso, pero siempre con la consciencia plena de que hay otras miradas posibles, cada una válida pero parcial.

Como bien apuntan Edgar Morin y Ken Wilber, cada uno a su manera, vivimos en un universo de complejidad creciente donde la subjetividad –individual y colectiva–, donde la diversidad de puntos de vista, de culturas, de maneras particulares de observar y entender el mundo no puede concebirse más como una entidad de significados únicos y cerrados, sino como un caleidoscopio de verdades parciales pero complementarias, que si bien por momentos inquietan y confunden, son el germen de realidades nuevas, más complejas y profundas, que habrán de ampliar aun más el horizonte del entendimiento y la razón humanas.

NOTAS

[1] La base de todo lo que habré de plantear a continuación tiene como sustento la siguiente obra: Wilber, Ken, Sexo, Ecología, Espiritualidad: el alma de la evolución, Segunda Edición, Gaia Ediciones, 2005, Págs. 890

[2] Íbidem, Pág. 171.

[3] Íbidem, Pág. 172.


© Juan Carlos Aldir

* Para saber más de Juan Carlos Aldir, visiten su página web: www.juancarlosaldir.com

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