Artículo: Argumentación de calidad


joannonihnen

Por: Crisótbal Joannon y Constanza Ihnen *

La profesora Ihnen hace clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile (Santiago de Chile)
El profesor Joannon dicta clases de Argumentación en la Universidad Adolfo Ibáñez (Santiago de Chile)

Ihnen y Joannon argumentan que una estructura lógica no es suficiente para asegurar un argumento persuasivo. En este artículo explican porqué.


Introducción

Hoy se enseña a argumentar en los colegios y las universidades ya que la argumentación nos parece una herramienta útil para desarrollar en los estudiantes el pensamiento crítico, la lectura analítica y las buenas conductas de diálogo. En ello radica el bien ganado prestigio de la argumentación. Hay quienes enfatizan su función cognitiva (el razonar correctamente) y otros su relevancia política (en una democracia las diferencias deben –idealmente– resolverse intercambiando razones). Otros creemos que ambos elementos son igual de importantes.

La persuasión quizás sea una de las mejores armas con las que contamos para desenvolvernos en el mundo exitosamente. No es privativa de nadie; es un poder siempre disponible en la medida que es adecuadamente realizado. Pensemos en una persona vulnerable que carece de recursos económicos; esa situación desventajosa no le impedirá conseguir, para llevar adelante un proyecto, el apoyo de terceros (quienes son libres para no darlo). Por ello se afirma acertadamente que argumentar bien empodera. Esta manera de enfocar la argumentación permite conectarla con un objetivo fundamental de la educación: corregir las desigualdades de origen. Por supuesto, la argumentación no tiene como único fin el empoderamiento, pues si así fuera alguien lícitamente podría poner entre paréntesis ciertos estándares de razonabilidad con tal de que el discurso sea efectivo. En efecto, de su práctica también se espera el desarrollo de habilidades reflexivas y la formación ciudadana (vivir en comunidad bajo la rúbrica de una exigencia recíproca: dar y pedir razones en casos de desacuerdos que buscan ser resueltos de modo razonable). No necesariamente alguien que es capaz de evaluar de modo crítico sus prejuicios estará en mejor pie para conseguir mediante el discurso la adhesión de una audiencia. Hay en esa disposición crítica un valor per se que no se reduce al ejercicio de la persuasión que busca ser exitosa.

Apreciamos el diálogo; es un hecho que vivimos argumentando. En muchas de nuestras interacciones comunicativas diarias nos vemos en el trance de tener que persuadir a un oyente de un punto de vista del que está en desacuerdo o del cual duda, con o sin razón. Así, el reto pedagógico no consiste sólo en promover la argumentación como un camino deseable para tratar con los demás, sino en argumentar bien, pues de lo que se trata es de mejorar los estándares de nuestro nivel argumentativo. De una manera u otra, quien tiene como tarea enseñar a argumentar maneja un cierto concepto de lo que es una argumentación de calidad. Normalmente se maneja uno puramente intuitivo que es una suerte de mezcla de sentido común y “lecturas teóricas”.

En este breve artículo, dirigido a aquellos profesores que enseñan lógica u organizan y lideran sociedades de debates, como así también a directores pedagógicos y diseñadores curriculares, nos hemos propuesto indagar sobre qué es la argumentación de calidad tomando como base cuatro enunciados que son comúnmente considerados un sinsentido, para sacar de ellos algunas conclusiones significativas. Como se puede ver, es éste un modesto intento por describir qué es aquello que se tiene en mente cuando hablamos de argumentación de calidad en un sentido natural. Creemos que con este enfoque podremos contribuir a la loable tarea de enseñar a argumentar mejor.

Sobre lógica

¿Qué es una argumentación de calidad? Para comenzar a esbozar una respuesta, considérese primero el enunciado “Tengo un excelente argumento ilógico”. No hace falta un análisis semántico profundo para advertir que el enunciado es contradictorio. O bien el argumento es excelente, o bien ilógico, pero no puede tener ambas propiedades al mismo tiempo. ¿Qué se desprende de esta contradicción? Que una argumentación de calidad debe, mínimamente, cumplir con el criterio de corrección lógico.

Si bien en el detalle los sistemas lógicos deductivos y no-deductivos ofrecen diversos criterios de corrección, se puede decir que en conjunto estos exigen el cumplimiento de tres condiciones. Primero, los enunciados que conforman una argumentación deben ser consistentes. Es decir, es necesario que tanto los predicados que se atribuyen a un referente en cada una de las premisas de un argumento, como el conjunto de premisas que conforman el argumento, sean consistentes entre sí. Una premisa es inconsistente cuando al referente se le atribuyen dos o más predicados que no pueden ser aceptables al mismo tiempo. Un conjunto de premisas es inconsistente cuando no pueden ser todas aceptables simultáneamente. Segundo, la argumentación debe estar basada en un tipo de inferencia que permita llegar, a partir de un conjunto de premisas aceptables, a una conclusión necesaria o probable. Tercero, en caso que el tipo de inferencia utilizado solo garantice conclusiones probables, el criterio lógico también exige que la inferencia sea cotejada a la luz de aquellas condiciones de racionalidad que los teóricos de la argumentación suelen formular en términos de “preguntas críticas”.

El criterio lógico está inscrito en nuestro lenguaje por buenas razones. La lógica es una herramienta útil para orientarnos en el mundo y para tomar mejores decisiones. La lógica se puede utilizar, por ejemplo, para evaluar la solidez de uno de los principales argumentos del gobierno de Obama para intervenir en Siria: ‘Si EE.UU. no interviene Siria es muy probable que Bashar al-Asad vuelva a usar armas químicas.’ El tipo de inferencia que subyace a esta argumentación se conoce como “inferencia pragmática”. Su estructura es la siguiente: ‘Debemos realizar la acción A, porque de no realizar la acción A, se seguirá la consecuencia negativa C’. Como se ha visto, el criterio lógico nos exige determinar, entre otras cosas, si el tipo de inferencia utilizada es aceptable. Las inferencias pragmáticas son inferencias que conducen a conclusiones probables y gozan de gran aceptabilidad en la esfera política. De manera que el uso de la inferencia no parece ser problemático. Pero, ¿ha sido correctamente aplicada esta inferencia? Ello dependerá de si la argumentación responde adecuadamente a las preguntas críticas de una inferencia pragmática, por ejemplo, si responde negativamente a la pregunta “¿Son los costos de la acción recomendada mayores que sus beneficios?”. Así, en nuestro ejemplo, la lógica nos invita a considerar si los costos asociados a la intervención de Siria son mayores que el supuesto beneficio de prevenir que al-Asad use armas químicas. Como se ve, examinar si un argumento responde a las preguntas críticas no sólo permite asegurarnos de que la inferencia se aplique correctamente; también permite determinar la razonabilidad de una decisión política significativa.

La lógica es necesaria para la evaluación de un argumento, qué duda cabe. Pero esto no quiere decir que sea suficiente. La lógica es de hecho insuficiente en al menos dos sentidos. En primer lugar, nada dice acerca de la aceptabilidad de las premisas (excepto cuando se trata de una premisa contradictoria: una premisa contradictoria es, por definición, falsa en toda circunstancia). La lógica no tiene nada que decir, por ejemplo, respecto a la aceptabilidad de la premisa “Si EE.UU. no interviene Siria es muy probable que al-Asad vuelva a usar armas químicas”. Tampoco se pronuncia respecto a la verdad de la presuposición contenida en la premisa del argumento “Al-Asad usó anteriormente armas químicas”. En segundo lugar, la lógica no ofrece herramientas para evaluar el proceso comunicativo que subyace a toda argumentación. La falacia del razonamiento circular (petitio principii) ilustra bien este punto. Bush hijo nos ha regalado a los estudiosos de la argumentación un buen ejemplo de circularidad. Como varios recordarán, en junio de 2004 se publicó en EE.UU. un informe redactado por el Comité de Investigación del 11 de septiembre de 2001. El informe establecía con toda claridad que no existía evidencia de colaboración entre Irak, Saddam y Al Qaeda. Cuando al día siguiente se le preguntó a Bush sobre el informe, éste señaló: “La razón por la que he estado insistiendo que existía una relación entre Iraq y Saddam y Al Qaeda es que existía una relación entre Iraq y Saddam y Al Qaeda”. El argumento de Bush coincide con su conclusión. ¿A quién podría parecerle razonable algo así? ¿Acaso lo que se pide en este ejemplo no es justamente un argumento para justificar la afirmación de que existía una relación entre Irak y Saddam y Al Qaeda? Así, nada menos razonable comunicacionalmente que un argumento circular. Ahora bien, en términos estrictamente lógicos, el argumento es deductivamente válido, porque la conclusión está contenida en las premisas.

Sobre retórica

Si la lógica es insuficiente, ¿qué otro criterio habría que considerar en la evaluación de un argumento? Respuesta: su efectividad. Considérese el enunciado: “Tengo un excelente argumento que no convencerá a quien quiero convencer”. Que el enunciado nos parezca absurdo se debe a que una argumentación de calidad debe ser persuasiva en términos reales, empíricos, y no puramente razonable; no se trata de que un argumento sea sólo potencialmente persuasivo, no basta que sea sólo un “buen candidato” para persuadir. ¿Cómo explicar esta exigencia de efectividad?

Argumentar es una acción que no se reduce a hacer buenas inferencias pues se trata de una acción comunicativa que tiene un fin claro, que busca cumplir una expectativa: hay un otro a quien nos proponemos persuadir. Puede tratarse de un otro real, por ejemplo los participantes de una reunión de trabajo ante quienes expondré, o de un otro posible, los lectores –que no conozco, pero que puedo perfectamente imaginar– que tendrá aquella columna de opinión que escribiré. Podría discutirse si es éste el único fin. Quien argumenta ante un otro para mostrarle que sabe pensar lógicamente, que es inteligente, se sirve de la acción de argumentar, pero su fin es distinto. De hecho podría prescindir de tal acción y mostrar simplemente los satisfactorios resultados de un test de CI. Si no es el único fin, al menos es el más relevante, y en ello radica la natural exigencia de la efectividad.

¿Qué significa, con más detalle, la efectividad, el requisito de que un argumento deba ser convincente para ser considerado bueno? Que el otro, según la fuerza persuasiva del discurso, adhiera a un cierto punto de vista con el cual inicialmente estaba en desacuerdo o frente al cual aún no había asumido una postura. En principio, los argumentos elegidos deberían ser siempre aquellos máximamente efectivos, esto es, aquellos que estén mejor adaptados a los puntos de partida de la audiencia específica a la que se dirigen. Esto requiere conocer a la audiencia a la que queremos convencer: ceñirnos a su sicología e intereses, a su nivel educacional, a la raigambre cultural a la que pertenece. Esta necesidad de adaptación explica por qué no existe algo así como un “baúl de buenos argumentos” universalmente efectivos, a los que el hablante siempre puede echar mano como quien se sirve de una receta. En el mejor de los casos disponemos de lugares comunes que tienden a ser aceptados por la comunidad, por ejemplo el argumento de lo “natural” (“Compre este jugo: es natural”), pero siempre cabe imaginar al menos un escenario en que no es aplicable (por ejemplo si se quiere convencer a un niño de campo que se encuentra de paso en la ciudad y es tentado por aquellas nuevas bebidas de fantasía que nunca ha probado).

Volvamos, pues, al enunciado que encabeza esta sección: “Tengo un excelente argumento que no convencerá a quien quiero convencer.” A la persona que sostenga algo así sería interesante preguntarle no sólo por qué dentro de la calidad de “excelente” él admite la posibilidad de la ineficacia persuasiva del discurso, esto es, que la calidad de un argumento puede ser independiente de su aceptación, sino con qué fin él ofrecería tal argumento, qué esperaría que ocurriera haciendo eso. No basta que a mí, como hablante, me parezca bueno el argumento, pues no es a mí mismo a quien debo persuadir (cabe presuponer, en principio, que uno está convencido de lo que defiende). El reto persuasivo consiste en que al oyente le parezca bueno el argumento y que por esa vía acepte el punto de vista que yo planteo. Del mismo modo que cuando hacemos una petición esperamos que ésta sea realizada por el oyente, no es posible desvincular el acto de argumentar de su efecto deseado, esto es, convencer a nuestro destinatario.

Alguien podría objetar que el enunciado “Tengo un excelente argumento que no convencerá a quien quiero convencer” no es necesariamente un sinsentido. Esta crítica podría justificarse aludiendo a que la calidad de un argumento no tiene por qué depender de la “mala calidad” de su audiencia. Pensemos en un auditorio en extremo dogmático o en un interlocutor cuyas capacidades cognitivas son muy bajas. ¿Por qué tendría mi argumento que verse afectado por esos elementos “externos”? La crítica es atendible, sin duda. Nuestra respuesta a esta objeción es la siguiente: si yo sé de antemano que mi argumento no será acogido por esta audiencia tan difícil, no tendría mayor sentido presentar ese argumento, salvo que lo haga para conseguir otros fines, por ejemplo para que un tercero que observa el diálogo caiga en la cuenta de la falta de razonabilidad de nuestra contraparte. El punto es que en tal situación yo no estaría haciendo un esfuerzo persuasivo óptimo hacia esa audiencia difícil y por lo tanto eso no sería argumentar. Ahora bien, distinto sería el caso de que yo no conozca la naturaleza real de mi audiencia pero la presuponga razonable. Nuestra respuesta a la objeción también vale para este caso: si al poco andar veo que mis interlocutores son “infranqueables”, lo más cuerdo sería abandonar la discusión. (Lo mismo cabría esperar de ellos: si no están dispuestos a dejarse convencer, no tendría mayor sentido que participaran de un diálogo argumentativo, pues este cuenta con que las partes observarán la exigencia recíproca de dar y pedir argumentos, como indicamos en la introducción.)

Otra posible objeción al criterio retórico sería preguntarse qué pasa cuando hay varias audiencias simultáneas y el “mismo” argumento resulta persuasivo para unas y no para otras. Dado el criterio retórico propuesto, ¿no significa esto que el “mismo” argumento sería en algunos casos de calidad y en otros no? ¿Y no sería esta afirmación una inconsistencia? A esta objeción responderíamos que efectivamente, bajo este criterio, el argumento sería de calidad en algunos contextos pero no en otros. Pero ello no conlleva necesariamente una inconsistencia. No mientras se entienda que la calidad de un argumento depende en gran medida, como indicamos antes, del contexto en que se desarrolla una argumentación. Si se renuncia desde un principio a la exigencia de que una argumentación sea universalmente de calidad, la aparente inconsistencia se disuelve. Nos parece que un ideal de calidad argumentativa universal es no sólo extemporáneo, sino también inútil: como resultado de su aplicación prácticamente todas (si no todas) nuestras argumentaciones serían de mala calidad o poco razonables.

Hay quienes defienden una posición radical que dice que la efectividad es el único criterio de calidad. Esto sin duda vale para situaciones excepcionalísimas, como el diálogo urgente con alguien que amenaza suicidarse tirándose desde lo alto de un edificio y se le debe persuadir rápidamente para que desista. Que el discurso del negociador posea una falla lógica estructural es irrelevante para el caso. La “vía racional” debería desecharse en la medida que no están dadas las condiciones mínimas para llevar adelante un diálogo razonable. Cabe imaginar que alguien en un estado de suma desesperación no le hará ninguna concesión al negociador y por lo tanto no tendría sentido dirigir la conversación por ese cauce. Pero nuestra vida en comunidad corre por carriles muy distintos y es esto lo que en el fondo debe importarnos cuando nos preguntamos sobre el lugar que debe tener la argumentación en la sociedad y a partir de eso diseñar un programa educativo.

Sobre dialéctica

Se ha dicho hasta ahora que una argumentación de calidad es aquella que, además de cumplir con determinados estándares lógicos, es también efectiva. Cabe preguntarse, sin embargo, si son estos criterios, el lógico y el retórico, suficientes para una argumentación de calidad.

Una manera de averiguarlo es preguntándonos si la retórica es capaz de resolver los problemas que, según dijimos, la lógica no puede solucionar. Para ello debemos examinar si: (i) el criterio retórico de la efectividad es suficiente para evaluar el contenido proposicional de una argumentación; y (ii) el criterio retórico es suficiente para evaluar la calidad del proceso comunicativo que la subyace. Nuestra posición es que la retórica no es suficiente y que es necesario incluir un tercer criterio de calidad que, siguiendo la tradición, llamaremos “dialéctico”.

Abordemos primero el problema relativo a la aceptabilidad del contenido de una argumentación. A primera vista, pareciera que el criterio de la efectividad nos entrega una buena herramienta para determinar la aceptabilidad de las premisas de un argumento. Después de todo, ¿cómo establecer la aceptabilidad de una premisa sino es señalando que la premisa es compartida, esto es, aceptada por la audiencia?

El criterio de efectividad, sin embargo, no es suficiente. Lo anterior se puede demostrar mediante un análisis del enunciado: “Tengo un argumento excelente cuyas premisas evaden el peso de la prueba”. ¿Cuál es el problema con este enunciado? Que el adjetivo “excelencia” y la frase “cuyas premisas evaden el peso de la prueba” nos parecen mutuamente excluyentes cuando determinan a un mismo tiempo el sustantivo “argumento”. De ello podemos desprender que “hacerse cargo del peso de la prueba” es una de las normas que gobierna la argumentación.

El peso de la prueba refiere a la obligación de justificar, de dar razones para sostener aquello que se afirma. ¿Qué significa, entonces, hacerse cargo del peso de la prueba? Significa, entre otras cosas, que si un hablante utiliza en su argumentación premisas que aún no son aceptadas por la audiencia dicho hablante tendrá que proporcionar argumentos adicionales, que justifiquen la aceptabilidad de dichas premisas. ¿Existe alguna norma retórica que obligue al hablante a justificar la aceptabilidad de las premisas de su argumentación en caso que éstas sean cuestionadas? La respuesta es: no. La retórica sólo recomienda no evadir el peso de la prueba cuando es lo más efectivo o conveniente. Pero no siempre es estratégicamente persuasivo hacerse cargo del peso de la prueba. Es perfectamente posible afirmar, sin contradicción, “Tengo un argumento persuasivo cuyas premisas evaden la carga de la prueba”. Ello ocurre, por ejemplo, cuando, en lugar de justificar una premisa dudosa, la premisa dudosa se introduce con expresiones tales como “Nadie en su sano juicio dudaría que” o “Es a todas luces cierto que”. En este caso las premisas pueden parecer aceptables para la audiencia debido a los marcadores de certeza que ha utilizado el hablante, pero eso no significa necesariamente que la premisa forme parte de hecho de las creencias de la audiencia.

Así, para evaluar el contenido de una argumentación no es suficiente que la audiencia acepte sus premisas. Es también necesario que dichas premisas no evadan el peso de la prueba. Y eso, como hemos visto, no es una exigencia ni lógica ni retórica. Es, proponemos, una exigencia dialéctica. El criterio dialéctico prohíbe evadir el peso de la prueba porque visualiza la argumentación como parte de un proceso de discusión orientado a resolver diferencias de opinión de manera cooperativa. Dos partes resuelven una diferencia de opinión cooperativamente si actúan en conformidad con reglas que ellos mismos han acordado libremente.

Veamos el segundo problema: la lógica no se pronuncia respecto al proceso comunicativo. ¿Lo hace la retórica? Sí, en la medida que nos permite evaluar la efectividad de una argumentación para persuadir a una audiencia. ¿Pero es el criterio retórico suficiente para evaluar dicho proceso? No, y su insuficiencia se puede demostrar mediante el análisis del siguiente enunciado: “Tengo un argumento excelente que modifica el punto de vista de la contraparte sin que ella lo note”.

La falacia de modificar el punto de la vista de la contraparte, a la que se refiere el enunciado, es conocida como la falacia del “hombre de paja”. Puede sin duda ser muy efectiva si aquel con quien dialogamos de pronto se ve en el trance de tener que justificar un punto de vista más radical del que planteó y no encuentra argumentos para defenderlo (y con ello desiste de su posición inicial). Un ejemplo: alguien plantea que “La actual legislación sobre drogas debería revisarse” y nosotros objetamos con razones un punto de vista que él no ha dicho ni ha implicado: “Corresponde legalizar las drogas duras”.

Desde una perspectiva comunicativa más amplia, sin embargo, es irrelevante disponer de un excelente argumento para refutar algo que nadie ha sostenido; tal crítica no genera el peso de la prueba en nuestro oponente –sólo alguien poco razonable se haría cargo de algo que no suscribe– de manera que el diálogo difícilmente avanzará. En la práctica, toda emisión posterior a esta movida falaz no tendrá mayor sentido. En suma, un argumento de este tipo no sólo es poco cooperativo, es también inútil para resolver la diferencia de opinión que dio origen a la argumentación.

Conclusiones

Mediante el examen de este grupo de enunciados contradictorios podemos concluir que una argumentación será de calidad si cumple con los requerimientos del ámbito de la lógica, la retórica y la dialéctica, todos ellos necesarios pero ninguno suficiente de manera aislada. El primero consiste en sacar conclusiones adecuadas a partir de premisas que presuponemos aceptables, el segundo en que la argumentación esgrimida debe efectivamente cumplir con su objetivo fundamental el cual es persuadir a la audiencia a la que se dirige y el tercero en que el argumentador debe observar una conducta razonable al dialogar, por ejemplo atenerse al tema puntual que está en discusión y hacerse cargo de las críticas de la contraparte. Quedan fuera los saltos inferenciales y eso que podríamos llamar las “falacias persuasivas”. El convencimiento de la contraparte ha de conseguirse en virtud del mérito de la fuerza argumentativa de las razones esgrimidas.

Decíamos en la introducción que la argumentación no tiene como fin único el empoderamiento. Si sólo fuera éste, entonces el criterio de la efectividad podría imponerse como el único digno de ser enseñado. Nos parece que la calidad argumentativa entendida en un sentido naturalista establece que la efectividad no puede conseguirse a costa de la razonabilidad. Al argumentar ante otros buscamos siempre la adhesión de una audiencia, pero una adhesión “ciega”, irreflexiva, nos parece insuficiente. En la práctica, esto significa que, en una discusión puntual, deberíamos evitar ofrecer un argumento lógicamente incorrecto pese a que podría ser de gran efectividad, y buscar otro argumento que sea no sólo efectivo sino también lógico. Este “límite” al empoderamiento obedece a un cierto ideal político: es deseable que en nuestro vivir en comunidad administremos razonablemente los conflictos.

Así, si la tarea pedagógica de enseñar argumentación tiene como función prioritaria mejorar su nivel, entonces un programa de estudio debería cubrir estos tres dominios de manera integrada.


© Cristóbal Joannon L. y Constanza Ihnen J.

* Este artículo fue publicado en el libro Argumentación y pragma-dialéctica: Estudios en honor a Frans van Eemeren (Universidad de Guadalajara, 2015), editado por Fernando Leal.

 

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