Reseña: Descartes y su “circulo vicioso”


zaupa

Por: Nicolás Gabriel Zaupa

Nicolás Gabriel Zaupa vive en Buenos Aires, Argentina y es estudiante de tercer año del profesorado de Matemáticas en el Instituto Superior del Profesorado ‘Dr. Joaquín V. González’.

En esta reseña, Nicolás Zaupa se pregunta si Descartes cae en la falacia petitio principii cuando intenta justificar la existencia de Dios.


De la duda a la evidencia, primera certeza; Ergo Sum.

En la meditación primera que Descartes dedicara a examinar los principales motivos de duda que pueden afectar a todos sus conocimientos, vio que afirmar o negar todas las verdades individualmente sería una tarea infinita y por lo tanto inacabable. Sin embargo, se percató de que todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida se basaban en los sentidos, aquellos que nos instruyen, nos guían y conectan con el mundo. A pesar de todo, traidores y desertores a su dueño, nos engañan en algunas ocasiones y sabiendo eso ¿cómo confiar en ellos siempre?, por ende todo lo que veo, toco, oigo, siento desde el exterior a mí quedará puesto en duda.

¿Pero acaso sólo estando cerca de la locura podría dudar de lo que inmediatamente me revelan los sentidos, como por ejemplo que estoy aquí sentado, que tengo un cuerpo y estoy escribiendo? Aunque en sueños alguna vez he imaginado situaciones que parecen tan reales como la realidad misma sin que hubiera indicio alguno para discernir entre el sueño y la vigilia, no hay criterio racional para distinguir el sueño de la vigilia, sólo hay criterio sensible, la habitualidad y si no podemos discernirlo racionalmente no es evidente en sí mismo, por ende lo mas inmediato (el cuerpo) queda puesto en duda.

Hasta aquí la critica al saber sensible, pero ya que la duda es hiperbólica tendremos que analizar al saber racional: la música es el lenguaje más bello, el francés la lengua de Moliere, el español de Cervantes y las Matemáticas el de la precisión, pero muchas veces nos confundimos haciendo cálculos, por ende la posibilidad del error emerge. Tanto los “procesos” complejos de nuestro pensamiento, como los “procesos” discursivos apoyados en ciertos axiomas, principios conocidos intuitivamente sin que exista un proceso racional interviniente en nuestro pensamiento (por más extravagante e imaginativo que quiera nunca podríamos imaginar que dos más dos sean cinco por ejemplo) son ambos vulnerables al error, uno por aplicación humana, el otro porque puede existir alguien que haga que yo piense que dos más dos sean cinco cuando en realidad son seis.

Dios no podría engañarnos puesto que es bondad suprema y no sería coherente esto. Así pues, llevando la duda hasta el extremo, Descartes supone un genio malvado, titiritero superior, aquélla figura que nos engaña con alevosía, premeditación y ventaja (sería incorrecto sostener, en efecto, que Descartes afirmara la existencia del “genio maligno”, lo que intenta puntualizar, es que no tenemos ningún argumento contundente para afirmar su no-existencia, su existencia es una posibilidad por más remota o descabellada que ésta parezca y representa el punto máximo de la duda, el último extremo al cual una duda puede llegar.)En la segunda Meditación Metafísica, que es el correlato de la primera, Descartes hace un descubrimiento crucial: Todo ha sido puesto en duda, tanto el Yo (aún no descubierto por Descartes) como la realidad exterior fueron puestas en ἐποχή en la primera meditación metafísica. Pero como la duda que Descartes utiliza es metódica, esta Duda nos tiene que conducir hacia alguna parte.

En cuanto nos detenemos en la hipótesis del genio maligno, nos damos cuenta que nos condujo a una Verdad indubitable, con Certeza absoluta puedo afirmar que Yo soy, que Yo existo. Y Descartes lo enuncia así: “…pero hay cierto burlador muy poderoso y astuto que dedica su industria toda a engañarme. No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo…”(1) Aquí llega el segundo momento de la ἐποχή. Antes todo ha sido suspendido, ahora la ἐποχή solo ha quedado reservada para todo lo que es no-Yo.

Descartes dice “nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo”, y sin importar qué es lo que piense que soy, si un rey, o un mendigo, o un borracho que pasaba o un Dios o mas bien un inexistente, ya que lo único que estoy haciendo es afirmar que existo. El Ergo sum (yo soy) de Descartes es una verdad intuitiva y no deductiva, no se deduce de una premisa mayor “todos los entes que piensan son” el que “yo pienso” por lo tanto “yo soy”. Se han desplazado los “paréntesis” de la ἐποχή, el Yo ahora tiene certeza apodíctica y todo lo que es no-Yo tiene certeza problemática.

Demostración de Dios

“…Cerraré los ojos ahora, me taparé los oídos, dejaré de hacer uso de los sentidos; borraré incluso de mi pensamiento todas las imágenes de las cosas corporales o, al menos, ya que esto es casi imposible, las tendré por vanas y falsas; y así, ocupándome sólo conmigo mismo y considerando mi intimidad, procuraré poco a poco conocerme mejor y familiarizarme más conmigo mismo…”(2) Descartes afirma que es un cosa que piensa (duda, afirma, niega, ama, odia, quiere, imagina, siente) y acaso si lo que él piensa no es nada fuera de él, no es nada en sí mismo, él está seguro de que esos pensamientos residen en él.

Habrá que dividir todas las formas de pensamiento que residen en él, “Entre mis pensamientos, unos son como las imágenes de las cosas y sólo a estos conviene propiamente el nombre de idea: como cuando me represento un hombre, una quimera, el cielo, un ángel o el mismo Dios. Otros, además, tienen algunas otras formas: como cuando quiero, temo, afirmo, niego, pues si bien concibo entonces alguna cosa como tema de la acción de mi espíritu, también añado alguna otra cosa, mediante esta acción, a la idea que tengo de aquella; y de este género de pensamientos, son unos llamados voluntades o afecciones, y otros, juicios.” (3)

Para no quedarse encerrado en sí mismo, Descartes va a dividir las Ideas, ya que estas representan algo fuera de él, son como imágenes de cosas externas a él. Dividiendo las Ideas encuentra que hay tres tipos de ellas: “… unas parecen nacidas conmigo, y otras, extrañas y oriundas de fuera, y otras, hechas e inventadas por mí mismo.”(4) No existe ningún criterio para negar que esas Ideas que parecen oriundas de fuera, más bien sean creadas por el Yo, aunque, si bien tomando tales Ideas sólo como ciertos modos de pensar, no se puede reconocer entre ellas ninguna diferencia o desigualdad y todas parecen proceder del Yo que piensa de una misma manera, todas pertenecen al mismo tipo de realidad, la realidad psíquica; pero atendiendo a su contenido, a lo que representan, su realidad es diversa, es decir, si se las considera “…como imágenes que representan unas una cosa y otras otra, es evidente que son muy diferentes unas de otras. Pues, en efecto, las que me representan sustancias son sin duda algo más y contienen, por decirlo así, mas realidad objetiva, es decir, participan, por representación, de más grados de ser o perfección que las que solo me representan modos o accidentes.”(5)

Todas las ideas son en un sentido semejantes y en otro distintas: la idea de silla es semejante y distinta a la idea de color, es semejante en la medida en que ambas son ideas, pero es distinta porque una representa una silla, es decir, representa una substancia, y otra representa el color, es decir, representa un accidente; la realidad objetiva de cada idea es distinta. Ahora bien, el Yo es la realidad formal de las Ideas, algunas de ellas tienen más realidad objetiva que otras. Pero aún no se sabe si existen cosas distintas a su propio pensamiento. Sólo le cabe mirar en su interior, ver si hay distintos niveles de perfección en sus ideas y reflexionar sobre la causa de la aparición en su mente de dichas ideas. Podemos hablar de unas ideas más perfectas que otras, perfección que les viene dada de la perfección que cabe atribuir a lo representado en ellas: así la idea de Dios es más perfecta que la idea de silla, porque Dios es más perfecto que la silla, y la idea de substancia es más perfecta que la idea de accidente, porque las substancias son más perfectas que los accidentes.

Si nos preguntamos cuál de todas nuestras ideas es la más perfecta, cuál tiene más realidad objetiva, tendríamos que decir que la idea de Dios reúne las ideas de todas las perfecciones en las que podamos pensar; la idea de Dios es la idea del ser sumamente perfecto. Luego Descartes dice que la realidad que se encuentra en el efecto no puede ser superior a la realidad de la causa (toda idea con una realidad objetiva dada le debe corresponder una causa cuya realidad formal sea igual o mayor), y examina si él mismo podría considerarse el responsable, la causa de todas sus ideas; cree que en sí mismo puede encontrar el fundamento y la perfección adecuada para dar cuenta de casi todas las ideas, pero la idea de perfección absoluta no se puede explicar a partir de la realidad formal del Yo, del sujeto, debe estar en nuestra mente porque un ser más perfecto que nosotros nos la ha puesto; debe se innata. Ese ser es Dios, por lo tanto debe existir. Descartes ha demostrado la existencia de Dios a partir de la reflexión relativa a la existencia en nosotros de la idea de un ser absolutamente perfecto. Luego otro argumento que da cuenta de su imperfección es que duda, ya que si fuese absolutamente perfecto y la causa de su propio ser, se habría creado como sabio, no como ignorante, por lo tanto no sólo que Dios existe, que la idea de Dios es innata, sino también que nos ha creado.

Ahora bien, una vez demostrada la existencia de Dios, ya tiene dos realidades existentes de las cuales es imposible dudar, el Cógito y Dios, este ultimo es la garantía de que los objetos pensados clara y distintamente sean ciertos y verdaderos. Por lo tanto, Dios existe, es creador y veraz, porque el Cógito tiene de él una Idea clara y distinta, y una Idea evidente es verdadera porque Dios, que es el autor de esta idea y que no puede ser engañado, existe. Con lo cual se podría objetar a Descartes que cae en un círculo vicioso, y ello quiere decir que su argumentación es falaz, ya que su argumento es una falacia lógica donde la consecuencia de un determinado fenómeno (Dios es se apoya en la Evidencia) es llamada a ser también la causa principal (Dios es el respaldo de la Evidencia).

Descartes cae en un circulo vicioso. Afirmación o negación de la hipótesis

Partiendo de estas dos citas trataremos de llegar a confirmar o refutar la hipótesis:
La primer cita es la objeción de Gassendi: “…Dios garantiza la verdad de lo que percibimos clara y distintamente, pero a la vez la clara y distinta percepción de la existencia de Dios nos asegura de que Dios existe…”(6), y la segunda cita es la respuesta a la objeción escrita por Descartes: “…no incurrí en circulo cuando dije que la verdad de las cosas claras y distintas no nos constaba más porque Dios existe, y que no nos consta que Dios existe mas que porque lo percibimos claramente, al distinguir lo que realmente percibimos con claridad respecto de aquello que recordamos haber percibido antes con claridad. Porque, en primer lugar, nos consta que existe Dios porque atendemos a las razones que lo prueban; mas luego, nos basta recordar que hemos percibido una cosa con claridad para estar ciertos de que tal cosa es verdadera; y esto no bastaría si no conociéramos que existe Dios y que no nos engaña…”(7)

Como vemos, Descartes niega la acusación del “circulo vicioso”, y nos dice que existe Dios y lo sabemos, porque se ha probado racionalmente que existe, y que al percibir algo evidente estamos ciertos de que es verdadero y estamos tan seguros de que es verdadero porque Dios existe y no nos engaña. Pero entonces, según Descartes podríamos decir que ni a la evidencia ni a Dios corresponde la última instancia en la validación objetiva del conocimiento. ¿Son dos principios complementarios?, pero cuando Descartes descubrió el Yo, aquí la Evidencia no necesitó a Dios, y dos cosas complementarias son en la medida en que mutuamente se justifican. Además la respuesta a la objeción no quedó del todo clara.

Podríamos dar la solución que ha dado Sergio Rabade Romeo(8) en donde distingue dos aspectos de la verdad, como evidencia y como conformidad (este segundo aspecto nos remite a Dios), o sea que la función criterial convenga con primacía a la Evidencia, y Dios asume el papel de “fundamentalidad” en la explicación del concepto objetivo (responsabilización por parte de Dios de la aplicación del criterio). O sea, donde tenemos verdades percibidas en una intuición de presencialidad, la Evidencia es certificado suficiente de su certeza (como por ejemplo la evidencia del Yo aún habiendo Genio maligno es verdadera, porque es un conocimiento intuitivo, claro y distinto, de presencialidad).(9) Y la garantía de Dios se hace necesaria para un saber de conclusiones, en un saber discursivo (la exigencia de Dios se limita a conocimientos complejos y a conocimientos de memoria), porque en ellos no puede haber una intuición de presencialidad.

Llegando al fin, podremos decir que la hipótesis queda refutada, por la solución que hemos tomado de Rabade Romeo e incluso por la propia letra de Descartes en sus textos: “…no parece que sea posible inculcar nunca a los infieles religión alguna, ni aún casi virtud moral alguna, si no se les da primero la prueba de esas dos cosas [la existencia de Dios y la inmortalidad del alma], por la razón natural; y por cuanto a menudo en esta vida se proponen mayores recompensas para los vicios que para las virtudes, pocos serían los que prefiriesen lo justo a lo útil, si no fuera porque les contiene el temor de Dios y la esperanza de otra vida; y aun cuando es absolutamente verdadero que hay que creer que hay un Dios, porque así lo enseña la Sagrada Escritura, y, por otra parte, hay que dar crédito a la Sagrada Escritura, porque viene de Dios [Descartes va a reemplazar la Sagrada Escritura por la Razón] y la razón de esto es que, siendo la fe un don de Dios, el mismo que concede la gracia para creer en las otras cosas, puede concederla también para creer en su propia existencia), sin embargo, no se podría proponer esto a los infieles quienes acaso imaginaran que se comete aquí el error que los lógicos llaman círculo.”(10)

NOTAS

[1] Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004, Meditación segunda, Pág.125.

[2] Descartes R. Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004, Meditación tercera, Pág.132.

[3] Descartes R. Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004, Meditación tercera, Pág.134.

[4] Ib. 3

[5] Descartes R. Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004, Meditación tercera, Pág.136.

[6] Ferrater M, Diccionario de Filosofía, España, Barcelona, Ariel referencia, 2004, de la voz “Arnauld”, Pág. 239.

[7] Rabade Romeo S, Descartes y la gnoseología moderna, España, Madrid, G. del Toro, 1971, Pág. 86.

[8] En Descartes y la gnoseología moderna, España, Madrid, G. del Toro, 1971, Pág. 85

[9] “…desde el momento que nos colocamos en el corazón de la intuición intelectual tal como acaba de ser descrita, desaparece toda sospecha de ese circulo vicioso que tanto se le ha reprochado a Descartes…” Brunschvicg Leon, Descartes, Trad. Dujovne L. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1939, Pág. 49

[10] Descartes R. Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004, Meditación tercera, Pág.105.

 BIBLIOGRAFÍA

Brunschvicg Leon, Descartes, Trad. Dujovne L. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1939

Descartes R. Meditaciones metafísicas, Trad. Morente G, Buenos Aires, Caronte Filosofía, 2004

Ferrater M, Diccionario de Filosofía, España, Barcelona, Ariel referencia, 2004

Rabade Romeo S, Descartes y la gnoseología moderna, España, Madrid, G. del Toro, 1971


© Nicolás Gabriel Zaupa

 

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