ENTREVISTA: La re-socratización, una tarea pendiente de la filosofía contemporánea

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Maximiliano Figueroa

La filosofía, en nuestros tiempos, tiene a mi juicio, una tarea consigo misma, si es que quiere tener un papel existencial-ético-político de servicio. Esa tarea no es otra que la re-socratización de la filosofía misma. Re-socratización de su espíritu, re-socratización de su autoimagen y re-socratización de su práctica.”

Por: Mateo Navas, Estudiante Periodismo UAI

Se podría decir que los filósofos existentes no son muy populares, que no es el trabajo más apetecido y mejor visto, que trabajan en las sombras y que se preguntan cosas que no tienen cabida en las materias importantes de la sociedad presente. Sin embargo, la filosofía ofrece y puede brindar no solo un gran número interrogantes, sino que de respuestas a los problemas actuales que tenemos como sociedad.

Maximiliano Figueroa es el actual Director del Departamento de Filosofía de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez (Santiago de Chile). Como experto en moral y política, Figueroa tiene un discurso de apoyo y a la vez crítico del rol que cumple su materia hoy en día. Dice que la filosofía actual tiene una gran tarea consigo misma, la cual no puede ser otra que una re-socratización de espíritu, autoimagen y de su práctica.

¿Por qué cree eso y cuáles son sus argumentos?, ¿qué significa una re-socratización? Maximiliano Figueroa ahonda, responde y lo relaciona con la filosofía contemporánea.

¿Los filósofos tienen un papel que cumplir en el debate público hoy en día?

Al debate público están todos convocados, sean o no filósofos. Puede ser una obviedad, pero cabe no olvídarlo e insistir en ello, porque encierra uno de los sentidos más profundos de la idea de democracia y que los griegos, dentro de los límites históricos de su mentalidad, lo expresaron con la palabra isegoría.

En este sentido, lo que debería estar en el primerísimo lugar de la atención de una sociedad democrática, son las condiciones de accesibilidad a ese debate y los límites en que se establece. Hay que reparar, por ejemplo, la situación paradójica de nuestra sociedad: se multiplican las formas mediáticas de comunicación pero, al mismo tiempo, se produce una concentración de aquellas que otorgan, al menos en primera instancia, mayor visibilidad e influencia directa en el debate. En un escenario así, es posible que algunas opiniones se expresen pero sólo de un modo periférico; aunque, eso sí, y este cambio no es menor, siempre con posibilidades de viralizarse. Reflejar la mayor cantidad de voces y perspectivas debería ser una tarea, una obsesión, de los medios de comunicación masivos en una democracia. Nos falta aún mucho en este plano y los grandes medios no reflejan de manera suficiente el impulso democrático que les debiera animar y tienden a acotar el debate, a repetir las voces consultadas, en definitiva, debate más domesticado que suscitado, más predecible que desafiante.

Ahora bien, el filósofo no tiene en el debate público una posición a priori privilegiada que deba llenar por el saber que posee. A veces da la impresión de que se piensa eso. Esta pregunta se ha repetido en los últimos tiempos en la sociedad chilena. Incluso ha tomado la forma, en algunos casos, de un reclamo. Antes de entrar al fondo de esta expectativa, cabría, a mi parecer, advertir ciertos extravíos. Que una persona haya dedicado años de estudio a la filosofía, que cuente con certificaciones al respecto, no la dota per se para tener la capacidad de aportar significativamente al debate público. Los caminos que llevan a la filosofía son múltiples y muchos de ellos no filosóficos: la simple curiosidad, el afán de erudición, el interés religioso o doctrinal, el afán histórico, el deleite estético, del que hablaba Kierkegaard, son algunos ejemplos que operan también tras el estudio y transmisión de la filosofía.

Otra cosa a advertir, es que tras esta expectativa de intervención de los filósofos puede anidar una forma encubierta de delegación que debe ser notada y desincentivada; pienso, en este sentido, en la molestia de Hannah Arendt ante la costumbre de llamar a los filósofos “los pensadores” y en su insistencia respecto al avance de la banalidad en la sociedad de masas: veía en ella la renuncia o delegación de la capacidad de pensar por sí mismo propia de la condición humana. Es natural que cada cierto tiempo en una sociedad surja el deseo de atenuar la incertidumbre y de contar con guías iluminadores, con voces que tengan las respuestas que se han hecho necesarias. Pero, en mi opinión, esa función de liderazgo no es lo que debería esperarse de la filosofía o de los filósofos, al menos no en tanto que filósofos y mucho menos en tiempos democráticos. Platón y Heidegger ejemplificaron, en algún momento de sus vidas, la pretensión del filósofo convertido en guía. Pero dejaron un mal recuerdo.

En este punto no creo que quepa sino la postura socrática, adherir a la herencia socrática; los filósofos, los que se dedican a la filosofía, podrían ver una función que los compromete, y que aunque les es propia, no les es exclusiva: propiciar la reflexividad en la sociedad, promover interrogantes que la fomenten, si hay algo que el trato con la filosofía puede proporcionar es la disposición a revisar los prejuicios, a evitar los dogmatismos, a desenmascarar las modulaciones incesantes del autoritarismo y el paternalismo. Más que contribuir con soluciones, se debe contribuir con las preguntas que se han hecho necesarias. Y en sociedades con tantas asimetrías como la nuestra,  insistir, de manera incansable, en la generación de debates máximamente inclusivos. Insistir, además, en extender la atención social a aquellos que tienen una necesidad o una querella legítima que reclama ser atendida y que no logran tener voz en los debates. Mostrar los puntos ciegos que nos impiden ver más y ver mejor y que nos impiden ver formas de exclusión que se están produciendo.

Pero se trata siempre, en el fondo, de un ahondamiento democrático. Una sociedad coherente con su carácter democrático se exige a sí misma la reflexividad como una tarea permanente. La filosofía es desde su origen, recordemos que prácticamente paralelo al de la democracia, incitación a la reflexividad.

Entonces, ¿se está cumpliendo ese papel?

Lo puede cumplir, pero escapando del encierro academicista, evitando la precipitación, practicando la conversación intelectual en grados mayores de humildad y generosidad entre los que la cultivan, haciendo también resistencia a la disyuntiva material e institucional en que se le tiende a poner, me refiero a la disyuntiva entre actividad académica y actividad intelectual. Disyuntiva de la que estuvieron libres o resolvieron mejor los filósofos e intelectuales franceses en el siglo veinte, por dar un ejemplo.

La contribución al debate no se predica ni tiene mucho sentido exigirla a otros. La filosofía, en nuestros tiempos, tiene a mi juicio, una tarea consigo misma, si es que quiere tener un papel existencial-ético-político de servicio. Esa tarea no es otra que la re-socratización de la filosofía misma. Re-socratización de su espíritu, re-socratización de su autoimagen y re-socratización de su práctica.   Jorge Millas y Humberto Giannini, nos señalan en ese sentido, una ruta posible y lo hicieron, a mi juicio, de manera ejemplar y estimulante.


“Vivimos la paradoja de que es posible que se dé un cultivo de la filosofía que satisfaga estándares “altos” de “productividad académica” y al mismo tiempo resulte socialmente (y políticamente) irrelevante”.


¿Y cuál sería ese rol fuera de la academia? 

Si reemplazamos academia, concepto que remite a Platón, por el de la universidad, como instancia de institucionalización de los saberes como disciplinas o profesiones, cabe decir que  la profesionalización de la filosofía es más bien un fenómeno reciente en su larga historia, pero también cabe reconocer que ha sido intenso y que ha afectado el carácter del quehacer filosófico, en múltiples sentidos que sería largo analizar ahora. Al menos reparemos en un aspecto, hoy las exigencias de “productividad académica”, la competencia por los cada vez más escasos fondos de financiación para la investigación, la aparición de grupos de interés en la asignación de los mismos, la estandarización en los criterios de evaluación de publicaciones, tienden a comprimir el tiempo, a capturar el trabajo intelectual en exigencias y ritmos que lo exponen a la precipitación y a una conversación, cuando llega a darse, “meramente” académica, desimplicada, como decía Unamuno, de “los problemas del hombre de carne y hueso”. Dicho de otra manera, vivimos la paradoja de que es posible que se dé un cultivo de la filosofía que satisfaga estándares “altos” de “productividad académica” y al mismo tiempo resulte socialmente (y políticamente) irrelevante.

¿La filosofía está en crisis? Y si es así, ¿puede ser que sea gracias a que vivimos en una sociedad que tiende a ser más tecnócrata?

La filosofía ha vivido en crisis, si por ello entendemos el cuestionamiento de sí misma. Es parte de su idiosincrasia. De su anhelo radical de lucidez y comprensión. Ahora bien, los tiempos presentan desafíos especiales. El predominio tecnocrático sería más bien la consecuencia de la hegemonía de un pensamiento calculador (del que hablaron Simmel y Heidegger) que tiende a invadir todos los campos, incluso los no técnicos.

Hace unas semanas el Ministerio de Educación causó un gran revuelo por estar evaluando una presunta modificación a la malla académica de enseñanza media, donde se vería afectado el ramo de filosofía. Ante un supuesto cambio de ese tipo, ¿qué opina sobre un Chile sin filosofía en el currículum obligatorio?
Ha sido una mala noticia. Pero el propio Mineduc ha reaccionado comunicando que era sólo una posibilidad en estudio y que no tomará esa dirección. Lo cierto que hubo demora en la aclaración y queda la sensación de que hay incomprensiones importantes, al menos en lo que alcanzó a trascender de sus discusiones internas. Argumentar que la filosofía quedaría subsumida en el nuevo ramo de educación para la ciudadanía, sería un ejemplo. En el contexto de una educación para la ciudadanía, creo que la filosofía es más pertinente y necesaria que nunca, precisamente como ramo independiente. La formación del ciudadano implica la formación de un individuo que se reconoce, existe y valora como tal. En la medida que la filosofía aporta al desarrollo del pensamiento reflexivo y crítico, contribuye a un objetivo que debiera ser eje de toda la educación: promover la individualidad y la autonomía. María Zambrano sostenía que la democracia no es sólo el sistema que permite que los individuos sean personas, es el sistema que les exige serlo. La filosofía puede prestar una buena ayuda en esta tarea.


“En el contexto de una educación para la ciudadanía, creo que la filosofía es más pertinente y necesaria que nunca, precisamente como ramo independiente”.


La polémica abierta por el Mineduc, debiera abrir el espacio a repensar la enseñanza no sólo de la filosofía, sino de las humanidades en general. El desafío no debiera estar en la información o erudición, sino en propiciar una experiencia reflexiva sobre el sentido de lo humano.

Una cosa más sobre esta polémica. No debiéramos perder de vista la buena noticia de que por fin se introducirá la formación para la ciudadanía. La voluntad humana que hace posible la democracia como sistema político y forma de convivencia, se educa, se desarrolla y cultiva, nadie nace con ella. Una sociedad democrática sólo puede funcionar si en la mayoría de sus miembros se hecha arraigo la idea de que la construcción y mantención de un ethos democrático es algo que reviste valor y justifica acciones de compromiso activo.

En diferentes instancias se han podido escuchar declaraciones que las personas que se dedican a la filosofía no están aportando en los diferentes temas políticos contingentes. Por lo tanto, ¿cómo los filósofos pueden contribuir en discusiones actuales como el debate constitucional, la despenalización del aborto o el sistema neoliberal?

Lo cierto es que en los debates de estos temas la filosofía ha nutrido de argumentos permanentemente. Si se revisan las discusiones, las posiciones más consistentes suelen referir a argumentos y perspectivas filosóficas. Por lo tanto, en los hechos mismos, se da una alta valoración de la filosofía, se recurre a ella porque los problemas lo exigen. La filosofía representa el esfuerzo por buscar la comprensión máxima de los grandes problemas de la condición humana a través de la historia. Debiera meditarse, entonces, en que en el aseguramiento de su transmisión y cultivo, una sociedad se juega una fuente para la calidad de sus debates públicos. Pero también que de eso se sigue la tarea social-polìtica de generar tiempos y espacios institucionales propicios para que su ejercicio y cultivo sean realmente libres. Este aspecto es central en los tiempos de predominio de la mentalidad calculadora, de ruda insistencia en la lógica de utilidad inmediatista. Una sociedad con consciencia de su condición histórica debiera ver en esto una necesidad para su propio desarrollo.

¿Existe un conocimiento real de la ciudadanía sobre la labor de un filósofo o los beneficios que puede tener el estudio de la filosofía?

Podría avanzarse más en eso. Especificamente en ver y estimar la filosofía como un asunto que interesa a todos porque sus preguntas son las preguntas fundamentales de la vida misma. Hay una tarea de divulgación del acervo de la tradición filosófica que no habría que desvalorizar. A veces pienso en el efecto liberador que podría tener en la sociedad del consumo que más gente conociera y reflexionara sobre la ataraxia epicúrea, por ejemplo. En tiempos en que se multiplican las presiones de estandarización sobre la individualidad, habría un potencial emancipador en divulgar el sapere aude al que invitó Kant, el vitalismo que dibujó Nietzsche o la conciencia existencial a la que incitó Kierkegaard. En tiempos de delegación de la libertad personal, habría un desafío de sinceridad y responsabilidad en la mala fe analizada por Sartre. En tiempos de despolitización, habría una relevante pertinencia en la reflexión de Hannah Arendt o Castoriadis sobre la capacidad autocreativa de la sociedad. En fin, se trata sólo de ejemplos, ni exclusivos ni excluyentes, para simplemente postular que la filosofía puede interesar a todos quienes perciben la relevancia de buscar lo que tiene sentido y valor en tiempos que sólo parece atender a lo que tiene precio y utilidad.

One thought on “ENTREVISTA: La re-socratización, una tarea pendiente de la filosofía contemporánea

  1. Me gusta la idea de un compromiso ciudadano en relacion con la reflexión filosofica .pero hay una suerte de hegemonia de los poderes públicos en manos de políticos decadentes que va ha hacer muy dificil esta instancia.

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